El silencio en el auto se instala por unos segundos más. Afuera, la ciudad sigue su curso, pero allí dentro todo parece suspendido, contenido solo por la tensión entre ellos dos.
Bella, con la mirada fija en sus manos, rompe el silencio:
— Es la primera vez que... que algo así me pasa. Nunca me habían enviado flores. Nunca... así. — Levanta apenas la vista y busca su rostro. — ¿Por qué lo hiciste? — Pegunta con voz bajita. — ¿Por qué me envías flores? — Magnus la mira como si la pregunta fuera más compleja de lo que parece. No responde enseguida. Solo se inclina un poco, sin invadir su espacio.
— Porque eres hermosa. — Responde al fin, seguro, sin dudar. — Porque cuando te vi, supe que eras distinta. La más hermosa. — Bella frunce el ceño. Se aparta un poco más, incómoda, y sacude la cabeza con una sonrisa rota.
— No juegues conmigo. — Murmura, dolida. — Esto es solo una broma para ti, ¿Cierto? Una especie de apuesta con tus amigos, o un chiste... algo. — Pero antes de que pueda seguir hablando, Magnus la interrumpe. Ya no hay rastro de ternura en su voz, sino firmeza, una sombra de autoridad peligrosa:
— No vuelvas a decir eso. — Ella lo mira, sorprendida. — No estoy bromeando contigo, Bella. No lo hice antes, ni lo haré mañana. No juego con las cosas que me importan. No juego contigo. — La intensidad de su mirada le impide moverse. Ella traga saliva, confundida, desarmada por lo que oye... pero también resistiéndose a creerlo. Y entonces, como una bomba emocional, estalla:
—¿Acaso no me ves? — Alza la voz, con la frente en alto, los ojos brillantes por la rabia contenida. — ¡Soy solo una gorda! ¡Soy solo... nada! ¡Nadie se fija en mí! — Sus palabras golpean el aire. Y por un momento, el silencio vuelve, cargado de algo denso, eléctrico.
Magnus aprieta los dientes.
— No — Responde con voz baja, contenida, con un filo amenazante. — No vuelvas a hablar así de ti. — Ella lo mira, temblando. —Te lo advierto, Bella. Si alguien más se atreve a hablar de ti así, le rompo la boca. Y si eres tú la que se dice esas mierdas, entonces voy a enseñarte a verte como realmente eres. Ante mis ojos tu eres lo más apetitoso. No tienes idea de las ganas que tengo de romperte en mil pedazos con mi polla. Tengo ganas follar tus enormes tetas, de abrir tus pliegues y chuparlos hasta dejarte seca. Maldita sea, te estoy deseando desde el primer día en que te vi por esta misma calle contoneando tu gran culo. — Ella no responde, esta sorprendida, sonrojada. Sus ojos se humedecen. Siente el corazón en la garganta, la piel erizada. Magnus se acerca un poco más, lento, sin tocarla. — No eres nada. — Repite con tono sarcástico, desafiándola. — ¿Tú crees que le mando flores a "nada"? ¿Tú crees que me siento en un auto a conversar con "nada"? ¿Que te busco como un loco... por nada? — Bella cierra los ojos un segundo, atrapada en ese cruce de emociones. Y en el fondo, una chispa de algo nuevo empieza a encenderse: dignidad, deseo, incredulidad... o todo junto. — Déjame enseñarte quién eres. — Susurra él, más suave ahora. — Porque tú todavía no lo sabes. Bella~ — Dijo, con esa voz profunda, ronca, que se le colaba por debajo de la piel.
Ella giró la cabeza de golpe, los ojos muy abiertos. Como si le acabaran de dar una bofetada.
