Jamás...

1959 Words
POV COLE Salgo de la habitación hecho una furia. Siento que, si me quedo un segundo más, diré o haré algo de lo que me arrepentiré. Ambos estamos demasiado alterados para hablar. Necesito aire. Necesito distancia. Llego a la sala y me detengo frente a la ventana. La ciudad se extiende ante mí como un mar de luces frías. De niño solía encantarme esta vista, me hacía sentir que el mundo era enorme y que todo era posible. Ahora es solo un recordatorio de lo que nunca pude ser. Bajo la mirada. La alfombra ha cambiado, pero sigue siendo el mismo lugar donde entendí que mi vida nunca sería como la de Archie ni la de ningún otro chico. —Cariño… —las manos temblorosas de mi madre me abrazaban. No entendía por qué lloraba. —¿Qué pasa, mami? ¿Por qué lloras? —Porque los hombres no saben tratar a una mujer —respondía, forzando una sonrisa rota. —Dime… ¿cómo debo hacerlo? —le supliqué, en un intento desesperado por detener su llanto—. Yo te cuidaré. Ella tomó una rosa del jarrón cercano. —¿Ves esta flor? —Sí. —Las mujeres no somos diferentes a esta rosa: somos delicadas, hermosas… y hacemos felices a las personas. —Pero también tienen espinas —señalé. —Las espinas son por precaución, para cuidar nuestros capullos —arrancó varios pétalos con sus dedos temblorosos—. Cuando tengas tu Rosa, debes protegerla y nunca abandonarla. —¿Mi Rosa? —Sí. Ella te acompañará y te dará felicidad, pero debes protegerla de todo, amarla y jamás abandonarla. ¿Entiendes? —¿Por qué no puedes ser mi Rosa? —pregunté mientras me lanzaba a sus brazos. —Porque ella es mía… —la voz de mi padre cortó la escena como un cuchillo. Apareció en la sala, enorme, imponente—. Una Rosa algo salvaje, pero mía. Tomó un mechón del cabello de mi madre y lo enredó en su dedo índice, ella solo se aferró a mí con desesperación. —Lleven al niño a su habitación —ordenó. —¡No! —me aferré con todas mis fuerzas a mi madre. —Obedece – las ordenes de mi padre no se debaten. Fui arrancado de sus brazos mientras él la arrastraba a su habitación. Ese fue el día en que comprendí mi destino: los hombres Carter no sabemos tratar a la mujer que amamos. Y me prometí jamás ser como él. Mi móvil vibra, sacándome del recuerdo. Lo tomo. —Señor, ya lo tenemos —informan al otro lado de la línea. —Denle una lección, pero no lo maten —ordeno, mi voz baja y afilada como una hoja—. Si ese idiota va a morir, será por mi propia mano. Cuelgo. Me sirvo un trago. Intento relajarme, pero es inútil. El alcohol no apaga esto; solo lo aviva. Me quedo de pie, mirando la escalera. Me debato entre irme o regresar a la habitación. Temo que, si entro, nuestra reacción sea la misma. Aprieto el vaso entre mis manos. Miro la alfombra una vez más. La misma promesa rota repitiéndose en mi cabeza: “Cuando tengas tu Rosa… debes protegerla y jamás abandonarla.” Mi Rosa. Mi maldita Rosa. Y aquí estoy, destruyéndola El vaso tiembla en mi mano antes de que pueda llevarlo a mis labios. El whisky me quema la garganta, pero no tanto como el recuerdo de mi madre arrancándome de su regazo. Puedo escuchar sus sollozos todavía, como un eco que no me deja en paz. Me apoyo en el marco de la ventana. La ciudad sigue allí abajo, inmensa, fría, indiferente. Desde este punto, las luces parecen estrellas muertas. En otro tiempo, este era mi refugio; ahora, es solo un recordatorio de todo lo que se me escapa de las manos. Cierro los ojos. Pienso en ese Charles de mierda. En Ethan diciendo su nombre, con esa alegría inocente. En Suhelem mojada, gritando, defendiéndolo. Me hierve la sangre. Me sirvo otro trago, más grande que el anterior. Me lo bebo de un solo golpe. El cristal del vaso hace un ruido sordo cuando lo dejo sobre la mesa. El sabor amargo me sube por la garganta, mezclado con otra cosa: culpa. Esa maldita palabra. Golpeo el borde de la mesa con el puño, en un intento de liberar mis sentimientos. Miro hacia la escalera. Sé que debería ir a su habitación. Explicar. Disculparme. Cuidarla. Pero temo que, si entro, todo vuelva a explotar. Me quedo ahí, entre dos decisiones: irme para no empeorarlo, o regresar para no perderla. Respiro hondo, pero es inútil. Estoy hecho una furia. Un animal enjaulado. Bajo la mirada y veo la alfombra. La misma que pisé de niño. La misma en la que prometí cuidar a mi “Rosa”. Ahora mi Rosa me teme. Me odia. Me desafía. Cierro los ojos y siento algo arder detrás de ellos. No es solo ira. Es algo peor. Miedo. El mismo que vi en los ojos de mi madre cuando mi padre la arrastraba fuera de la sala. Levanto la vista hacia la escalera otra vez. Y me pregunto si aún tengo tiempo de romper este ciclo… …o si ya es demasiado tarde para mí. No, no puedo dejar que eso pase. Decido no irme. No puedo. Cada paso que doy fuera de esta casa se siente como arrancarme un trozo de carne. Me digo que voy a alejarme para no empeorar las cosas, pero esa idea no aguanta un minuto; recuerdo su cara, su bofetada, la forma en que intenta alejarme. Sí me voy ahora, va a odiarme para siempre. Regreso por el mismo camino que acabo de recorrer. Mis pasos suenan huecos, como si la casa entera contuviera la respiración. Empujo la puerta de la habitación sin cuidado; pero está vacía. El