Capítulo 5

1579 Words
Eran las once con cuarenta y seis cuando Adrián llegó a mi casa. Él sonrió apenas al verme y me abrazó con todas sus fuerzas. Me sorprendí mucho porque mi amigo no era muy partidario de las muestras de afecto de ningún tipo. —Hoy es un gran día. Es el principio del resto de tu vida —dijo. —Tengo mucho miedo —le confesé. —Es normal. Al principio da miedo, pero ya luego te acostumbras —él trató de animarme. Tomé mi equipaje y él se ofreció a llevarlo hasta su auto. —¿Tus padres no están? —indagó, lanzando una rápida mirada a la casa. Negué con la cabeza—. Por lo visto, todo está orquestado para que no tengas excusas de no irte —dijo y me guiñó un ojo. Antes de atravesar la puerta para irme, miré hacia atrás y me llevé una imagen mental de mi casa. Extrañaría mucho mi hogar. Durante el camino al aeropuerto conversamos de varias cosas, como los planes a futuro, cómo me vería en unos años y la manera en que sucedieron las cosas. En ese momento volví a acordarme de alguien… Hice un intento más por comunicarme con Benjamín. —¿A quién llamás? —indagó mi amigo. —A Benjamín —contesté. —Imagino que no se lo tomó nada bien —rió con sutileza. —No le he dicho. Anoche no tuve el valor para llamarlo y decírselo. Esta mañana traté… Adrián me arrebató el móvil de las manos y sin mediar palabra, finalizó la llamada. »¡Hey! ¿Qué hacés?—lo miré confundida. —Es mejor así —Adrián lanzó mi móvil al asiento de atrás. —¡¿Por qué hiciste eso?! Yo solo quería… —Si le decís a Benjamín que te vas del país, es capaz de llegar al aeropuerto y amarrarse al tren de aterrizaje para impedir que ese avión despegue. No, gracias. No pienso dejar que nada ni nadie impida que te vayas. —Pero… —Sé cómo es él. ¿O ya se te olvidó la vez que te pelaste con él y nos escapamos al Mar de Plata, tú, mi pareja y yo? Vos solo querías apartarte del mundo y él llegó al hotel, incluso antes que nosotros. Se suponía que él no sabía dónde estabas y aun así te encontró. —Se lo dijo mi mamá —argumenté en su defensa. —Fue espeluznante verlo allí en plan stalker —Adrián se irguió y fingió estremecerse. —Es mi novio, Adrián. Debo decirle. —Se lo dices cuando estés allá. Lo siento, pero por nada en este mundo voy a permitir que cambiés de idea. Subís a ese avión aunque tenga que arrastrarte de los pies —me amenazó. Llegamos al aeropuerto y allí estaba el señor Sean Byrne, quien nos recibió con una gran sonrisa y aunque su español no era muy bueno, era muy divertido verlo tratando de hablar con los trabajadores del aeropuerto, chequeando el equipaje y verificando boleto. Hasta ese momento, todos los gastos corrieron por cuenta de él. Mi boleto, el almuerzo y algunas chucherías para el camino. Yo tenía mis ahorros, pero no pensaba gastarlos sino en caso de emergencia. Cuando llegó el momento de pasar a la zona de embarque, no pude evitar sentir miedo, ansiedad y confusión, mezclados con nostalgia. Antes de pasar, miré a Adrián, lo abracé y le di un besito en la mejilla. —Gracias. Sé que lo hacés por mi bien —dije y él sonrió. —Siempre, querida. Siempre querré lo mejor para ti. Tan solo acordáte de mí cuando seas muy famosa —ambos reímos a carcajadas—. Andá. Ve. Te esperá una nueva vida. Me di la vuelta, dispuesta a irme, pero me acordé de algo. —¡Un momento! Espera, Adrián —metí mi mano en el bolsillo de mi pantalón y saqué una hoja de papel doblada—. Entregásela a mis padres en cuanto me haya ido. —¿Qué es eso? —mi amigo miró con renuencia el papel. —Allí explico todo lo que sucedió y los motivos por los que me voy. Quiero que sepan que estoy bien y que los llamaré en cuanto llegué a Londres —rebusqué en el bolsillo de mi chaqueta—. Esta es para Benjamín, dile que… —No. Ni hablar —me interrumpió—. Yo no pienso lidiar con él. ¡No! —Negó con la cabeza—. Ni loco. Llámalo en cuanto llegues a Londres. —Por favor, Adrián. Él merece más que una simple llamada. —Soy alérgico al drama —Adrián levantó las manos como si lo fuesen a catear. —¡Vaya! Lo dice alguien cuya vida gira en torno al drama —comenté, haciendo alusión a su trabajo. —Es diferente. Por ese tipo de drama