La mudanza y todo lo demás fue algo cansado, pero valió la pena. Inauguramos la casa con una pequeña cena con amigos y la familia de Alan, por videollamada me acompañaron Josh y Lara.
…
Últimamente me sentía agotada y un poquito hormonal, pensaba que debía ser por la ansiedad de la nueva casa, así que se me ocurrió una idea. Había decidido hacerme un nuevo tatuaje, algo que simbolizara todo lo que habíamos vivido, lo superado y lo que faltaba.
Esa mañana tomé el tranvía rumbo al Barrio del Carmen, uno de mis lugares favoritos en Valencia. Las calles empedradas, los grafitis coloridos y los cafés pequeños escondidos entre murales daban al lugar un aire bohemio que siempre me inspiraba. El estudio de tatuajes se encontraba en una esquina.
El tatuador, un chico de acento andaluz me recibió con una sonrisa. Me mostró el diseño en el que habíamos trabajado juntos: una línea ascendente que recorrería toda mi columna vertebral, desde la base de la espalda hasta la nuca. A lo largo de ella, se entrelazaban flores de cerezo con una serpiente estilizada, que ascendía con elegancia entre los pétalos. Para mí, representaba la fuerza, la transformación y la belleza que nace del cambio.
Pero también había otra razón, una que solo yo conocía.
Cerré los ojos cuando la aguja trazó el primer recorrido sobre mi piel. Era dolor y placer, una mezcla extraña y poderosa. Pensé en él, en la manera que me recorría con la mirada. Ya podía imaginar sus manos sobre mi espalda.
…
Horas después, salí del estudio con la espalda cubierta por un vendaje y una sonrisa de satisfacción. Caminé disfrutando la brisa del atardecer. Me detuve frente a una pequeña pastelería porque se me antojó algo dulce. Me giré para cruzar la calle, pero al doblar la esquina me detuve en seco.
Creí ver a alguien… pero no podía ser.
—¿Alexia?
La voz me hizo parpadear. Me tallé los ojos, incrédula, antes de soltar una risa suave.
—¿Adalet?
Ella sonrió y se encogió de hombros.
—¿De verdad eres tú? —pregunté, procesando lo que veía, mientras la observaba de pies a cabeza con sorpresa y desconcierto.
Adalet soltó una risita, hizo una mueca.
—Sin comentarios —dijo alzando las cejas—. Sí, soy yo.
Con un gesto despreocupado extendió los brazos y dio una vuelta sobre sí misma. No dije nada; sonreí, intentando disimular la sorpresa. Vaya que el mundo era un pañuelo. Entramos juntas por el postre. Me contó que llevaba un año y medio viviendo en Madrid y que estaba por Valencia visitando a alguien. No entré en detalles, preferí no preguntar. Josh ya me había comentado que ella se había mudado y las cosas estaban un poco complicadas. Ada era de esas que dejaba muy en claro cuando no quería mencionar un tema. Platicamos de todo un poco, la invité a casa, me dijo que tal vez en algún momento se pasaba por allá.
…
Cuando llegué a casa, ya había oscurecido. Llevé un postre; un pequeño intento de redención por haberme perdido tanto tiempo. Las horas se me habían ido volando.
—¿Un día ocupado? —preguntó desde la cocina.
Ahí estaba él, mi hombre… mi marido, aunque aún no oficialmente. Guapo, relajado, con las mangas arremangadas y el delantal a medio ajustar. Una mezcla perfecta de ternura y sensualidad. Me acerqué despacio, dejé un beso en sus labios. Metí la mano en el tazón para robar un poco de ensalada.
—Entretenido —respondí con una sonrisa traviesa.
Él soltó una risita y negó, como si ya supiera que algo tramaba.
Sirvió un poco de vino en dos copas.
—Eso suena sospechoso —dijo arqueando una ceja—. ¿Entretenido cómo?
—Digamos que... me consentí un poco. —Tomé la copa y di un pequeño sorbo, fingiendo total inocencia.
—¿Compras? —preguntó.
—No exactamente. —Le lancé una mirada misteriosa y me encogí de hombros.
Me observó en silencio unos segundos.
—¿Qué hiciste, Ale? —su tono mitad advertencia, mitad diversión.
—Nada ilegal —respondí, conteniendo una risita.
Alan se acercó, rodeándome por la cintura.
—Eso no me tranquiliza —su cercanía me robó un suspiro.
—Prometo que te va a gustar cuando lo veas —dije rozando sus labios con los míos.
Él frunció el ceño, divertido.
—¿Y cuándo voy a poder verlo?
Retrocedí con una sonrisa malvada.
Empecé a desabrochar lentamente los botones de mi blusa, uno a uno, disfrutando de esa mirada que se oscurecía con cada movimiento. La blusa cayó al suelo, debajo no llevaba nada.
Alan se relamió el labio inferior, ese gesto me prendía. Recogí mi cabello con una mano, giré despacio, dándole la espalda. Escuché su risita baja, traviesa.
Segundos después, sentí su aliento cálido deslizarse por mi cuello, rozando mi piel. Pasé saliva, las piernas me temblaron. Sus manos se deslizaron por mis brazos hasta encontrar mi cintura, el contraste entre el calor de sus dedos y mi piel me arrancó un leve suspiro.
—¿Te gusta provocarme? —susurró.
—Tal vez… —musité.
Sus labios bajaron por mi cuello, dejando un rastro de fuego que me erizó la piel. Me agarró de la cintura y me pegó con fuerza a su cuerpo dejándome sentir la furia de mi dragón. Un pequeño gemido se me escapó.
—Me vuelves loco.
Me obligó a girarme. Su respiración se hizo más profunda. Bajó el rostro hasta mi pecho, su aliento tibio me arrancó un gemido. Con su lengua delineó el contorno de uno de mis pezones, para luego halarlo con sus dientes de una manera jodidamente provocadora, luego hizo lo mismo con el otro. Pasé saliva y no con la boca.
El roce bastó para que mi cuerpo respondiera con un estremecimiento que no pude ocultar. Él sonrió, complacido, una sonrisa malvada hermosa que me volvía loca.
—Estamos a mano, eso fue por provocarme —susurró contra mi piel.
Mordió mi labio inferior, seguía provocándome.
—No veo la hora de que ese vendaje desaparezca —susurró—. De verte de rodillas, pecho contra la cama, mientras me posiciono detrás de ti y admiro esa maravilla que llevas en la espalda.
Joder. Ese hombre me calentaba más que el fuego.
—Alan… —Intenté decir algo, pero la voz me salió en un suspiro.
—Tranquila —dejó un beso apenas perceptible sobre mi hombro—. Solo digo que me muero de curiosidad.
Sonreí, mordí mi labio inferior.
—Te prometo que valdrá la pena.
Alan sonrió.
—De eso no tengo la menor duda.