— ¿Cómo sabes mi nombre? — Peguntó, con la garganta seca, el corazón desbocado. Hasta ahora se daba cuenta de que la habia nombrado... -mas de tres veces. — Yo no te lo he dicho. — Él sonrió. Ni siquiera se molestó en disimularlo. La miró con esa seguridad casi arrogante y respondió con una naturalidad que la descolocó por completo:
— Te investigué. Ya te lo dije. Me intereso por lo que me gusta. Y tú, honestamente... más que gustarme, me encantas. — A Bella se le erizaron los brazos. Un escalofrío le recorrió la espalda y sintió todas las alarmas internas estallar. Pero... no era miedo. Era algo distinto. Algo que se parecía al vértigo. Él se inclinó un poco más hacia ella. La cercanía la dejó sin aire. — Mi nombre es Magnus. — Agregó, rozando casi su mejilla con los labios. — Pero tú puedes llamarme Mi rey... — Ella se puso roja. Roja como un tomate. Se llevó las manos al rostro, como si pudiera ocultar el rubor que le ardía en la piel. ¿Cómo lo hacía? ¿Cómo lograba ponerla así con solo hablar?
Era como si, cada vez que Magnus abría la boca, alguien tirara de una cuerda dentro de ella. Una cuerda vieja, sensible, que ni siquiera sabía que tenía. Era como si fuera un instrumento desafinado... y él supiera exactamente cómo tocarla.
Lo miró con disimulo, aprovechando que él ahora estaba distraído mirando hacia el parabrisas. Qué hombre, pensó. Un dios griego con piel morena y cejas abundantes. No tenía la piel blanca, no... era tostado, como si el sol fuera su mejor aliado. Sus ojos eran claros, penetrantes, como si pudieran desarmar voluntades.
Las manos de Magnus descansaban en su regazo. Fuertes, venosas, con tatuajes que se colaban hasta los nudillos. Manos grandes. Manos que sabían sujetar. Tenía también tatuajes en el cuello. Y Bella había sentido... cuando él la abrazó minutos antes, cuando se aferró a ella para sujetarla como si fuera de porcelana.
Aquel abrazo le había dejado una sensación de brazos enormes, piernas de hierro y pecho firme. Magnus era... grande. No solo en estatura. Lo era todo en exceso. Voz, presencia, olor, mirada. Todo en él se sentía... excesivo.
Y por eso, precisamente por eso, Bella se sentía una niña. Una niña pequeña, tímida, insegura, enfrentada al tipo de hombre que solo había imaginado en sus libros. El tipo de hombre que podía romperla... si quería.
Pero todavía no sabía si tenía miedo… o ganas.
**************
Bella.
No. No es normal. Él no es normal.
Yo he visto hombres.
He escuchado piropos en la calle, he sentido esas miradas pesadas, sucias, vacías… he tenido que aguantar tipos con la camisa abierta y el aliento amargo queriendo "caerme bien". He visto de todo.
Pero Magnus…
Magnus no entra en ninguna categoría. No es ningún viejo verde con la barriga saliéndose del pantalón, ni un oso sudoroso que babea mientras habla, ni un escuálido tatuado que cree que la rudeza es sinónimo de masculinidad.
Él no. Él es otra cosa.
Magnus parece esculpido. Guapo.
De esos que te quitan el aliento antes de que puedas siquiera parpadear.
Tiene el cuerpo de alguien que sabe que el poder también se entrena.
Espalda ancha. Manos grandes. Presencia... esa maldita presencia que no se compra ni se finge.
Cuando entra a un sitio, todo el aire se compacta. Justo como ahora que siquiera puedo respirar tranquila.
Todo el mundo lo nota.
Y yo, yo me siento invisible… pero también, inevitablemente, atraída.
El carro que maneja parece sacado de una película, de esas que una ve en silencio sabiendo que nunca tendrá nada parecido.
Y aún así, ahí está él, mirándome. Hablándome.
Y eso me abruma.
Sus palabras tienen peso. Su voz me atraviesa el pecho. Me gusta. Me encanta.
Pero también me asusta. Porque él no es para mí. Es imposible.
Demasiado de todo.
Demasiado guapo.
Demasiado perfecto.
Demasiado él.
Y yo…
yo solo soy Bella.
Y no sé si eso alcanza.