En la mañana siguiente Con pesadez, Jared se levantó sintiendo que le dolían hasta los vellos de su piel. Como dormía en la cocina, aprovechó para desayunar un poco, sabiendo que aun sus hermanos seguían durmiendo en sus respectivas habitaciones. Con ansiedad, el jovencito cogió un trozo del pan que estaba en la mesita de la cocina, más un par de rebanadas de queso que se encontraban en el refrigerador. El chico metió varios pedazos a su boca, comiendo rápidamente en completo silencio, con su clásica desesperación, porque siempre tenía hambre. Él sabía que sus hermanos no se molestarían por verle comer, pero de todas formas, siempre desconfiaba y prefería ser precavido. Cuando terminó de desayunar, preparó café para que los tres hombres bebieran, hasta que repentinamente escuchó el r

