Solo mía

1661 Words
La brisa de la tranquilidad golpeaba el rostro de Adán mientras estaba sentado en el comedor junto a tres hermosas mujeres compartiendo la mesa. La armonía que había en el hogar era algo que se podía sentir intensamente y él decidió disfrutarlo. —Espero que haya disfrutado de la cena y nuestra compañía, señor Thompson. —No puede ser de otra manera. Usted se ha encargado de atenderme con gran agrado desde que llegué y la cena estuvo exquisita, muchas gracias. —Yo soy quien le agradezco por tan hermoso regalo y por su atención siendo un hombre tan ocupado. —Lo estoy disfrutando bastante y esto es algo que pronto no podré hacer, ya que tengo programado un largo viaje de negocios. —¿Se marchará por negocios? —Sí, tengo que viajar a Venezuela y no sé cuánto tiempo me tomará. He invitado a Luna, pero se niega a dejarla sola. —Hija ¿Por qué haces esto? No te preocupes por mí, yo estaré bien, lo prometo. —Es algo que no está en discusión y ya se lo dejé muy claro a mi jefe. De igual manera no podré estar tranquila estando lejos de ti. Cuando la señora Sarah iba a continuar hablando, Adán la interrumpió —Como no vas a viajar conmigo, necesito que me acompañes a una reunión que tengo en una hora —él terminó mirando su reloj. —Pero ya es de noche, señor Thompson. Él miró a la señora y le sonrió —Me puede llamar Adán y es como le acabo de decir, no sé cuánto tiempo duré mi viaje y es mucho lo que tengo que organizar antes de mi partida. —El deber te llama, hija. —¿Ya tomaste tus medicamentos? —He puesto las alarmas como lo sugeriste, ahora me tomaré la última y dormiré como una roca en mi nueva y espaciosa cama. —¡Mamá, mamá, yo quiero dormir contigo! Todos rieron por la ocurrencia de la pequeña. Después de terminar en el comedor, Luna ayudó a recoger la mesa, tomó un baño y bajó lista para marcharse con su jefe. —Yo estaré pendiente de ti, aun estando fuera, cualquier cosa que necesites, solo tienes que llamar. —Este lugar es muy seguro y tiene guardia nocturna, para que todo transcurra con tranquilidad, así que no estará desprotegida, señora. Les deseo buenas noches. Ellos se despidieron y una vez en el auto Adán acariciaba las piernas de Luna, ahí sintió cómo temblaba. —¿A qué le temes? —susurro en sus oídos. —Le temo a todo. —El miedo es algo absurdo que eleva de tamaño las cosas pequeñas, aprovechándose de que no las conoces. Yo dejé de creer en ese mentiroso y vivo mejor. —¿Me dices que no le temes a nada? —No es eso, lo que digo es que no me dejó intimidar por el tamaño de mi temor y así es como vivo mejor. El auto se detuvo y ella se quedó algo extrañada, ya que no conocía el lugar. —¿Dónde estamos? —Ven y te lo muestro. En cuanto ellos salieron del auto, José abandonó el lugar y eso llamó la atención de la joven. —¿Se ha marchado? —Así es. Aquí solo estaremos tú y yo. —él bajó hasta la estatura de la joven y le dio un beso. —A menos que quieras que José nos acompañe, esa puede ser una fantasía. Ella de inmediato negó con la cabeza —No, como crees. —Entonces, ven conmigo. Quiero que conozcas algo. Entraron a una hermosa casa veraniega que estaba en la salida de la ciudad. Era enorme y la sala tenía un concepto antiguo que Luna amó, pero nada de eso detuvo los pasos de Adán y, en cuánto entraron a la casa, subieron las escaleras, caminaron hasta el final del pasillo y se detuvieron frente a una puerta. —¿Puedes imaginar lo se oculta detrás de esa puerta? —ella negó —Pensé que estabas investigando todo lo referente a la petición que te hice. —Así es. —Entonces porque no puedes imaginar lo que hay detrás, si es algo muy lógico. —Es, es, ¿la habitación roja? —Yo le cambié el nombre y le puse la habitación del placer. Mientras decía esas palabras abría la puerta y frente a los ojos de la chica se descubrió la verdadera identidad de tan prestigioso y respetado millonario. Ella entró a la habitación y prestaba atención a todo lo que podía apreciar con sus ojos. Hizo algunas preguntas que fueron respondidas de inmediato y luego se volteó hasta quedar frente a él. —¿Cuántas mujeres han estado en este lugar? —Solo las que han intentado sacar mis frustraciones, pero sin éxito y fue solo una noche. Solo un intento… —¿Sacar tus frustraciones? —No más preguntas, tenemos algo pausado y es momento de terminarlo. Ella miró a su alrededor, pinzas, látigos, soga para amarrar, esposas… —¿Lo haremos aquí? Él