Capítulo 3: Su nombre.

2091 Words
Narra Elena Nunca he sentido el miedo, nunca lo he experimentado. Creo que porque siempre he tenido un lugar confortable y seguro. El miedo siempre lo imaginé como un grito, como algo evidente, dramático. Pero no. El miedo real es silencioso. Es el latido acelerado en los oídos, la respiración que se vuelve corta, la sensación de que algo está mal incluso cuando todo parece normal. Conocí el miedo cuando jamás lo pensé, un día cualquiera… Ese día había salido sola. Nada extraordinario. Una tarde común. Café para llevar, auriculares puestos, el mismo camino que había recorrido decenas de veces. Pensaba en la universidad, en los formularios que debía enviar, en la conversación de la noche anterior con mis padres. Mi madre sonriendo con esa calma que siempre me había protegido del mundo. Mi padre observándome con esa atención constante que yo había interpretado toda la vida como simple cuidado. No sabía que esa normalidad estaba a punto de romperse. Sentí la presencia antes de verla. Ese mismo escalofrío que había sentido en la biblioteca. Como si alguien caminara a mi ritmo, respirara a mi espalda. Me quité uno de los auriculares y miré de reojo… No vi nada. Seguí caminando, diciéndome que estaba sugestionada. Que no podía vivir con miedo por un extraño encuentro. Aceleré un poco el paso. Fue entonces cuando escuché su voz. —Elena. Mi nombre. Me detuve en seco, no fue miedo inmediato. Fue confusión. Porque una parte de mí todavía buscaba una explicación lógica, una coincidencia, algo que no implicara peligro. Me giré, él estaba allí. El mismo hombre. La misma mirada. La misma calma inquietante. Vestía de forma sencilla, como si fuera parte del paisaje urbano. No parecía apurado. No parecía nervioso. Parecía… preparado. —Te pedí que te cuidaras —dijo con suavidad. —¿Qué quieres? —pregunté, retrocediendo un paso. —Hablar. —No tienes derecho a saber mi nombre —mi voz tembló más de lo que quería—. No tienes derecho a acercarte a mí. Sonrió apenas. —Lo sé. Ese “lo sé” fue peor que cualquier amenaza. Di media vuelta para irme. No corrí. Aún no. No quería parecer débil. No quería provocar. No llegué lejos. Sentí su mano en mi brazo. Firme. Controlada. No violenta, pero imposible de ignorar. —Suéltame —dije, alzando la voz. —No hagas esto más difícil —respondió en el mismo tono tranquilo. Miré alrededor. Había gente. Autos pasando. Vida. Normalidad. Y, aun así, nadie parecía ver lo que estaba ocurriendo. —Ayuda —dije, más bajo esta vez. —Elena —dijo, inclinándose apenas hacia mí—. Confía en mí. Nadie va a ayudarte aquí. El mundo se contrajo. No sé en qué momento todo se volvió confuso. Solo recuerdo el pánico creciendo, mi cuerpo reaccionando antes que mi mente. Intenté zafarme. Sentí otra mano. Luego una presión en el costado. Un mareo súbito. El suelo pareció inclinarse. No perdí la conciencia del todo, pero tampoco estaba completamente despierta. Escuché una puerta abrirse, el sonido amortiguado del exterior cerrándose de golpe. El olor cambió. Ya no era aire libre. Era cuero. Metal. Encierro. —Tranquila —dijo su voz, cerca—. Respira. —¿Por qué? —logré decir—. ¿Qué quieres de mí? No respondió de inmediato. El auto se puso en marcha. Miré por la ventana, intentando memorizar calles, señales, cualquier cosa. Pero el miedo nublaba todo. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que iba a romperme por dentro. —No te voy a hacer daño —dijo finalmente. —Eso dicen todos —susurré. —Yo no soy “todos”. Lo miré. Por primera vez desde que había comenzado todo, lo miré de verdad. No había rabia en su rostro. No había deseo. No había locura evidente. Había determinación. —Mis padres… —mi voz se quebró—. Me están esperando. Algo cambió en su expresión. Un destello. Rápido. Difícil de leer. —Lo sé. —Entonces suéltame. —No puedo. Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas. No eran escandalosas. Eran silenciosas. Pesadas. —No hice nada —dije—. No te conozco. —Ese es el problema —respondió—. No sabes nada. El auto se detuvo tras lo que me parecieron horas, aunque probablemente fueron minutos. Bajó primero. Abrió mi puerta. Me tendió la mano. —Camina —dijo—. No intentes nada. Mis piernas temblaban, pero obedecí. El lugar era desconocido. Silencioso. Aislado. Una casa, tal vez. No sabía dónde estábamos. —¿Me vas a encerrar? —pregunté. —No —dijo—. Te vas a quedar aquí. —Eso es lo mismo. —No para mí. Entramos. La puerta se cerró detrás de mí con un sonido seco que sentí en el pecho. Allí, por primera vez, entendí algo con claridad brutal, mi vida perfecta había terminado. Y el pasado que mis padres creyeron enterrado… acababa de alcanzarme. El olor fue lo último que recuerdo. No tuve tiempo de reaccionar. Apenas sentí algo frío acercarse a mi rostro y luego ese aroma extraño, químico, que se metió en mis pulmones antes de que pudiera contener la respiración. Intenté girar la cabeza, forcejear, pero mi cuerpo ya no respondía. El mundo se apagó. No fue como dormir. Fue como caer en un pozo sin fondo, donde los sonidos se estiraban y se rompían, donde el tiempo dejó de tener forma. Volví a la conciencia a pedazos. Primero, un zumbido constante. Luego una presión en los oídos. Intenté abrir los ojos, pero la luz me atravesó como una cuchilla. Parpadeé, mareada, y fue entonces cuando lo vi. Una ventanilla, el cielo, nubes. —No… —susurré, aunque no sé si mi voz salió realmente. Un avión. El reconocimiento fue lento, como si mi mente se negara a aceptar lo evidente. El leve temblor bajo mis pies. El sonido amortiguado de los motores. Estaba volando. Me habían sacado del país. O al menos eso pensé en ese instante, con el pánico creciendo de nuevo en mi pecho. Intenté moverme. Sentí el peso de mi cuerpo, la torpeza, como si mis extremidades no me pertenecieran del todo. El miedo me devolvió un poco de claridad, pero no fue suficiente. La oscuridad volvió a reclamarme. Cuando desperté de nuevo, todo era distinto. Silencio. Un silencio espeso, pesado, que me envolvía por completo. Abrí los ojos de golpe y me incorporé, jadeando. La habitación giró por un segundo, pero logré mantenerme sentada. Miré a mi alrededor con desesperación. No reconocía nada. Las paredes eran claras, demasiado limpias. No había ventanas visibles. La cama era amplia, firme, cubierta con sábanas que olían a detergente caro, no a encierro sucio, lo que de alguna manera lo hacía peor. Una mesa pequeña. Una lámpara apagada. Una puerta cerrada. Mi corazón empezó a latir con violencia. —¿Hola? —llamé, con la voz ronca. Nadie respondió. Me levanté de la cama, tambaleándome un poco. Sentía la cabeza pesada, como si aún no hubiera despertado del todo. Caminé hasta la puerta y la empujé. Cerrada. Golpeé con la palma. —¡Ábranme! —grité. Nada. El miedo se transformó en rabia. Una caliente, hirviente, que me subió por la garganta y me dio fuerzas. Golpeé de nuevo, esta vez con el puño. —¡¿Me oyen?! ¡¿Dónde estoy?! La respuesta llegó en forma de pasos. Rápidos. Decididos. La puerta se abrió de golpe y él apareció. No calmado. No controlado como antes. Furioso. Sus ojos estaban oscuros, tensos, y su mandíbula apretada delataba que había perdido la paciencia. Apenas tuve tiempo de reaccionar cuando avancé hacia él, impulsada por una mezcla de miedo y orgullo herido. —¡Aléjate de mí! —grité, intentando golpearlo. No logré tocarlo. Me sujetó las muñecas en el aire, con fuerza suficiente para inmovilizarme, pero sin lastimarme. Aun así, sentí la presión, el dominio. Intenté zafarme, patalear, pero era inútil. —¡Suéltame! —le escupí las palabras—. ¡¿Quién demonios te crees que eres?! —¡Basta! —rugió. Su voz llenó la habitación, rebotó en las paredes, me atravesó el pecho. Me quedé quieta, no por obediencia, sino por