Capítulo 11

690 Words
Cuando por fin nos separamos, él apoyó su frente en la mía, respirando hondo, como si quisiera grabarse mi olor antes de que el mundo se nos viniera encima. —No te voy a soltar —murmuró. Yo tampoco quería hacerlo. —Estamos justos en esto, hasta el final. Alan tomó el teléfono y empezó a organizar todo para el viaje. Caminé hacia el mueble de la sala, tomé la cajita, ese pequeño regalo que aún no podía entregarle. La sostuve entre mis dedos. La llevé conmigo hasta la habitación vacía del final del pasillo. La misma que un día dijimos que “sería para algo bonito”. Entré, respiré hondo y la dejé en el centro de la repisa, alineada perfectamente, como si eso me diera control sobre algo que claramente no tenía. —Será pasajero —susurré, tocando la tapa con la yema de mis dedos—. Volveremos… y entonces sí… Salí, cerré la puerta con cuidado, como si detrás quedara guardado un futuro que todavía no estaba listo para revelarse. Tal vez iríamos al infierno, pero regresaríamos juntos. Y cuando lo hiciéramos, podríamos continuar con nuestros sueños. Decir “mes nuevo, sorpréndeme” era básicamente invocar el caos. Diciembre. Teníamos que viajar a Nueva York. El abogado fue claro: la primera semana de diciembre se celebraría la "preliminary conference", la dichosa audiencia preliminar donde el juez escucharía a ambas partes e intentaría al menos en teoría que llegaran a un acuerdo antes de avanzar al proceso formal del divorcio. Cuando me subí al avión sentí un vacío en el pecho y hasta ganas de vomitar resultado de la ansiedad que sentía al tener que regresar. Él lo notó, tomó mi mano y en ningún momento la soltó. Las horas de viaje se hicieron demasiado cortas, al menos así las sentí yo. Cada uno estaba sumergido en sus propios pensamientos; yo miraba por la ventana; él mantenía la mandíbula tensa. Aterrizamos. El aire frío nos golpeó de frente, ese frío de Nueva York, lo único que en verdad extrañaba. Pero ese frío me cortó la respiración… o tal vez no fue el frío. Quizás fue, el estrés, el miedo, el simple hecho de regresar. Antes de que el mundo empezara a alejarse, sentí un zumbido en los oídos. Una oleada de calor me subió por el cuerpo, después un mareo violento. —Ale… —escuché a Alan, lejos, lejísimo. Intenté responder, pero mis piernas cedieron. Negro. Todo se tornó en oscuridad. Cuando reaccioné, lo primero que sentí fueron unas manos firmes sujetándome por debajo de las rodillas y la espalda. Olía a él. A su perfume. A su desesperación. —Ale, mírame —su voz estaba quebrada, como si hubiera corrido kilómetros—. Amor, despierta. Vamos, por favor, abre los ojos. Parpadeé. El aeropuerto estaba girando detrás de él, como si alguien hubiera movido la cámara muy rápido. Él apretó más el agarre, casi cargándome contra su pecho. —¿Qué… pasó? —murmuré. —Te desmayaste —su respiración golpeó mi frente—. Voy a llevarte a un hospital. Ya mismo. —No —susurré, tocándole la mejilla con los dedos porque necesitaba calmarlo—. No, Alan… estoy bien. Solo… estrés. No comí casi nada hoy. Te lo juro. Él negó, furioso consigo mismo. —No me importa. No volverá a pasarte. Te llevo a emergencias. —Alan… —respiré hondo— Estoy bien. Dame cinco minutos y un poco de agua. Por favor. Me miró como si dudara entre creerme o meterme en una ambulancia. Soltó un suspiro frustrado. —Me vas a matar de un infarto —susurró contra mi sien. Me ayudó a estabilizarme, todo se movía demasiado rápido, solo necesitaba agua y respirar. Vacié la mitad de una botella. Llevó un mechón de mi cabello tras mi oreja. —Estas muy pálida —esos bellos ojos estaban preocupados. Intenté esbozar una sonrisa. —Fue el cambio, el clima, todo ayudó. Ya estoy bien. Él estaba a punto de objetar cuando escuchamos voces conocidas. —¡Pero mira quiénes llegaron! —Lara llegó primero, corriendo hacia mí. Me abrazó.
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