Capítulo 13

848 Words
Alan. No quería dejarla sola, pero tampoco era una buena idea que me acompañara. Si yo pudiera evitarle cualquier tipo de sufrimiento lo haría. Lo único que quería era salir de todo, para regresar a nuestro hogar. El abogado me recogió. —¿Listo, Alan? —preguntó sin rodeos. Asentí aunque por dentro sentía un nudo en el pecho tan fuerte que me cortaba el aire. El abogado repasó lo esencial mientras avanzábamos hacia el auto. —Será breve —dijo—. Una comparecencia inicial para revisar si existe posibilidad de acuerdo. Solté una carcajada seca. —Ya ambos sabemos que no la hay. —Exacto —confirmó sin rodeos—, pero legalmente debemos pasar por esto. El tráfico hacia el tribunal estaba asquerosamente lento. Yo solo veía los edificios pasar mientras me masajeaba la frente. Cada vez que cerraba los ojos veía a Alexia desmayándose en mis brazos unas horas antes. Me preocupaba demasiado, no quería que nada le afectara. Pero sería imposible que no saliera implicada. El auto se detuvo frente al edificio gris del tribunal. Un lugar frío, sin alma… perfecto para lo que estábamos a punto de enfrentar. Respiré hondo. Me bajé. El viento helado me dio de frente. Entramos. —Recuerda mantener la calma. No interrumpas. No la mires directamente si empieza a provocarte —me advirtió. Spoiler: era tarde para eso. Apenas me vio fue como encender un fósforo en una gasolinera. —Mira quién apareció. Al fin te dignas a dar la cara —soltó con una sonrisa venenosa—. ¿Y dónde está esa maldita perra? —remarcó con asco— Mi querida hermanita. No me digas, ¿ya se está revolcando con otro? El abogado puso una mano en mi brazo. —No la nombres —le dije, bajito, porque si subía la voz iba a perder ese juicio antes de empezar. Ella soltó una risa burlona. Nos hicieron pasar. El juez, un hombre mayor con rostro cansado, levantó la vista sin entusiasmo. —Procedamos —dijo. Ahí empezó la función teatral más barata del mundo. Ella se acomodó y empezó a llorar. —Su señoría —dijo su abogado—, mi representada ha sido víctima de violencia psicológica por parte del señor Alan y en más de una ocasión, según declara, también de agresiones físicas. Sentí un hueco en el estómago. No podía creer su cinismo. —Eso es mentira —dije entre dientes, pero el abogado me lanzó una mirada fulminante. “Cállate”. Ella siguió: —Yo viví un infierno… él me gritaba, me insultaba… me hacía sentir menos que nada… —se llevó las manos al rostro— hasta que llegó al punto de levantarme la mano. El juez me miró como esperando que yo explotara. No le di ese gusto. El abogado pidió intervenir, manteniendo la compostura. —Su señoría, contamos con registros médicos de ambos durante los años de convivencia, todos sin evidencia de lesiones. También tenemos testimonios de terceros que contradicen totalmente lo que afirma. Respiré hondo. El juez hojeó los documentos que mi abogado entregó. —Sra. Vanessa, ¿presentó usted alguna denuncia policial durante el periodo que indica? —preguntó el juez. Ella tragó saliva. —No… tenía miedo… —dijo, usando el tono que siempre usaba cuando quería manipular. —¿Alguna prueba física? ¿Fotografías? ¿Certificados médicos? —No, pero… —Continúe —dijo él, sin compasión. Mi abogado remató. —También tenemos evidencia de mensajes donde la señora amenaza con “arruinarle la vida” a mi cliente si no accede a sus pedidos económicos. Los presentaremos si es necesario. Ella palideció. El juez levantó la mano. —Vamos a hacer un receso de quince minutos. Ella me lanzó una mirada llena de odio. Cuando regresamos del receso, Vanessa entró con una seguridad que me provocó escalofríos. El juez volvió a su asiento, revisó unos documentos y soltó un suspiro. —Bien —dijo—. Continuemos. La parte demandante puede exponer. El abogado de Vanessa se levantó, enderezó la corbata y adoptó un tono teatral. —Su señoría, mi clienta ratifica lo dicho anteriormente. Tenemos testigos dispuestos a declarar. El juez levantó una ceja. Yo cerré los ojos un momento. Ya imaginaba quiénes serían esos testigos; sus padres. Entré más crees conocer a una persona, más la desconoces. El abogado siguió. —Los testigos afirman haber visto agresiones y el deterioro emocional de Vanessa debido al trato del señor Alan. El juez dejó el bolígrafo sobre la mesa, miró al abogado y preguntó con total seriedad: —¿Traen declaraciones juramentadas? ¿Reportes? ¿Historial médico? ¿Algo que respalde las afirmaciones? Silencio. El abogado carraspeó. —Estamos… en proceso de recopilarlo, su señoría. El juez asintió. —Su señoría —siguió el abogado de Vanessa —, además de las alegaciones ya mencionadas, mi clienta solicita una indemnización por daños emocionales derivados de los años de maltrato que asegura haber sufrido. Y, por régimen de bienes, reclamamos el cincuenta por ciento del patrimonio adquirido. Apreté la mandíbula con fuerza.
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