Después de la cena, habitación de Sara. La puerta se azotó con tanta fuerza que el espejo del tocador vibró. Sara temblaba. No de miedo. De furia. Se arrancó los aretes con un tirón brusco y los lanzó contra la pared. Uno rebotó en seco, el otro quedó perdido bajo la cama. Le dio igual. Caminó como una fiera enjaulada, hasta que encontró el jarrón de cristal sobre su mesa de noche. Lo miró dos segundos y lo estampó contra el suelo. El estruendo fue delicioso. Como si el ruido pudiera romper lo que sentía por dentro. — ¡¿Ella?! — Gritó, aunque no había nadie. Su propia voz rebotó en las paredes. — ¿¡Ella!? — Derribó una silla. Pateó los cojines de su cama. Tomó una caja con maquillaje y la lanzó contra la ventana cerrada. — ¡Siempre ha sido una inútil! ¡Una maldita sombra! ¿Y ahora quie

