Narra Elena
Siempre he pensado que mi vida era… normal. No perfecta en el sentido artificial de las revistas, sino tranquila, firme, segura. Como una casa bien construida, con cimientos sólidos, de esas que no crujen cuando hay tormenta.
Mis padres siempre han sido así, sólidos. Papá con su mirada atenta, ese silencio que impone respeto sin necesidad de levantar la voz. Mamá con su dulzura serena, con esa forma de mirarnos que hacía sentir que todo iba a estar bien incluso antes de que algo saliera mal.
Crecí escuchando su historia de amor como quien escucha un cuento repetido antes de dormir.
Una historia limpia, bonita, sin sombras. Yo nunca dudé de ella.
Hasta ahora.
Lo volví a ver tres días después, aquel hombre… No fue casualidad, aunque en ese momento intenté convencerme de que sí.
Estaba en el mismo café cerca de la biblioteca, el mismo al que voy desde hace años, el mismo donde todos me conocen por mi nombre y saben que siempre pido lo mismo. Me senté junto a la ventana con mis apuntes, distraída, pensando en las opciones de universidades que papá me había enviado la noche anterior.
Derecho, economía, relaciones internacionales. Carreras “seguras”, decía él.
Sentí esa presión en la nuca antes de verlo. Esa sensación incómoda, como si alguien te observara demasiado tiempo. Levanté la mirada, era él.
El hombre del café de la semana pasada. El de los ojos oscuros, demasiado atentos. El que había comentado mi libro con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Esta vez no se acercó de inmediato. Se sentó a unas mesas de distancia, como si no quisiera llamar la atención. Como si supiera exactamente cuánto espacio dejar.
No lo vi primero, lo sentí.
Esa presión incómoda entre los omóplatos, como si alguien estuviera observándome desde hacía rato. Levanté la vista de manera automática, sin pensar, esperando encontrar… no sé qué exactamente. Tal vez a nadie. Tal vez a alguien que bajara la mirada al instante. Pero no fue así.
No fingía leer. No fingía escribir. No fingía nada. Me estaba mirando.
No de una forma descarada, obscena o descaradamente atrevida. No. Su mirada era tranquila. Demasiado tranquila. Como si observarme fuera lo más natural del mundo.
Aparté los ojos de inmediato, con el corazón dando un pequeño salto que no supe explicar. Me obligué a concentrarme en el libro, en las palabras, en las frases subrayadas. Me dije que estaba exagerando. Que la gente miraba a otras personas todo el tiempo. Que no significaba nada.
Pero cuando levanté la vista otra vez, unos minutos después, él seguía allí.
No había cambiado de postura. No había desviado la mirada. Solo… seguía observándome.
Tragué saliva.
Esta vez fui yo quien sostuvo el contacto visual unos segundos más. Quería entender. Ver si había algo reconocible en su rostro. Alguna razón lógica para esa insistencia.
Era atractivo. Eso fue lo primero que pensé, con una incomodidad que me irritó. Alto, de facciones marcadas, barba corta bien cuidada, cabello oscuro. Tenía unos ojos que no sabría describir con precisión, no eran duros, pero tampoco amables. Eran atentos. Demasiado atentos.
Cuando nuestras miradas se cruzaron de lleno, él levantó apenas una ceja, como si me hubiera estado esperando. Luego, con total naturalidad, se puso de pie y caminó hacia mi mesa.
Mi cuerpo se tensó antes de que mi mente reaccionara.
—Perdón —dijo en voz baja, respetando el silencio del lugar—. No quería incomodarte.
Asentí sin saber muy bien por qué. Tal vez porque su tono era educado. Tal vez porque una parte de mí no quería parecer paranoica.
—¿Nos conocemos? —pregunté, intentando sonar casual.
Él negó despacio.
—No. Pero es fácil leer a las personas si sabes qué mirar.
Algo en su respuesta me erizó la piel.
Se sentó en la silla frente a mí sin pedir permiso, aunque lo hizo con tanta calma que parecía haberlo hecho mil veces antes. Apoyó los antebrazos sobre la mesa, manteniendo una distancia correcta, educada. Aun así, sentí que invadía un espacio que no le pertenecía.
—¿Vienes mucho por aquí? —preguntó.
—A veces.
—¿Estudias?
—Estoy por empezar la universidad.
—Ah —dijo, como si eso confirmara algo—. Ese momento en el que todo parece posible… y peligroso al mismo tiempo.
Fruncí el ceño.
—No creo que sea peligroso.
Él me observó con más atención, como si esa respuesta le resultara interesante.
—Eso es porque has tenido una vida protegida.
No fue una pregunta, fue una afirmación.
Mi espalda se tensó.
—No sabes nada de mi vida.
—No —admitió—. Pero sé reconocer ciertos patrones.
