Cuando salimos del restaurante, el aire golpeó mi cara como un balde de agua helada. Las palabras de Vanessa seguían haciendo eco en mi cabeza. Jamás imaginé a alguien que alguna vez llamé “hermana” pudiera desearme la muerte con tanto odio.
En el trayecto de regreso a casa me dediqué a mirar por la ventana en silencio. Cuando llegamos al apartamento, me bajé sin esperar a que él rodeara el carro. Fui la primera en entrar, apoyé las manos sobre la mesa y respiré muchas veces. No le iba a dar el gusto de quebrarme. Cuando él cruzó el umbral levanté la cabeza, me acerqué y sonreí como si nada hubiera pasado.
Tenía que estar bien.
…
Dos días después
Mi cuerpo ya estaba empezando a traicionarme. El estrés empezó a pasar factura. Desde el incidente en el restaurante, el simple olor de la comida me revolvía el estómago.
Alan insistía en cocinarme, llevarme cosas ligeras, sopas, frutas…
pero nada me entraba. Cada vez que veía un plato de comida se me cerraba la garganta.
Esa mañana, mientras intentaba acomodar las cobijas en el sofá, sentí un mareo que me sacudió. El mundo se me puso borroso, como si alguien hubiera desenfocado la realidad de golpe.
Me apoyé en el borde del mueble, respirando rápido.
—Ale… —escuché su voz detrás de mí—¿Otra vez?
Quise responder, pero otro mareo me cortó la voz. Me llevé la mano a la frente.
Estaba helada. En segundos ya lo tenía encima. Sus manos rodearon mi cintura y me sostuvieron antes de que cayera al piso.
—Siéntate —ordenó, guiándome al sofá—. No, no… mejor recuéstate. Estás pálida.
Rodé los ojos apenas, intentando restarle importancia, pero la verdad era que me sentía como un papel mojado.
—Estoy bien… solo es… hambre… o sueño… o yo qué sé… —murmuré, cerrando los ojos un momento.
Alan chasqueó la lengua, frustrado.
—No has comido en dos días. Esto ya no es normal. Voy a llevarte al hospital. No pienso discutirlo.
—No —susurré demasiado rápido—. Solo… dame un minuto.
Él se arrodilló frente al sofá y tomó mi rostro entre sus manos.
Sus dedos estaban tibios, suaves…
y justo por eso me dieron ganas de llorar.
—Mi sirena… —murmuró, mirándome con amor y preocupación— ¿Qué está pasando? ¿Estrés? ¿Ansiedad? ¿Es por lo de Vanessa? Dímelo.
Tragué saliva.
Mi corazón latía como si quisiera escaparse de mi pecho.
—Estoy... bien —mentí.
Frunció el ceño, se pasó las manos por el cuello frustrado. Por supuesto, me conocía. Sabía que mentía. Alejé la mirada. Apoyó su frente en la mía y exhaló, derrotado.
—Te juro que si sigues así, te llevo al hospital aunque sea en contra de tu voluntad —dijo con voz baja.
Sonreí y asentí.
Cerré los ojos un instante, apoyándome en su hombro. Yo sólo quería que todo acabara rápido para regresar. Había dejado algo pendiente, pero no era el momento.
—Ale… —susurró demasiado serio— Todo esto te está afectando más de lo que admites. Y no quiero que sigas así.
Lo mejor es que regreses a Valencia. Yo me quedaré para la audiencia.
—¿Qué? ¿Y dejarte solo con todo esto? Ni loca.
Él cerró los ojos un segundo, respiró hondo.
—Sirena… no estás comiendo, no estás durmiendo. No puedo concentrarme en nada sabiendo que estás así.
Necesito que estés bien. Por favor.
Fruncí el ceño.
—Estoy bien —mentí de nuevo.
Él arqueó una ceja, escéptico.
—Sí, claro, te ves perfecta. Casi te desmayas hace diez minutos, pero dale, estás divina —soltó con sarcasmo.
Bufé, irritada.
—No voy a regresar. Punto.
Él se incorporó un poco, apoyando una mano en el sofá a cada lado de mis piernas, quedando tan cerca que podía sentir su respiración chocar con la mía.
—Ale… —su voz bajó, ronca—. No quiero discutir contigo. Pero no pienso permitir que te destruyas por culpa de ella, ni de su familia, ni de toda esta mierda.
Lo miré fijamente.
Ese hombre… joder, me derretía con una frase y me incendiaba con la siguiente.
—¿Sabes qué sí me destruiría? —susurré— Verte entrar a esa audiencia solo.
Él apretó la mandíbula.
