Maximo Bertuci era un hombre sencillo. Así era como lo describiría su familia, sus amigos y todo aquel que se hubiera tomado el tiempo para hablar con él. Desde hace años sus padres, dueños de una cadena de restaurantes famosos de comida italiana habían intentado que él desarrollara el gusto por lo que ellos llamaban la buena vida, pero no importó lo que hicieron, él nunca quiso tener la misma vida de sus padres o al menos no aquella vida llena de personas superficiales que pensaban y miraban a la naturaleza como al enemigo. Desde que era un niño él había adorado las caminatas, el cielo, el aire puro, el senderismo, nada de lo que le gustaba a sus progenitores. Era por esa razón que sus amigos nunca encajaron con lo que sus padres esperaban, sus ambiciones siempre fueron distintas. Con el

