Detrás de ella, apareció Josh. Miró a Alan y luego a mí, al parecer no se le escapaba nada.
—Turquesa, ¿todo bien? —preguntó, evaluándome de pies a cabeza con esa mirada de rayos X que tenía.
—Sí, mal de altura —respondí, obligándome a sonreír.
Lara me volvió a abrazar.
—Ay, mi vida… ven acá. Ya estás con nosotros. Respira, ¿sí? —me susurró.
La verdad, fue más que respirar en ese momento. Verlos a ellos dos fue como una luz encendiéndose en medio de un túnel exageradamente largo.
Un recordatorio de que sí, veníamos a una guerra. Pero no íbamos solos.
Después del susto, todos insistieron en que necesitaba comer algo. No discutí; tenía el estómago vacío, revuelto y el alma hecha un nudo. Fuimos a un pequeño diner cerca del aeropuerto. Alan no dejó de mirarme ni un segundo, como si en cualquier descuido me fuera a caer otra vez.
Lara hablaba para llenar el silencio, Josh hacía comentarios tranquilos para bajarle la tensión al ambiente, y poco a poco mis músculos dejaron de temblar. Comí algo ligero, respiré y volví a sentirme humana.
Lara había insistido en que nos quedáramos en su casa, pero su novio estaba de visita y no queríamos hacer mal tercio. Josh también nos abrió las puertas del suyo, pero al final terminó ofreciéndonos algo mucho mejor: un pequeño apartamento que tenía vacío, listo para alquilar. En estos años había progresado. Le iba muy bien, por algo seguía siendo el mejor.
—Si hablamos de comodidad, ya sé cuál van a escoger —dijo con esa sonrisa que dejaba ver esos lindos hoyuelos, nos conocía, sobre todo a Alan.
Y tenía razón. Entre invadir casas ajenas y tener un espacio para respirar, procesar, buscar un poco de paz, la elección era obvia.
Así que nos quedamos con el apartamento. Era pequeño, pero acogedor. Todo estaba perfectamente organizado para nuestra llegada.
Dejé la maleta en el piso, exhalé y me giré hacia él.
—¿Listo? —le pregunté, aunque ambos sabíamos la respuesta.
Él soltó una risa seca que no tenía nada de graciosa.
—Para verla a ella, nunca. Pero para terminar esto… siempre.
Me acerqué, tomé su mano y la apreté fuerte. No estaba preparada para ver a... la familia de Vanessa, recordé que yo no tenía a nadie.
Los muertos no tienen familia.
Esa noche casi no pude dormir. Daba vueltas, me destapaba, me tapaba. La ansiedad me tenía en jaque. A la mañana siguiente, apenas probé el desayuno. Removía la comida con el tenedor, sin ganas, tenía un nudo en la garganta.
—Tienes que comer algo —me dijo con el ceño fruncido —. Esto te está afectando demasiado y no quiero que te enfermes. Lo mejor es que te quedes aquí. Ya hiciste mucho con venir conmigo. Yo iré solo a la confrontación. No pienso discutirlo.
Solté el tenedor y dejé escapar el aire que llevaba horas acumulando.
—Es verdad… —la voz se me cortó.
Él se acercó y me abrazó con fuerza.
No quería llorar. No se merecían mis lágrimas. Pero joder… dolía.
Pensé que con el tiempo había sanado, que ya no importaba, que era un capítulo cerrado. No mencionar lo que te destruye no es sanar… es esconder la herida para que siga supurando.
Alan apoyó su frente en la mía.
—Mi Sirena… —susurró— juro que esto será pasajero. Pronto regresaremos a nuestro hogar. Todo esto quedará atrás.
Yo también quería creerlo.
Ese día decidí quedarme. Luego Lara insistió en sacarme un rato del apartamento. Me llevó a conocer su boutique y luego fuimos a comer. Necesitaba ese tiempo de amigas, la extrañaba demasiado.