Capítulo 14

1560 Words
El juez lo miró. —¿Algo que decir, licenciado? —Varias cosas, su señoría —respondió—. Primero: no existe historial médico, legal ni psicológico que respalde la existencia de “daños emocionales” provocados por mi cliente. Segundo: la ley del estado de Nueva York establece claramente la división de bienes según aportes y pruebas de contribución económica real. No aparece como co-propietaria en ninguna de las propiedades del señor Alan. Por tanto, no tiene derecho al cincuenta por ciento de nada salvo que lo pruebe. Vanessa abrió los ojos, estaba furiosa. El abogado de ella trató de intervenir: —Mi clienta mantuvo el hogar… —Su señoría —lo cortó mi abogado—, mi cliente se hacía cargo prácticamente de todos los gastos. Tenemos recibos bancarios para probarlo. Así que eso de “mantener el hogar”… no aplica. El juez tomó aire y se recostó en la silla. —Bien. La solicitud de indemnización se registrará, pero no será considerada sin evidencia. El reclamo del cincuenta por ciento del patrimonio también queda pendiente de prueba documental, y por ahora no proceden medidas económicas provisionales. Vanessa tensó la mandíbula. El juez continuó, con tono más firme: —Dado que no hay acuerdo, y debido a las acusaciones cruzadas, este caso se enviará a la Corte de Familia para audiencia preliminar. Allí evaluaremos si las alegaciones de maltrato ameritan una investigación formal y si las solicitudes económicas tienen asidero legal. Ambas partes deberán presentar pruebas, testigos y documentos antes de la fecha asignada. Cuando la sesión terminó, Vanessa me miró con una sonrisa tan venenosa. Entendí que era apenas el calentamiento. Ella no iba a ceder. Yo tenía la intención de largarme sin mirar atrás, pero entonces la escuché a mis espaldas: —Voy a encargarme de dejarte en la calle. Veremos si así te va a querer esa… puta. Apreté la mandíbula. Respiré hondo, contando mentalmente para no girarme y mandarlo todo al carajo. —Vanessa, por favor —dije sin darme vuelta—. No empecemos. Respeta a mi mujer. Ella soltó una carcajada histérica. —¿Respetarla? ¿Cómo diablos voy a respetar a una quita-maridos? Por favor, Alan. Me giré. No porque quisiera… sino porque ya era inevitable. —¿Por qué la prisa? —escupió, ladeando la cabeza— ¿Acaso esa zorra no te deja hablar conmigo? Me pellizqué el puente de la nariz. Ella quería eso: que yo perdiera el control. Que reaccionara. Que hubiera un escándalo. No le iba a dar ese gusto. —Vanessa, contigo no se puede hablar —murmuré con la poca paciencia que me quedaba—. Tienes demasiado odio encima. Sé que la decisión que tomé te dañó y no fue la manera de hacer las cosas… con pedirte perdón nada se arreglará. Lo que tú quieres es verme arruinado. No justicia. Los ojos se le encendieron. —La odio —dijo con una tranquilidad escalofriante—. Quisiera verla muerta. Es más… te daré una oportunidad. Dio un paso hacia mí, escaneándome de pies a cabezas. —Estás más guapo que antes. Vuelve conmigo. Olvídate de ella. Si no quieres terminar en la calle, esa es tu salida. Porque esta demanda la gano yo, sea como sea. Jamás pensé que propusiera algo tan descabellado. De verdad creí que esos dos años habían sido suficientes para sanar las heridas. Pero me equivoqué. Vanessa tenía demasiado resentimiento, ella lo único que buscaba era destruirnos. A los dos. —Estás loca —solté con una mueca de fastidio—. Lo que pides no existe. Estoy con Alexia porque la amo. Y si quieres guerra, la tendrás. Yo solo te voy a dar lo que legalmente te toca… nada más. Me di la vuelta y caminé hacia el carro. No quería escucharla. Lo último que escuché, justo antes de cerrar la puerta; —¡Me tendrá que dar la cara algún día, esa maldita perra! … Apenas abrí la puerta del apartamento, lo primero que vi fueron esos hermosos ojos. Mi Sirena me esperaba con una pequeña sonrisa, un rastro de esperanza dibujado en su rostro. Quería decirle que habían buenas noticias, que podríamos celebrar Navidad en nuestro hogar, pero la realidad era muy diferente. Se acercó y dejó un beso en mis labios. No podía mentirle, ella me conocía demasiado bien. —Las cosas no salieron bien —no lo preguntó, lo afirmó. Intenté sonreír, pero me salió una mueca. Le hice un pequeño resumen de lo sucedido, omitiendo la parte en que Vanessa mencionó que quería verla muerta. Ella levantó la mano y me tocó la mejilla. Ale siempre tenía esa jodida