aire huele a jabón y a humedad. Avanzo hasta el baño y allí está ella. Va envuelta en una bata de seda, el cabello aún húmedo pegado a sus hombros desnudos. Sus manos tiemblan mientras aplica crema en su rostro frente al espejo. No necesita girarse para saber que estoy allí; la tensión en su nuca me lo dice todo. Siento su mirada a través del reflejo: fría, rota, agotada. Me acerco con cuidado, como si ella fuera cristal. —Sue… —mi voz sale más baja de lo que quería. Ella levanta la vista. Sus ojos enrojecidos me atraviesan como cuchillas, y odio ver cómo una lágrima se desprende y corre por su mejilla, ajena a su voluntad. Me quedo detrás de ella, inmóvil, sintiéndome un intruso en mi propia casa. Ella se limpia las lágrimas con rabia y aplica más crema, como si pudiera borrar su dolor a base de insistencia. Pero las lágrimas siguen brotando, una tras otra, y con cada una siento que algo se me rompe también. —Detente… —murmuro. Mi cuerpo actúa antes que mi mente. Me arrodillo frente a ella, mis manos suben hasta su cintura, y la giro despacio para que me mire de frente. Su piel está caliente por la ducha, sus ojos arden de resentimiento. —Golpéame de nuevo si eso te hace sentir mejor —susurro, la voz quebrada—. Si eso te libera, hazlo. Pero por lo que más quieras… deja de llorar. Sus labios tiemblan. Ella no me toca, pero su respiración es agitada, como si una parte quisiera hacerlo y la otra la frenara. El silencio se vuelve pesado. Mi frente queda a la altura de su vientre y mi agarre, aunque firme, no es una prisión; es un ruego, una súplica muda de un hombre que, por primera vez en mucho tiempo, no sabe cómo proteger a la mujer que ama de sí misma ni de él. Alzo mi mano y limpio las lagrimas de su rostro. - ¿Por lo que más quiera? – pregunta con voz ronca - Sí - El motivo de mi llanto es lo que más quiero – Su frase me cae como un puñetazo en el pecho y por un segundo la casa entera se hace pequeña, comprimida entre su voz y mi respiración. - ¿El motivo de tu llanto… es lo que más quieres? —repito, como si tuviera que entenderlo lento para creerlo. Ella suspira y evade mi mirada. - Será mejor que te marches – intenta ponerse de pie, pero se lo impido. - Te he extrañado – susurro, depositando un beso en su rodilla – Se que no hemos resuelto nada, pero… ¿podemos dejarlo para mañana? - Espero que no estes pensando en lo que creo – dice aún sin mirarme. - Dije cosas horribles, deja que limpie mis labios de esas tonterías – suplico, abriendo sus piernas tan lentamente como puedo – Y aunque también dijiste cosas duras, sé que no te retractarás. Eres así, Mi Rosa. Te rodeas de espinas cuando más vulnerable te sientes – me inclino todo lo que puedo, adentrando mi rostro entre sus piernas – Entonces deja que tus otros labios se disculpen sin pronunciar palabra – me aprovecho de su desnudez bajo la bata y arrastro mi lengua sobre su centro. Su cuerpo se tensa, pero no me detiene. Por lo que me animo del todo; coloco sus piernas sobre mis hombros y chupo su clítoris. La escucho gemir suavemente, llenándome de júbilo. Meto mi lengua entre sus labios vaginales y la deslizo hasta llegar a la entrada del paraíso. Su sabor me llena la boca, calmando todas mis dudas. Vuelvo a arrastrar mi lengua desde su centro hasta su clítoris, chupando con fuerza ésta. - ¡Agh! – tomo entre mis dientes uno de sus labios, tirando de su piel sensible. Al levantar la vista, noto que su bata se ha deslizado de sus hombros; dejándome ver sus senos mientras ella deja caer su cabeza hacia atrás. La vista es exquisita. Siento su mano en mi cabello, pegando más mi rostro hacia su centro caliente. Saborear su coño mientras ese idiota está recibiendo una lección, me da una sensación de triunfo. Ella toma una de mis manos, y la arrastra hasta colocarla sobre uno de sus senos; haciéndome sonreír. La sujeto fuertemente y meto mi lengua en su interior, saboreando toda su lujuria mientras pellizco sus pezones con la otra mano – Cole… - gimotea magníficamente, está tan excitada que mueve sus caderas para generar más fricción conmigo, siento su cuerpo tensarse y luego, recibo en mi boca su orgasmo. Pellizco con más fuerza su pezón, prolongando su liberación, su cuerpo tiene mini espasmos mientras está en el limbo. Cuando termina, levanto el rostro y la observo: está sonrojada, con expresión confundida; como si ni ella misma supiera como terminé entre sus piernas. Yo le sonrío y relamo mis labios, sintiendo lo ultimo de su sabor, de su entrega y de su deseo. - ¿Sue? – ella baja sus piernas de mis hombros, se pone de pie y regresa a la habitación sin decir una palabra - ¡¿Sue?! – la persigo hasta alcanzarla. Tomo su muñeca y la obligo a verme - ¿No te gustó? - Lo mejor será que te marches – susurra - ¿Estás bromeando? Acabamos de… - ¡Basta! ¿No te das cuenta que es lo mismo de siempre? – tira de su muñeca, obligándome a soltarla para evitar lastimarla - ¿No estás harto de esto? - Jamás lo estaría – confieso – Pero si lo que quieres es tiempo, te lo daré – me acerco y beso su frente – Te Amo, volveré mañana – ella no responde. Así que salgo de la habitación en dirección a la guarida.
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