colocó el rostro de Luna en su gran mano —No, tú eres especial, ven conmigo. Ella no podía dejar de mirar el lugar, pues era más impactante de lo que conoció a través de la pantalla de su celular. Lo que le parecía aún más extraño, era toda la curiosidad que provocaba en ella. Adán no aguantó sus deseos y de inmediato empezó a besarla por los pasillos y bajó el zíper de su vestido haciendo que este cayera al suelo y la joven solo quedará luciendo unas tangas de color blanco. —¡Nos pueden ver! —Cubrió de inmediato sus pechos con miedo a que la vieran. —Jamás permitiría que te vieran, los escoltas están en la entrada y en los alrededores. Todos tienen prohibido la entrada a este lugar. —¿Todos? Él volvió a tomar sus labios con deseos —Sí. Solo la encargada de servicio tiene acceso y ha sido la misma desde el primer día. Los besos parecían no acabar, sus labios se habían conectado de manera permanente. Todo lo que ocurría mientras permanecían juntos era ardiente y muy excitante para Adán. —¿Qué quieres que suceda esta noche, Luna? —le preguntó mientras la tenía sometida a la pared con sus brazos elevados. —Ya sabes lo que quiero —lanzó un fuerte gemido, sintiéndose sometida y locamente excitada. —No, no sé lo que quieres y necesito escucharte para saberlo. Ella gemía sintiendo como el recorrido de su lengua jugaba con su cuello y frenaba en sus pezones haciendo que todo su cuerpo reaccionara a su tacto. —Quiero ser tu sumisa. Con fuerza, pero con pasión, la hizo girar y con su mano abrazó el cuello de la joven. —¡De rodillas! Con mirada tierna, pero perversa, fue descendiendo hasta quedar de rodillas, pero sus manos no se quedaron tranquilas y las llevó al cierre del pantalón, luego con suaves masajes lo toqueteaba, haciendo que su mirada se perdiera. —Hoy serás mía, solo mía. La hizo ponerse de pie y entré besos y chupetones la llevó hasta la cama principal, dónde nunca antes había estado una invitada. Su respiración era agitada y desesperada, pues con solo tocar su entrada cerrada lo hacía explotar de sensaciones. Con su lengua la llevó al clímax y, aprovechando el momento de lujuria, entró en ella, robando su pureza y conociendo una nueva sensación, pues justo entrando llegó el orgasmo que lo hizo enloquecer aún más. —¡Ahhhhh, joder! Gritó lleno de placer disfrutando de ser el primero en conocer su interior. Verla tendida sobre la cama con su respiración cortada le provocó ternura y eso hizo que la besará suave y apasionadamente. Ella se colocó de pie y con pasos cortos se fue al baño. Fue cuando él contempló la Mancha de la victoria sobre su sábana, su primera vez le pertenecía y eso de alguna manera era jodidamente satisfactorio. Guardó la sábana como trofeo y luego la acompañó al jacuzzi, donde después de estar seguro de que no había dolor, volvió a entrar en ella, haciendo que ese baño fuera el más relajante nunca antes recibido. —¡Eres mía, Luna, solo mía! —¡Solo tuya! —repetía embriagada en el placer. Ella había conocido el sexo y estaba adicta a sus caricias y la manera en que la sometía para sentir placer. La noche perdió el nombre jugando a ser uno solo y no se detuvieron hasta quedar exhaustos y totalmente complacidos. Esa noche, Adán durmió como tenía meses que no lo hacía. Ella durmió en su pecho y transmitió tanta tranquilidad que lo único que pudo hacerlo regresar a la realidad, fueron sus estómagos llorando por alimento. El primero en abrir sus ojos fue Adán —Buenos días —saludó con un beso. Ella saltó de la cama y al buscar su celular y percatarse que eran más de las 10:00 de la mañana corrió al chat con su madre, pero un mensaje de tranquilidad resolvió su desesperación. MENSAJE: Ya tomé mis medicinas y me siento muy bien. Buenos días. —¿Está todo bien? Ella se cubrió con la sábana y asintió —Así es. Buenos días. —No sé por qué ahora te avergüenzas cuando anoche me pedía que te castigara e imploraba que no me detuviera. —Anoche no quería más que sentirte. —¿Solo anoche? Sacó la sábana y lamió sus rosados y firmes pezones. —Anoche y ahora, si así lo deseas, pero ya mañana no te tendré. —Ven conmigo y follemos en mi avión. —No puedo. Él acarició su cabello. —Por negarte a tu amo tendrás un castigo. —Sí, puedes castigarme. —Claro que sí, pero primero vamos a desayunar… —Quiero que me castigues. Él la miró toda sonrojada —Traviesa mi Luna…
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