Las ramas del árbol se mecían suavemente, dibujando sombras largas sobre la acera. El sol comenzaba a bajar, tiñendo el cielo de tonos dorados y anaranjados. A esa hora, el parque se llenaba de una calma extraña, como si el día mismo se negara a irse. Bella se acomodó un mechón detrás de la oreja mientras lo miraba, aún con el rubor encendido en las mejillas. Magnus estaba frente a ella, de pie, con las manos tatuadas en los bolsillos del pantalón y esa sonrisa apenas curvada que tanto la desconcertaba. — Dame tu número. — Dijo él, con esa voz grave que le rozaba la piel como caricia. Ella bajó la mirada, tímida, y negó con suavidad. — No tengo… se me dañó hace semanas y… no he podido comprar otro. — El gesto de Magnus cambió levemente. No dijo nada, pero le molestaba verla así, encogi