sorpresa. No esperaba esa intensidad. Respiraba agitado. Yo también. Nos quedamos así, mirándonos, mis manos atrapadas entre las suyas, mi corazón golpeando contra las costillas como si quisiera escapar antes que yo. —¿Por qué me retienes? —pregunté, con la voz temblorosa pero firme—. No tienes ningún derecho. No sabes quién soy. Sus labios se curvaron en una mueca amarga. —Te equivocas —dijo—. Sé exactamente quién eres. —Entonces dime quién eres tú —exigí—. ¿Quién demonios eres para secuestrarme? ¿Para drogarme? ¿Para traerme aquí? Hubo un silencio pesado. Por un segundo pensé que no respondería. Que me dejaría con la duda como otra forma de control. Pero entonces aflojó apenas la presión de mis muñecas, lo suficiente para que pudiera sentir el temblor en mis propias manos. Me miró fijamente. —Yo soy… Dijo su nombre. Y antes de que pudiera escucharlo y reaccionar, antes de que mi mente pudiera procesar lo que eso significaba, la escena se rompió ahí, como si el mundo hubiera decidido contener la respiración conmigo. …no logré retenerlo. Mi mente estaba demasiado nublada, demasiado cansada, como si alguien hubiera pasado un paño húmedo sobre mis recuerdos. Sentí que el nombre se me escapaba en el mismo instante en que lo pronunciaba, como arena entre los dedos. Fruncí el ceño, respirando con dificultad. —¿Qué…? —susurré—. No… no lo recuerdo. Él me soltó de golpe, como si mi confesión lo hubiera golpeado más de lo que esperaba. Di un paso atrás, apoyándome en la pared para no caer. El mareo volvió, leve pero persistente. —Eso es normal —dijo, ahora con una voz más controlada, casi fría—. Te dieron más sedante del que quería. —¿Querías? —repetí, incrédula—. ¿Hablas de esto como si fuera un error menor? No respondió. Se limitó a mirarme durante unos segundos que se me hicieron eternos, como si evaluara algo en su cabeza. Luego se dio la vuelta y salió de la habitación sin decir una palabra más. La puerta se cerró con un clic suave, definitivo. Me dejé caer lentamente sobre la cama. Intenté recordar su nombre. Una sílaba, dos tal vez. Algo fuerte, oscuro. Mi mente daba vueltas, pero no conseguía aferrarse a nada. Era como despertar de un sueño intenso y tratar de reconstruirlo mientras se disuelve. Pasó un tiempo que no supe medir. El silencio volvió a instalarse, y con él una sensación extraña: no estaba encadenada, no estaba atada, pero tampoco era libre. Eso, de alguna manera, me aterraba más. La puerta se abrió de nuevo. Entró una mujer, de unos cuarenta años tal vez, vestida de manera sobria. Llevaba una bandeja con comida; pan, algo caliente que olía bien, agua. Demasiado normal. Demasiado doméstico para una situación como la mía. —Come —dijo, sin mirarme directamente—. Lo necesitas. Algo dentro de mí se quebró. La rabia, el miedo, la impotencia, todo se mezcló en un impulso que no pensé. Me levanté de golpe y empujé la bandeja con ambas manos. El plato cayó al suelo con un estruendo seco. El agua se derramó. La comida quedó esparcida. —¡No quiero nada de ustedes! —grité—. ¡No soy un objeto! La mujer retrocedió un paso, claramente sorprendida. Me miró como si no supiera qué hacer conmigo, como si yo fuera un problema inesperado. —Me temo que esto no le va a gustar al señor… —murmuró, más para sí misma que para mí. —¿A qué señor? —pregunté, con el pecho subiendo y bajando—. ¿Al hombre que me secuestró? ¿Al que cree que puede decidir sobre mi vida? Ella apretó los labios. —Al señor Valen Kovács. El nombre cayó en la habitación como un golpe. No sabía por qué, pero algo en ese nombre me erizó la piel. No lo reconocía… y, sin embargo, una sensación incómoda se instaló en mi estómago, como si una parte de mí supiera que debía recordarlo. Y el miedo —ese miedo silencioso que no grita— se acomodó en mi pecho como si hubiera encontrado, por fin, su hogar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD