Luna pasó un rato dándole vueltas a esa tarjeta, mientras miraba por todos lados buscando al apuesto caballero. Cosa que nunca pasó en toda la noche haciendo que se devolviera a casa sola, ya que sus amigas se fueron bien acompañadas.
Una noche en la que debió perder su virginidad en una suite presidencial en los brazos de un millonario, resultó ser una más del montón, en la que se regresó a casa sola, como siempre había sucedido durante años.
Lo que coronó la noche colocando la cereza al pastel, fue encontrarse a su enamorado besándose con una puta en el medio de la calle.
—¡Buen provecho, pendejo! —gritó por la ventana haciendo que él se enterara de su presencia y salió corriendo detrás de ese taxi hasta lograr atraparla en la entrada de su casa.
—Todo es tu culpa ¿A dónde fuiste? ¡Responde! ¿A dónde fuiste? Te lo diré. Fuiste a putear con tus amigas. Mira cómo estás vestida.
Luna bajó un escalón y le dio un bofetón. —Me respetas y tú y yo no somos nada.
Ella entró a su casa y cerró la puerta en la cara del imbécil. Tomó un baño y se fue a su cama más desanimada que cualquier día normal.
Evitando encontrarse con el estúpido, pasó una semana entrando por la puerta trasera. Semana en la que tampoco supo nada de sus amigas.
«Ring, Ring, Ring»
«Tock, Tock, Tock»
Ambos sonidos habían iniciado al mismo tiempo, con toda la intención de querer enloquecerla.
Ella abrió la puerta y su pequeña hermana corrió hacia sus brazos.
—¡Ayuda, ayuda! Mamá, está en el piso y está temblando fuerte, tengo mucho miedo.
Luna salió corriendo y encontró a su madre en medio de un ataque epiléptico. Intentó controlarlo, pero todo fue en vano, así que terminó llamando al 911 y muy pronto estaba en la sala de espera de un hospital con su pequeña hermana temblando de miedo y muerta de hambre, entre sus piernas.
Nada estaba bien y se puso peor al ver su celular con 10 llamadas de su jefe y un triste mensaje
—“Estás despedida”
¿Qué diablos estaba sucediendo? ¿Era el apocalipsis o qué rayos?
Ella solo bajo la cabeza y cuando entró la mano en su cartera encontró aquella nota y sin tener nada que perder marcó al número de teléfono.
—¡Buenas tardes!
—Hola. Soy Luna y hace una semana me enviaste una pequeña nota ¿Lo recuerdas?
Se escuchó un vacío en la conversación y luego se terminó la llamada, dejando a Luna más confundida que al inicio. De la rabia rompió la nota en mil pedazos y se arrepintió de haber llamado, pero recibió un mensaje del número al cual había llamado.
Mensajes:
—¿Por qué esperaste una semana?
—No lo debí de hacer nunca.
—¿Enojada?
—Y desesperada.
—Quizás te puedo ayudar.
—Quizás. Eso no me sirve.
—Envíame tu ubicación y hablamos en persona.
Sin tiempo a responder, se fue con la doctora, quien por fin había salido de la sala de urgencias.
—¿Cómo está mi madre, doctora?
—Su cuadro clínico no se ve para nada bien. —Terminó dándole una receta.
—¿Necesitas esto de inmediato? —preguntó, sintiéndose perdida.
—Lo necesita para mañana a primera hora. Cómo las conozco las pude ayudar con la dosis que le acabamos de suministrar, pero no puedo hacer nada más y es muy importante continuar con el tratamiento.
El mundo fue sobre, Luna. No tenía trabajo, marcaba a sus amigas sin ninguna respuesta y no tenía un centavo en los bolsillos. Todos los caminos parecían estar cerrados, fue cuando regresó a los mensajes y sin pensarlo más envió su ubicación. El mensaje fue leído de inmediato, pero no obtuvo respuesta.
—Voy a salir a intentar conseguir el medicamento, aquí le dejó mi número para cualquier emergencia.
Ella se fue al baño y se retocó el rostro para no verse tan fatal, era una medida extrema la que había tomado, pero no tenía más alternativas.
Luego tomó la mano de su pequeña hermana y esperó a que la recogieran.
—Buenas noches ¿Señorita Luna?
Ella no podía creer el lujoso auto que estaba frente a ella. El chofer lo primero que observó fue a la pequeña y luego le volvió a preguntar algo confundido.
—Sí, soy yo.
Él se desmontó del auto y las acomodó para luego salir. Luna estaba temblando completamente, era arriesgado salir a encontrarse con un desconocido y más porque la pequeña estaba con ella. Dos mujeres totalmente desprotegidas. Ella no estaba pensando bien, pero tampoco tenía salidas.
—Hemos llegado. —el chofer le abrió la puerta y la acompañó hasta la entrada. —¿Hace cuánto tiempo conoce al señor Thompson?
—No mucho —decidió mentir para no verse tan tonta.
—Tienes mucha suerte. No es común que mi jefe traiga visitas a la casa.
La actitud del chofer le provocó ansiedad y sus piernas estaban ligeramente temblando. Ella entró a la sala y de repente volvió a encontrarse con ese rostro varonil e intimidante, que tenía los ojos clavados en la pequeña Estela.
—Buenas noches. —Luna decidió romper el silencio.
—¿Es tu hija?
—Ella es mi hermana menor. Disculpa por traerla, pero es que no tenía donde dejarla.
Adán encontró tristeza y desesperación en los ojos de la hermosa dama. Él la miraba fijamente a los ojos, con mirada fuerte e intimidante.
—José. Qué lleven a la pequeña niña a cenar —Luna la miró desesperada y antes de decir alguna palabra él le respondió a su inquietud. —Tranquila, muy pronto la podrás observar por el cristal que está en el fondo de la sala.
Ella giró su cabeza y vio que sentaron a la niña y la estaban atendiendo. —Gracias.
—¿Siempre estás con tu pequeña hermana?
—Sí, cuando no estoy trabajando, estoy pendiente de ella.
—Bien, entonces eres una hermana responsable.
—En este momento estoy siendo irresponsable, ya que he traído conmigo a mi hermana para encontrarme con un desconocido.
—¿Por qué lo has hecho?
—No lo sé, solo me siento desesperada.
—Realmente no me gusta como estás en este momento. Te veo alterada e intranquila.
—Me dices lo que deseas y me voy.
—Lo he pensado mejor y lo voy a posponer.
—¿Qué? ¿Eso quiere decir que he venido hasta aquí para nada? ¡No puede ser!
—¿Por qué estaban en un hospital? ¿Estás enferma?
—No tengo que decirte nada, pienso que es un muy mal momento para jugar, señor… No sé ni cómo te llamas. —Terminó casi llorando con su rostro rojo y a la vez pálido.
—Soy Adán Thompson y te quiero ayudar.
—Mientes. Me enviaste una nota la noche del bar ¿Cómo pensabas ayudarme en ese momento si todo estaba bien?
—Porque también necesito ayuda y lo podemos hacer el uno por el otro, pero en este momento estás muy alterada y no puedo explicarte.
—¿Cómo estarías tú si tú madre estuviera al borde la muerte y no pudieras hacer nada para salvarla?
—¿No hay nada que hacer?
Todo lo que escuchaba Luna lo tomaba a mal. Ella estaba desesperada por el mal momento y el diagnóstico de su madre.
—Tienes razón, no es el mejor momento para hablar. En este momento quiero que me lleven de vuelta.
—Así será, pero voy a ayudarte.
Él tendió su mano con una tarjeta, mientras la miraba fijamente a los ojos.
—Con esto vas a resolver el problema que tienes en este momento y cuando me la quieras regresar solo me escribes y yo mando por ti.
—¿Por qué? ¿Por qué haces esto por mí?
—No lo sé, quizás el destino es el culpable.
—No te creo.
Él se volteó y le dio la espalda —Insisto en que no es el momento de tener una conversación. Ve y regresa cuando estés más tranquila.
—Gracias.
Ella se acercó y tocó su hombro, pues sin su ayuda estaría realmente perdida…
Luego fue a la cocina y mientras esperaba por su hermana fue atendida y también le dieron de comer.
—¿Cómo la ves, José?
—¿Estás usted seguro de confiar en ella, señor?
—Ella me brinda tranquilidad y confianza. Creo que con eso me sirve.
José miró a su jefe con una ceja anclada. Había pasado mucho tiempo antes de que él decidiera confiar en alguien y abrirle su helado y blindado corazón.
—¿La puedo investigar?
—José.
—Es más fácil abandonar el barco cuando aún está cerca del muelle, señor.
—Tengo todos los datos y su dirección, también conocía dónde trabajaba, pero la han despedido.
—¿Ya la había investigado?
Él cerró fuerte su puño mientras aún la podía observar en la cocina junto a su hermana, devorando un bocado.
—Quería iniciar y en el proceso peleé conmigo mismo para dejarla atrás, pero justo el día que me decidí a no pensar más en ella, recibí su llamada y escuché su voz.
—Peligroso —expresó José de manera espontánea.
—Bastante. No tengo el más mínimo deseo de perder el tiempo en quien quizás no vale la pena. Así que te daré esta misión.
—Así lo haré, señor.
Él se acercó y tomó la carpeta con la información que había conseguido su jefe y cuando se disponía a marchar una vez más fue detenido.
—¡José!
—Sí, señor…
—No regreses aquí, hasta traerme incluso el número de sus calzados. Tampoco quiero ningún adelanto.
José no dijo nada más y se fue de regreso a llevar a Luna junto hermana de regreso, allí inició su investigación obteniendo información de todo lo referente a la salud de la señora Sarah.