El primero.

1645 Words
Pasaron dos días y Luna no veía a su jefe en la empresa, tampoco recibía un mensaje o una llamada. Solo había desaparecido sin ninguna explicación, ella se sentía triste y pensó que se había olvidado de ella. Esa mañana respiró pesadamente y decidió seguir y dejar atrás todos los estúpidos deseos y aspirando regresar a la realidad, decidió poner en pausa los pensamientos que no la dejaban fluir de manera normal. A la hora del almuerzo tomó su cartera y se disponía a ir al comedor que estaba cerca de la empresa, pero cuando se abrió el ascensor, venía su jefe. Ambos se miraron con destellos en los ojos, era una conexión que sucedía en cada encuentro. —Te venía a recoger para que me acompañaras a almorzar. Todas se quedaron mirando cómo el importante hombre hacía contacto con la chica, cosa que no había pasado antes con ninguna otra empleada. Luna pudo escuchar cómo murmuraban y de inmediato se sonrojó. —¡Ey! —él tomó su barbilla e hizo que la joven lo mirara a los ojos. —¿Sucede algo? —No. —Vamos, tengo algo que pedirte —él tomó la mano de Luna y el ascensor se cerró con todas las miradas sobre ellos. —¡Qué vergüenza! —¿Eso por qué? —Todos me miraban y murmuraban cosas, esto se puede malinterpretar. —No me importa. En cuánto lo desees yo seré tu dueño y si el mundo lo sabe no me importa. —¿Y si me tratan diferente o...? —¿Qué? —Piensan que soy una puta. —Toma una nota y apunta a todo el que se atreva a faltarte al respeto, te prometo que no los volverás a ver en los pasillos. —Pero… Ella tenía muchos temores y él no estaba dispuesto a escucharlos, así que la silenció como ya se le había hecho costumbre, con un suave y profundo beso. ¿Un tranquilizante perfecto? Eso parecía, pues ella no volvió a hacer preguntas. Almorzaron mientras él se mantenía en el teléfono en todo momento. Tenía trabajo pendiente y solo deseaba un fin de semana libre. —¡Mi viejo amigo Adán! —se presentó un joven y de inmediato los escoltas se acercaron. —¿Por qué tanta protección? Adán lo miró sereno, pero con malicia en su mirada —No soy tu amigo y eso lo demuestran mis escoltas al protegerme de ti. —Necesito hablar contigo. Luna podía sentir la mala vibra del sujeto en su mirada y también la rabia que provocaba su presencia en Adán. —Te daré una cita y entonces podremos hablar. —Adán, por favor. Todos cometemos errores, hay muchas cosas importantes. ¿Las recuerdas? —¿Es ese mi problema? —Por la actitud que tienes parece que sí. Yo deseo hacerte una petición de comprar y pedirte una disculpa. —Y yo deseo terminar de almorzar en paz. En ese momento él observó a Luna y luego lo observó a él —¿Es tu nueva novia? Adán cambió de color de inmediato —Lárgate, tu presencia no es grata. —Bien, me iré, pero ¿cuándo será la cita que mencionaste para reunirnos? —Cuando tenga tiempo la voy a agendar. Los escoltas hicieron que el hombre se alejara, y Adán, sin terminar el almuerzo, soltó el tenedor y el cuchillo. Entonces, con el ceño fruncido, miró a Luna. —Ya han pasado más de dos días. ¿Has tomado una decisión? Ella se sintió intimidada y, como Adán había perdido la cordura, la tomó por el brazo —Ven, vamos a mi casa y allá me respondes. —¿En tu casa? —Si tu respuesta es positiva entrarás a la casa, pero si aún sigues indecisa no hay problema y te puedes regresar a la empresa. Adán abandonó el lugar enojado y frustrado. No entendía los motivos y la falta de respeto de Carlos para después de hacer lo que hizo tener el coraje de pararse frente a él. La rabia se había apoderado de su cuerpo y de inmediato se dispuso a marcharse. No dijo una sola palabra y al llegar a la mansión abandonó el vehículo y sin mirar atrás entró a su mansión. —¿No has tomado una decisión? —le preguntó José a Luna mientras la observaba por el retrovisor del auto. —No creo que sea el momento. Adán está fuera de control y… —Y te necesita. Si de verdad deseas estar en su vida, este es el mejor momento de mostrarle que no está solo. Cómo te dije antes, el pasado lo está perturbando y lo golpea tan fuerte que lo debilita. Sí, este es un buen momento. Ella miró a José y en ese momento abandonó el auto. Temblando de miedo, avanzó cada paso y entró a la mansión. Lo primero que vio fue a Adán sirviéndose un trago de whisky y cuando lo iba a tomar la miró allí de pie, en la entrada de la casa. Dejando su vaso a un lado, caminó hacia ella a toda velocidad y la besó con furor; allí estaba, depositando toda su rabia en un beso. —¡Auch, me lastimas! Él se alejó un poco y acercó sus frentes dejándola unidas. —Vete de aquí. No es el mejor momento para que estemos juntos. Ella negó con la cabeza —No te quiero dejar solo. Él la miró a los ojos y volvió a besar sus labios —Eso quiere decir que aceptas. —Sí, pero he dejado el contrato en la casa y tengo algunos puntos que presentarte. —Ven conmigo. Juntos subieron a la habitación principal y Luna quedó más que impresionada. Esa habitación era más grande que toda su casa y los detalles y la fragancia varonil que destilaba ese lugar era indescriptible. Él quitó sus calzados, su chaqueta y tomó en sus manos el rostro de la joven. —Hoy te convertiré en mi mujer ¿Lo deseas? —él besaba sus labios con suavidad. —Lo deseó. Su frágil y dulce voz despertaron su apetito y de inmediato sus manos se pusieron curiosa. Sin dejar de besarla y disfrutando de sentirla temblar entre sus brazos, quitó cada botón de su camisa, así también bajó sus labios a su cuello y muy pronto a sus delicados y hermosos pechos. —¡Ahhhhh! —se deshacía en sus manos con solo sentir sus labios explorando su cuerpo. —¿De verdad será tu primera vez? —Sí, eres mis primeras caricias, el primero que observa mis pechos, el primero en hacerme desear más y más. —¡Joder, me encantas! Él siguió explorando su cuerpo con su lengua y la mejor parte fue lamer su delicada v****a, fue tocar el cielo al sentir su virginidad intacta cuando con sus dedos llegó a su sexo. —¿Te gusta? Ella estaba envuelta en el placer y sus palabras eran gemidos que tenían enloquecido a Adán; todo era excitante, tanto que muy pronto romperían el pantalón que traía. Esa mujer era perfecta y la magia de sacar la energía negativa de su mente era algo que no quería pensar en ese momento, ya que lo único que deseaba era robar tan grande tesoro. Adán moviendo su lengua en su clítoris le mostró el camino al cielo, ella con su voz tierna y quebrada le pedía más y más hasta dejar desbordar toda su esencia llegando al clímax. —Esto es jodidamente delicioso —expresó con todo el deseo de dar el siguiente paso. Era un hecho, la mujer más tierna que sus ojos habían conocido estaba desnuda sobre su cama, implorando más placer y el deseo era mutuo. Con sus dedos aún húmedos tocó su entrada virginal, pero el molesto sonido de la puerta hizo que la joven saltara y se cubriera con la sábana. —Tranquila, cualquiera que vea tu desnudez estaría expuesto a que le arranque los ojos con mis propias manos. El rostro de la chica estaba enrojecido y sudado. Él llamó a José y al parecer lo que sucedía afuera necesitaba de su presencia y no podía esperar. —¡Maldita sea! ¿Ya están aquí? —Así es, señor, por eso me atreví a tocar su puerta. —En cinco minutos estoy allí. —Ya les informaré, señor. —José. —Sí, señor. —Encárgate de Luna. Llévala hasta su casa. No quiero que nadie la vea. Esa mujer ahora me pertenece. José escuchó a un Adán calmado. Un Adán que le estaba dando prioridad a sus deseos y no a los problemas que siempre lo rodeaban. —Como siempre lo hago, señor. —En cinco minutos estoy en la oficina. Él cerró la llamada mientras contemplaba la desnudez de Luna, quien tomaba un baño y lo miraba avergonzada. —¿Sucede algo? —preguntó en cuanto lo vio ahí parado sin decir nada. Él suspiró pesadamente y luego le respondió —Tengo a todos mis asesores financieros y abogados en la oficina de mi casa con actualizaciones al parecer importantes. —Lo entiendo —respondió intentando cubrir sus pechos con las manos, ya que la mirada de Adán era penetrante. —No lo entiendes, yo solo quiero hacerte mía y verte dormir a mi lado. No te tapes, eres perfecta. —Tienes compromisos que no pueden esperar, en cambio, yo sí puedo hacerlo. —José, te llevará a casa, no quiero involucrarte y no sé cuánto tiempo me tomará, pero te prometo que te llamaré e iré por ti para terminar lo que hemos iniciado. Ella asintió y él mojó su camisa para devorar esos labios que parecían adictivos. Después del beso se marchó para no perder el control y olvidarse de todo y entregarse al placer más adictivo que jamás había probado.
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