Capítulo 9

1244 Words
… … Una semana después. Esa mañana decidí que ya era hora de volver a la normalidad. Alan me miró con esa sonrisa traviesa mientras yo me ataba las zapatillas. —¿Segura que quieres entrenar hoy? —preguntó, cruzándose de brazos— Podrías recaer, Sirena. —Estoy perfectamente —respondí con seguridad—. Además, me debo unas cuantas horas de sudor por culpa de tu tía. —No hables así de la mujer que te alimentó como a una reina —rió, acercándose para darme un beso fugaz en la mejilla. Encendí la música y comencé a estirar, me sentía bien… al menos durante los primeros minutos. Pero a mitad de la rutina, un leve mareo me obligó a detenerme. Todo empezó con un zumbido extraño en los oídos y una sensación de calor que subía desde el pecho hasta la cara. —¿Ale? —Alan se acercó de inmediato— ¿Te pasa algo? —Nada —dije, intentando restarle importancia—. Solo… me levanté muy rápido, eso es todo. La vejez me pesa. Respiré profundo, tratando de disimular. Él me pasó una botella de agua y me obligó a sentarme en el sofá. —No estás bien —dijo con tono preocupado y mandón—. Te dije que era pronto. —Solo necesito un minuto —murmuré, llevándome una mano al abdomen—. Creo que desayuné poco. Él me miró con una ceja levantada, pero no insistió. Yo, por mi parte, me quedé callada, esperando que todo dejara de girar. El resto del día fue extraño. Tenía hambre a cada rato, pero cuando veía la comida… me daban ganas de todo, menos de comer. Para colmo, los olores me parecían más intensos de lo habitual; el café, por ejemplo, me resultó insoportable. … Alan estaba en la cama, recostado sobre un brazo, observándome con esa mirada llena de lujuria. Me acerqué despacio, sin apartar la mirada de la suya. El aire alrededor empezó a tornarse de esa electricidad que siempre nos rodeaba antes de perder el control. Me recogí el cabello en una coleta alta, él seguía cada uno de mis movimientos atento, una hermosa sonrisa se dibujó en sus labios. Con toda la intención de provocarlo dejé caer el camisón que llevaba puesto y me di la vuelta. Pude escuchar el roce de las sábanas cuando se incorporó. Un escalofrío me recorrió entera antes incluso de sentirlo cerca. Su aliento me rozó la nuca. —Eres arte, Sirena —susurró con voz ronca, rozando con la yema de los dedos el inicio del diseño—. Perfectamente mía. —¿Te gusta? Soltó una pequeña sonrisa. —Más de lo que imaginas. Y te aseguro que no pienso apartar la vista… ni las manos. Sus manos se deslizaron hasta mis caderas pegando su cuerpo al mío con fuerza. Mordí mi labio inferior conteniendo un gemido, podía sentir la fuerza de mi dragón empujándo contra mí. Alan hundió una mano en mi cabello, sus dedos se entrelazaron con fuerza mientras me obligaba a girarme hacia él. Sus labios se apoderaron de los míos, no pedía permiso, reclamaba. Su lengua se abrió paso, encontrando la mía en una lucha deliciosa que me robó el aliento. Mi cuerpo respondió al instante, su respiración agitada chocando con la mía era la cosa más excitante del mundo. —Tenías razón… —susurró contra mi boca—. Esta vista es una maldita maravilla. Mis labios se curvaron en una sonrisa traviesa, apenas audible entre los jadeos que se me escapaban al sentir sus dedos abrirse paso entre mis labios. Gemí en voz alta cuando alcancé el orgasmo, se llevó los dedos a la boca y pasó la lengua por ellos de una manera jodidamente sexy. No me había recuperado cuando escuché esa voz ronca. —Ponte de rodillas sobre la cama —ordenó—. Quiero tener una mejor vista. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me subí a la cama e hice lo que ordenó, apoyé las manos sobre el colchón y arqueé ligeramente la espalda. Sentí su mirada recorrer cada línea de mi piel. Sus dedos lo siguieron con lentitud, apenas rozándome. Mi respiración se volvió errática. —Tendré que admirarlo muy seguido, solo para asegurarme de que cicatrice bien. Enredó mi cabello en su mano y tiró con fuerza obligándome a arquear la cabeza hacia atrás. Gemí en voz alta cuando sentí la primera embestida fuerte y profunda. Amaba ese contraste, la fuerza de su agarre y la suavidad de sus caricias. —Así me gusta… —murmuró con satisfacción, tensando aún más el agarre de mi cabello— Tan obediente. Su dominio era tan intenso como mi entrega. Amaba el sonido de su cuerpo chocando contra el mío, su respiración, su fuerza y delicadeza. Alternó movimientos lentos de cadera con potentes embestidas, me agarró con fuerza llevándome como siempre al límite del placer. Mis dedos se aferraron a las sábanas, intentando contener los temblores que me provocaban sus movimientos. Su respiración se volvió más profunda, y la mía, más corta. No existía nada fuera de esa conexión: el roce de su piel contra la mía, el sonido ahogado de su respiración haciendo competencia con la mía. Nuestros cuerpos hablaban un lenguaje perfecto. … Al día siguiente desperté antes que él. El sol se colaba entre las cortinas y Alan dormía profundamente, con un brazo extendido sobre mi cintura. Lo observé por unos segundos y sonreí como tonta. Me levanté con cuidado para no despertarlo y salí sin hacer ruido. La mañana estaba fresca, y mientras caminaba por la calle, una sensación extraña me recorría el cuerpo. Todo estaba tan tranquilo que a veces me daba miedo. … Esa semana me ausenté del trabajo por una buena razón. Tenía un regalo preparado para mi Mr. Sexy y quería que todo saliera perfecto. Llegué a casa con una tonta sonrisa dibujada en los labios y una pequeña caja entre las manos. La había envuelto yo misma, con un lazo de satén blanco y un toque de perfume, porque quería que todo fuera especial. Tenía el corazón acelerado. Llevaba días preparando ese momento, imaginando su cara al ver el “regalo”. Pero en cuanto abrí la puerta, supe que algo no iba bien. Alan estaba en el sofá, con la mirada perdida, los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas. Ni siquiera me escuchó entrar. —Hola —dije intentando mantener mi tono alegre. Él levantó la vista, pero no había ni rastro de su habitual sonrisa. Parecía frustrado y molesto. —Llegaste —murmuró con voz ronca. Me acerqué, dejando la cajita sobre la mesa sin que se notara demasiado. No podía entregársela así, no cuando su expresión hablaba de un día arruinado. —¿Pasó algo? —pregunté, sentándome a su lado. Alan respiró hondo, frotándose el rostro antes de hablar. —Tengo que viajar a Nueva York. Seis palabras. Solo seis, pero bastaron para congelarme la sonrisa, para helarme la sangre y hacer que el aire se volviera pesado. Lo miré, pero no pude decir nada. Ni una palabra. Mi mente se quedó en blanco. Él siguió hablando, pero su voz se volvió lejana, como si viniera desde un túnel. Lo único que realmente escuché fue el eco de esas seis malditas palabras que ya habían cambiado todo. Muy dentro de mí sabía que ese viaje no traería nada bueno. Continuará…
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