— ¡Tennison! ¡Diez vueltas más a la cancha! —Gruñó el Profesor Brown y gimoteé, comenzando a trotar nuevamente. Era un idiota. Solamente porque llegué un poquito tarde a su clase (fue más de una hora) me pone a hacer ejercicio. — Profe, pero- — Tennison, —volvió a alzar la voz y rodé los ojos inconscientemente —¿Qué acaba de hacer? — Na-Nada — ¡A detención! — ¡Edward! — Oh, Dios —jadeó como si hubiera dicho quién sabe qué cosa— una hora más. Lloriqueé y pisé el pasto como si fuera un niño pequeño —Bueno, lo era, pero no era tan pequeño. — ¿Tengo que estar hasta tarde aquí? — Si. Vaya ahora. — Eres tan cruel, —susurré y pude apreciar como un atisbo de sonrisa aparecía. Su cuerpo se acercó un poco y cuando me tuvo lo suficientemente cerca, susurró: — Ve allí bebé, te tengo una