me pagan —dijo en su defensa—. Si deseás que se la dé, se la daré después que tú hayas hablado con él. No pienso ser el primero en la línea de fuego. —Vale —dije con resignación—. Hablaré con él y te diré para que se la entregues. —De acuerdo —dijo y tomó ambas cartas—. Largáte —hizo un ademán con su mano para que me fuera—. Si pierdes ese avión te asesino. Reí con su comentario. Lo volví a abrazar y me despedí una vez más de él. Me giré hacia la zona de embarque y pude percibir que el señor Byrne me esperaba. Tragué grueso y di un paso hacia mi futuro. Miré una vez más hacia atrás y le dije “hasta luego” a mi querido Buenos Aires. La ansiedad se apoderó de mí a medida que me acercaba al avión y comencé a sentir pánico. Muchas cosas pasaron por mi cabeza y de nuevo la culpa se hizo presente. Me estaba marchando sin decirle nada a nadie, como cual bandido que entra a una casa, hurta y se va sin ser visto. Sentía que de cierto modo huía y eso me aterró. ¿De qué estaba huyendo? «De tu aburrida vida». Contestó la vocecita en mi cabeza. Miles de ideas locas pasaron por mi cabeza y estuve a punto de arrepentirme de tan improvisado viaje y salir corriendo cuando... —Por favor, mira esto —dijo el señor Byrne en inglés, mientras me entregaba un panfleto—. Tenemos algunas obras de teatro pautadas para los próximos meses. Al mirar el papel en mis manos pude ver que era un cronograma del Donmar Warehouse Theatre. Me quedé paralizada, pues ese era el teatro, donde hace unas semanas atrás comenzó a presentarse Corbin y en el cual se encontraba dando funciones en la actualidad. De repente, una fantasía delirante de él y yo, corriendo uno en dirección al otro, bajo la lluvia… besándonos, al mejor estilo de El diario de una Pasión, se reprodujo en mi mente. —¿Qué opinas? —la voz de Byrne me sacó de mi ensoñación. —¡Wow! Es genial —dije con total asombro. —Pues allí te presentarás algún día. Tú tienes un gran talento. Algo que yo no he visto en mucho tiempo. —Muchas gracias por esas palabras —respondí en perfecto inglés. A partir de ese momento, el idioma sajón se convirtió en mi lenguaje diario. El viaje transcurrió sin ningún problema. Dormimos por ratos, vimos algunas películas, tomamos algunas bebidas del carrito y charlamos bastante, más que todo acerca de mí; el señor Byrne estaba muy interesado en saber todo sobre mí y como buena conversadora, se lo puse fácil. Una voz femenina anunció que arribaríamos en suelo francés, después de casi diez horas de vuelo. El Aeropuerto Charles de Gaulle nos dio la bienvenida. Hicimos una corta escala en Francia, donde aproveché para tomarme algunas fotos frente a los bellos posters de la Torre Eiffel que ponían: Bienvenue. El señor Byrne solo se limitó a ser mi fotógrafo personal y reír por cada una de mis locuras de turista. Al cabo de unos cuantos minutos, abordamos un segundo avión, esta vez con destino a Londres. Luego de casi una hora, allí estaba yo, sobrevolando la bella ciudad de luces de fantasía, la misma ciudad de Harry Potter. Reí ante tal pensamiento y me asomé por la ventana del avión para ser recibida por una belleza única. Tanta historia y elegancia que se alzaba sobre un suelo ancestral. Tierra de reyes, de criaturas mitológicas, de caballeros y de té, mientras Laserlight de Jessie J. sonaba a través de mis auriculares Sonreí como nunca antes lo hice. —Damas y caballeros, por favor abróchense sus cinturones. Estaremos aterrizando en breves minutos —la asistenta de vuelo anunció nuestro arribo. Al cabo de unos minutos, la puerta se abrió ante mis ojos, revelándome que era real, que mis sueños estaban comenzando a materializarse a partir de ese instante. Bajé con cuidado las escaleras y por primera vez en mi vida puse un pie sobre suelo británico. Sentí un escalofrío recorriendo todo mi cuerpo. Cerré mis ojos y llené mis pulmones con todo el aire posible. Era Londres. Era Inglaterra. El lugar con el cual soñé por tantos años. Mi vida tomó un nuevo rumbo y no lo noté. Tan solo dos días fueron suficientes para cambiar mi destino.
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