—Puedo hacerlo.
—No quiero que lo hagas —repliqué—. Soy tu mujer y no pienso irme. No pienso esconderme. Y no voy a dejar que te enfrentes a ellos sin mí. Estamos juntos en esto.
Alan soltó un suspiro derrotado, como si acabara de rendirse ante una fuerza que sabía que jamás iba a ganar: yo.
—Eres una condenada terca —murmuró, pero su mirada se suavizó.
—Y tú me amas así —respondí, cruzando los brazos con descaro.
Él soltó una risita, de esas hermosas que me derretían.
—Demasiado —aceptó.
Se acercó y dejó un beso en mi frente.
…
La semana siguiente
Alan se reunió con su abogado temprano, y yo… bueno, yo necesitaba aire antes de que mi cabeza explotara. Como no podía meterme a una cueva, fui al club donde trabajaba Josh. Ese lugar me traía lindos recuerdos. Apenas crucé la puerta, sonreí, todo seguía tal cual lo recordaba. Me acerqué a la barra.
—Turquesa.
—No pensé que te volvería a ver por este lugar —comentó, alzando una ceja—. Lo mejor hubiera sido que no, aunque siempre es un placer verte… —sonrió, mostrando esos hoyuelos que cada vez se veían más lindos— Lástima las circunstancias.
Solté una pequeña risa. Josh siempre fue ese tipo de amigo que no usaba filtro.
—Hola a ti también —respondí, dejándome caer en un taburete.
Él me observó.
—Te ves horrible —chasqueó la lengua y se inclinó sobre la barra— ¿Qué pasó?
Solté una carcajada.
—No pues muchas gracias por el cumplido.
—No es solo emocional, estás muy pálida.
Rodé los ojos y solté un suspiro.
—No he dormido ni comido bien los últimos días —sonreí—, es que la preocupación de que mi hermanita querida no se lleve con el cuñado, mi marido me tiene preocupada.
Solté una carcajada, Josh negó.
—Es una pena, que no puedan llevarse —respondió con sarcasmo—. Quizás ella intuye que él no es bueno para ti.
Soltamos una risita.
—Turquesa. ¿Quieres agua, jugo, terapia, un exorcismo?
Rodé los ojos.
—Josh…
—¿Qué? Yo solo observo.
—Quiero algo que no tenga alcohol —arqueó una ceja, yo sonreí—. Terminé mi relación con el alcohol, ahora sí, seriamente.
Soltó una carcajada.
—Espero que esta vez sí sea real. ¿Estás yendo a la misma clínica de rehabilitación que Adalet? Ella también tuvo que dejar esa relación tóxica.
Me miró con curiosidad. Solté una risita nerviosa.
—¡Oye! No es mi culpa que sea una relación tan tóxica, pero ahora sí es definitiva. Hablando de cosas tóxicas, ¿no crees que tienes algo que contarme?
Su mirada se oscureció con una nube de tristeza. Le comenté que había visto a Ada en Valencia.
—Me sorprendió mucho verla —agregué.
—Ni que hubiera cambiado tanto —dijo con tristeza —. Te voy a hacer algo suave.
Cambió el tema.
—Tomate, limón, sal… cero alcohol. No quiero que te me desmayes aquí y me toque cargar con tus problemas y con tu cuerpo —alzó una ceja, burlón.
Rodé los ojos.
—Cállate. No me cambies el tema. Tú tienes mucho que contarme.
Josh soltó una carcajada seca.
— Si por tu lado llueve, por el mío está cayendo granizo.
—¿Cómo pasó? —inquirí.
Él soltó una risita maliciosa. Ya sabía que iba a responder así que me adelanté.
—Bueno, no cómo, eso ya lo sé.
—Quería ayudarla, respaldarla, pero ella se negó. Este nuevo rival, no puedo competir con él, será su favorito y empiezo a procesar el hecho de que el tiempo de este juguete caducó.
Acaricié su mano, tratando de hacerle sentir mi apoyo.
—Josh… No sé qué decirte, mereces ser feliz, necesitas rehacer tu vida.
—Sí, soy consciente. Solo que a veces nos gusta abrazar lo imposible porque duele menos que aceptar la verdad. Al final, cada quien se esconde en la mentira que construyó y la presume como si fuera felicidad.
Hablar con él, me ayudó a olvidar mis problemas porque a comparación de lo que pasaba con ellos, lo mío era una tontería. Hablar con Josh siempre me arrancaba sonrisas. Mientras caminaba de regreso no pude evitar pensar en él. Luca. Se me hizo un nudo en la garganta.
Espero que estés bien.
Pensé.
…