Escuché el eco de sus tacones. No necesitaba verla para saber que venía directo hacia nosotros. Giré el rostro lentamente. Había un tipo con ella,
tipo que claramente no tenía idea de dónde se había metido. Ella ladeó la cabeza e hizo una mueca.
—¿Cómo es que llevamos dos años sin vernos y no me saludas? Me harás llorar —se cubrió el rostro con teatralidad.
La miré en silencio. Sentí un ardor en el estómago, pero no iba a darle el gusto de rebajarme a su nivel. Con más orgullo enderecé la barbilla.
Ignorarla es como ignorar una sirena de ambulancia: inútil. Objetó el diablito de mi hombro izquierdo.
Caer en su jueguito tampoco es una opción; alegó el ángel de mi hombro derecho.
A mi lado, Alan tensó la mandíbula. Bajo la mesa su mano buscó la mía apretándola suavemente. Respiré muy despacio. Levanté la copa y bebí un sorbo. La miré como lo que era: alguien que no tenía ningún poder sobre mí.
—Buenas noches, Vanessa. —respondí con sarcasmo— Qué coincidencia… aunque algunas coincidencias no son tan agradables.
El tipo que la acompañaba tragó saliva.
Ella abrió la boca apenas. Todos los presentes nos observaban. Ella sonrió.
—Estás con tu marido. Mi cuñado. Ah y mi esposo —levantó más la voz —. Como lo escuchan, mi esposo… Esposo que esta puta me quitó.
No me inmuté.
—Yo no te quité nada. Ni que fuera un dulce. Nadie te puede quitar lo que pierdes por estúpida —escupí.
Que arda lo que tenga que arder.
Lo que vino después fue tan rápido que no me dio tiempo a reaccionar, tomó la copa de vino que había sobre la mesa y me lanzó el contenido al rostro. Cerré los ojos un segundo. Se escucharon jadeos de sorpresa alrededor, Alan exclamó.
—¡Vanessa!
El tipo que la acompañaba estaba desconcertado. Me levanté muy despacio, no me limpié el rostro y la miré.
—¿Ya te sientes mejor? —pregunté.
—Maldita perra, aquí donde la ven es una puta. Ama a los hombres casados.
Moví la cabeza, esbocé una sonrisa. Miré a los espectadores y levanté la voz.
—Corrijo, no amo a los hombres casados —la miré a ella —. Solo al que fue tuyo querida.
Eso fue como echarle gasolina a un incendio, empezó a gritar furiosa. Todos en ese lugar empezaron a murmurar y a señalarme. Ya estaba acostumbrada. El tipo sostenía a Vanessa tratando de calmarla. Vanessa estaba fuera de sí. Parecía poseída.
—¡TE ODIO! —¡LA ODIO! ¡A ESA MALDITA PERRA LA QUIERO VER MUERTA! ¡MUERTA! ¡LA VOY A DESTRUIR!
Los murmullos se hicieron más fuertes, el tipo intentó sujetarla de los brazos, pero Vanessa se soltó de su agarre. Saltó sobre mí como una fiera, con un movimiento rápido Alan agarró su muñeca inmovilizándola a centímetros de mi rostro.
—No. Te. Atrevas. —gruñó Alan entre dientes, con voz baja y peligrosa, hasta yo sentí escalofrío— No vas a ponerle una mano encima. Jamás.
Vanessa forcejeó, tratando de soltar su brazo, pero Alan no cedió.
—¡SUÉLTAME! —escupió ella— ¡Tú te vas a arrepentir! ¡Te juro que la haré mierda! ¡Me voy a encargar de que todo lo que amas se vaya a la basura!
—¡Vanessa, basta ya! —exclamó—
Estás llevando las cosas demasiado lejos. La única que se está destruyendo eres tú.
Ella intentó forcejear, pero su acompañante por fin se descongeló y la rodeó por la cintura, halándola mientras ella agitaba brazos y piernas como un animal salvaje.
—¡Alan, maldito hijo de puta me la vas a pagar! ¡Los dos! ¡Los dos se van a arrepentir! Lo juro.
Alan puso su mano en mi cintura.
—Sirena, ¿estás bien? —murmuró en voz baja.
Asentí. Tenía que admitir que el odio que vi en los ojos de Vanessa me provocó escalofríos muy feos. Alan se volteó hacia mí, tomó mi rostro con ambas manos.
—No voy a dejar que te toque. Nunca.
Sonreí, al menos lo intenté. Dejé un pequeño beso en la comisura de sus labios mientras algunas personas murmuraban “descarados”