capacidad: bajarme la guardia sin pedir permiso. —No pasa nada, tendremos que quedarnos más de lo planeado —intentó sonreír—. Podemos aprovechar para dar un recorrido por la ciudad. Unas pequeñas vacaciones. Tomé su mano y dejé un beso en ella. ¿Por qué tenía que ser tan perfecta? Amaba a esa mujer. —Sabíamos que no sería fácil. Por supuesto que no vamos a dejarnos. Ahora eres mi marido y ella tendrá que aceptarlo —me mostró las uñas—. Yo también tengo garras para defender lo mío. Mordió su labio inferior. Esa maldita manía suya. Ese gesto que me arruinaba cualquier intento de ser serio. Solté una risita, una de esas que solo ella podía sacarme. ¿Cómo no amarla? Si era caos, fuego y ternura en un solo cuerpo. Todo lo que estaba bien en un mundo que estaba por volverse una pesadilla. La agarré por la nuca y la besé, profundo, posesivo, como si pudiera apagar con su boca todas las mierdas que nos rodeaban. Por un momento, desapareció todo. Me separé apenas para respirar. —Vamos a comer —la miré. Ella soltó una risita malvada. —Eso me interesa mucho. Elevé una ceja. —Comida de verdad, Sirena. No quiero que te vuelvas a desmayar. Pero claro, ella nunca jugaba limpio. Enredó sus brazos alrededor de mi cuello, se acomodó sobre mí a horcajadas lentamente a propósito para volverme loco. Su aroma me envolvió. Mi autocontrol salió corriendo. —¿Y quién dijo que no era comida de verdad? —susurró cerca de mi boca—. Hoy cenaré carne de dragón. Mordió otra vez su labio inferior. Y joder… amaba eso. La tomé de la cintura y la apoyé con fuerza sobre mis muslos, quería que sintiera el hambre de mi dragón. Su risa apenas salió porque mi boca ya estaba reclamando la suya, devorándola, reclamándola. Bajé mis manos por su espalda hasta la curva de su cintura. Tiré de su vestido con más fuerza de la necesaria. Delineé el contorno de sus pezones con mi lengua, para luego succionarlos lentamente, finalicé apretándolos con los dientes, lo justo, para volverla loca. Metí la mano en medio de mi pelvis y la suya, sonreí al sentir la humedad de sus bragas. Deslicé dos de mis dedos por sus pliegues y ella dejó escapar un gemido que solo encendió más a mi dragón. La tomé del cabello, inclinándola hacia atrás para mirar esa expresión que me volvía animal: mejillas rojas, labios hinchados, ojos oscuros de deseo. Su respiración chocó contra la mía. Ella bajó las manos buscando el borde de mis pantalones, los desabrocho como toda una experta, liberando a la bestia. Cuando ella se acomodó sobre mí, me aferré al borde del mueble, el contraste de su calor y humedad hicieron que se me escapara un jadeo desde el fondo de mi garganta. Se aferró a mis hombros, me miró con esos ojos traviesos que me volvían loco y empezó a moverse. Primero: lentamente. Provocador. Cruel. Sus caderas dibujaron un vaivén suave, calculado, que me hizo cerrar los ojos con fuerza. Sentía cada maldito movimiento, cada roce, cada cambio en su respiración mientras me dominaba sin pedir permiso. —Así… —susurré entre dientes, incapaz de ocultar lo que me hacía—. No te detengas. Ella sonrió, esa sonrisa malvada porque sabía que tenía todo el poder… y aceleró. Sus caderas empezaron a moverse con más presión, más ritmo, como si quisiera arrancarme el alma a golpes de placer. Me ahogué en su cuello, mordiéndole la piel mientras mis manos se cerraban con fuerza en su cintura para seguirle el ritmo. Sus movimientos se volvieron erráticos, más urgentes, más necesitados. Su respiración chocaba contra la mía, sus uñas se hundieron en mis hombros y un gemido bajo se escapó de su garganta sin que pudiera contenerlo. —Alan… —jadeó, inclinándose hacia mí, temblando. —Córrete para mí —le ordené con voz ronca. Y se soltó. Su cuerpo se tensó encima del mío y sus caderas dieron un último movimiento profundo, desesperado. Se aferró a mi cuello mientras el temblor la recorría de arriba abajo, dejándose llevar. Su orgasmo fue mi perdición, exhalé contra su piel y me dejé llevar, perdido en el mismo clímax, respirando su nombre. Ella apoyó su frente en la mía, todavía con las caderas temblando ligeramente. —Te dije… —susurró con una sonrisa —que hoy cenaría carne de dragón. Reí sin poder evitarlo, pegándola más hacia mí. —Pediría otra ración… si pudiera moverme. Soltamos una risita. Retiré los mechones que se habían quedado pegados a su rostro. —Te amo.
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