Guardó silencio unos segundos, y ese silencio pesó más que sus palabras. Me di cuenta de que varias personas se habían ido, de que la biblioteca estaba más vacía que antes. No sabía cuánto tiempo había pasado.
—Debería volver a mi lectura —dije, intentando recuperar el control.
Él asintió, pero no se levantó.
—Solo una cosa más —añadió—. ¿Qué te gustaría estudiar?
—Literatura. Tal vez psicología.
—Interesante combinación.
—¿Por qué?
—Porque una intenta entender historias… y la otra, personas.
Me miró fijamente al decirlo.
—¿Y tú? —pregunté, más por reflejo que por interés—. ¿Qué estudias?
Sonrió de nuevo. Esta vez, la sonrisa no llegó a sus ojos.
—Digamos que observo.
Sentí un nudo en el estómago.
—Creo que debería irme.
—Claro —dijo, levantándose al fin—. No quiero incomodarte.
Recogí mis cosas con torpeza, guardé el libro en la mochila y me puse de pie. Sentí su mirada siguiéndome mientras me alejaba entre los estantes.
Estaba a punto de llegar a la salida cuando su voz me detuvo.
—Elena.
Me giré en seco.
El corazón me golpeó el pecho con fuerza.
—¿Sí?
Él estaba a unos metros, de pie, con una expresión tranquila, casi amable.
—Cuídate —dijo—. A veces, el mundo no es tan seguro como creemos.
Lo miré, sin poder disimular la alarma.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Él inclinó la cabeza ligeramente, como si la pregunta le resultara obvia.
—Espero que estés bien, Elena.
Y luego se dio la vuelta y se perdió entre los estantes, dejándome allí, con la sensación de que algo acababa de romperse.
Mi piel se erizó, no hice nada. Debí llamar a mi padre, pero no lo hice… Me dije que estaba exagerando, que el miedo era irracional, que el mundo no estaba lleno de amenazas solo porque sí.
Pero mi cuerpo no mentía.
Cuando finalmente se levantó y pasó junto a mi mesa, inclinó apenas la cabeza.
—El final no es lo que parece —dijo en voz baja—. Nunca lo es.
Se fue.
Yo me quedé ahí, inmóvil, con el corazón golpeándome el pecho.
Más tarde en casa, estábamos todos cenando juntos. Mi hermano hablaba sin parar, contando una historia absurda del colegio. Mamá reía, papá lo escuchaba con paciencia, sirviendo vino como si nada en el mundo pudiera alterar ese momento.
—He estado revisando opciones en el extranjero —dijo papá, mirándome—. Hay universidades excelentes. Podrías empezar el próximo año.
—¿Tan lejos? —pregunté.
—El mundo es grande, Elena —respondió—. Y hay que aprender a moverse en él.
Lo dijo con un tono extraño. No duro. No frío. Pero cargado de algo que no supe nombrar.
Los miré a los dos. A mis padres. A la forma en que se entendían sin hablar. A cómo mamá tocaba la mano de papá cuando él se quedaba pensativo.
Pensé, mi familia es perfecta. Y al mismo tiempo, por primera vez, sentí una duda diminuta, incómoda, clavándose en algún lugar de mi pecho.
Esa noche soñé con ojos, ojos que me observaban desde la oscuridad. Desperté sudando.
A la mañana siguiente bajé temprano y encontré a papá en su despacho.
Estaba de pie, de espaldas a mí, limpiando algo con un paño. Su postura era tensa, alerta, como si no estuviera solo. Cuando oyó mis pasos, se giró con rapidez.
Demasiada rapidez.
—¿Qué haces despierta tan temprano? —preguntó.
—No podía dormir.
Vi cómo deslizaba el objeto dentro de un cajón y lo cerraba.
—¿Qué era eso? —pregunté, sin pensar.
Hubo un silencio.
Papá me miró largo rato. Luego abrió el cajón de nuevo, con cuidado, como si midiera cada movimiento. Era un arma. No una antigua ni decorativa. Un arma real.
Sentí que algo se quebraba dentro de mí.
—¿Papá…?
—Es solo por seguridad —dijo con calma—. El mundo no es tan seguro como parece, Elena.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre.
Su respuesta fue firme, definitiva. Cerró el cajón y se acercó a mí, apoyando las manos en mis hombros.
—No tienes de qué preocuparte. Mientras yo esté aquí, nada te va a pasar.
Asentí. Sonreí. Hice lo que siempre hacía. Pero mientras subía las escaleras, pensé en el hombre del café. En su mirada, en su frase. El final no es lo que parece. Y por primera vez en mis dieciocho años, entendí algo con absoluta claridad. No conocía toda la historia de mis padres, no conocía realmente a mi padre. Y mi vida, esa que siempre creí perfecta, estaba construida sobre secretos.
Secretos que estaban a punto de alcanzarme.