La luz del día estaba llegando justo cuando quería dormir un poco más. De repente, suena el móvil, lo dejo sonar y pasa, pero vuelve a molestar otra vez. No quiero, pero me toca contestar
—Diga —hablo sin ver de quién se trata
—¡Alexandra! —me dice el dueño del bar
Me despabilo al instante y siento que tal vez ya podré regresar al trabajo
—Diga, señor… buenas… —respondo. Es un buen tipo, algo anciano, pero muy buena persona
—Ya puedes regresar, todo está resuelto… —dice, y algo de eso me alegra y algo no tanto —Hoy en la noche… —añade
Yo solo respondo con un “sí” casi automático. Este señor es tan buena gente
Después de la llamada me dejé caer en la cama otra vez, el cansancio pesaba en todo mi cuerpo, como si cada hueso estuviera pidiendo descanso aunque no haya trabajado, menos estudiado, miré de reojo el reloj: eran apenas las ocho de la mañana. La luz del día se colaba por la ventana, suave pero insistente, recordándome que el mundo ya estaba despierto, aunque yo solo quisiera desaparecer entre las sábanas
Era domingo, y los domingos no se vendía comida en el mercado, No había trabajo, no había distracciones, no había nada que hacer.
Solo quedaba pasar el día en casa
Con mi madre y con su enfermedad. El silencio de la casa siempre se sentía más pesado esos días, como si las paredes también supieran que algo no estaba bien
Suspiré profundamente y me cubrí la cara con el brazo, intentando convencer a mi cuerpo de que durmiera aunque fuera un poco más. Pero era inútil cuando la mente empieza a pensar, el descanso desaparece
Me levanté de la cama con pereza, el suelo estaba frío bajo mis pies y la casa permanecía en silencio, ese silencio pesado que nunca me gustaba. Caminé lentamente por el pasillo hasta la habitación de mi madre
Empujé la puerta con cuidado
Ella estaba ahí, acostada como siempre, tan quieta que por un segundo el corazón se me detuvo. Pero luego vi cómo su pecho subía y bajaba lentamente, respiré aliviada
—Buenos días, mamá… —susurré
Sus ojos se abrieron despacio. Ya no tenían el brillo de antes, pero cuando me miró, todavía pude reconocer un poco de la mujer fuerte que había sido toda su vida
—¿Alexandra? —murmuró con voz débil
—Sí, soy yo —respondo con una sonrisa
Me acerqué a la cama y acomodé la almohada detrás de su cabeza. Su piel estaba fría y frágil, como si el tiempo hubiera pasado demasiado rápido sobre ella
—Hoy es domingo —le dije con una pequeña sonrisa—. Así que me toca pasar el día contigo
Ella intentó sonreír también, aunque apenas se notó
—Deberías estar durmiendo… —susurró
Negué con la cabeza
—No hoy —respondo a su cansado mirar
En ese momento, un ruido afuera rompió el silencio de la casa. Algo cayó cerca de la puerta principal
Fruncí el ceño
—Qué raro… —dije
Miré a mi madre un momento antes de salir de la habitación. Caminé por el pasillo con cuidado hasta llegar a la puerta. Cuando encontré algo en el suelo
Un sobre
No tenía remitente
Solo mi nombre escrito al frente —Alexandra— sentí un escalofrío recorrerme la espalda
Cuando lo abrí, sentí que el corazón se me detenía
—Oh, madre mía…
Dentro había una foto, era una foto mía y de Demian, estábamos en la azotea. Recordé ese momento al instante: el viento movía mi cabello mientras él me tomaba de la cintura, demasiado cerca, demasiado seguro de sí mismo, justo cuando me hacía aquella propuesta indecente que todavía me perseguía en la memoria
Sentí que la sangre se me helaba
—Diablos… —susurré
¿Quién pudo haber tomado esa foto?
Mis manos comenzaron a temblar. Observé la imagen otra vez, buscando algún detalle, alguna pista… pero lo único que encontraba era ese momento congelado en el tiempo, alguien nos había estado mirando, alguien había estado lo suficientemente cerca para captarlo todo
Intenté pensar con claridad, pero no podía. El miedo me atravesaba el pecho como una cuchilla, dejándome sin aire
Tragué saliva y miré la puerta, como si en cualquier momento alguien fuera a aparecer
Pero afuera sólo había silencio. Demasiado silencio
Abrí la puerta, estaba solo no había nadie pero, el silencio afuera empezó a sentirse extraño
No sé por qué, pero de pronto tuve la sensación de que alguien estaba ahí. Observando. Esperando
Apreté la fotografía entre mis dedos y di un paso fuera de la casa. El aire de la mañana estaba frío y la calle seguía casi vacía. Era domingo, después de todo. La mayoría de los vecinos aún dormían
Miré a un lado, nada, miré al otro y tampoco
Pero esa sensación no desaparecía. Al contrario… crecía, sentía los ojos de alguien sobre mí
—¿Hola? —dije en voz baja, odiando lo débil que sonaba mi voz
El viento movió las hojas secas cerca de la acera. Un pequeño ruido metálico sonó al fondo de la calle, como si alguien hubiera golpeado una reja por accidente
Mi corazón empezó a latir con fuerza
Di unos pasos más hacia el portón, intentando ver mejor. Mis ojos recorrieron cada rincón: los autos estacionados, la casa abandonada de la esquina, el poste de luz que todavía seguía encendido a pesar de que ya era de día
Entonces lo sentí otra vez
Esa mirada
Giré la cabeza rápidamente hacia la casa de enfrente… y por un segundo juré haber visto algo moverse detrás de la ventana
Una sombra
Parpadeé
Pero cuando miré otra vez… ya no había nada, apreté la fotografía con más fuerza
—¿Quién está ahí? —murmuré
El silencio volvió a responderme, pero ahora estaba segura de algo, no había sido mi imaginación
Alguien me estaba observando
Cuando entré a la casa cerré la puerta rápidamente, como si con eso pudiera dejar el miedo afuera. Pero no funcionó. El temor ya estaba dentro de mí, apretándome el pecho, justo arriba estaba mi madre sin saber lo que su hija, estaba sintiendo ahora
Apoyé la espalda contra la puerta y respiré hondo, intentando calmarme
¿Quién pudo haber sido tan ágil para tomar esa foto?
Diablos… en esa azotea no había nadie. Estaba segura o al menos eso creía
Miré la fotografía otra vez. Mis dedos temblaban ligeramente mientras recorría con la vista cada detalle de la imagen: mi rostro sorprendido, las manos de Demian rodeando mi cintura, su expresión segura mientras me hacía aquella propuesta indecente
—Maldición… —susurré
Esto era un problema y no un problema cualquiera
Porque si decía que estábamos en problemas, era porque era verdad. El problema no era solo mío
Era mío…y de Demian Hernández
Si alguien tenía esa foto, significaba que alguien sabía lo que había pasado aquella tarde
Y eso solo podía significar una cosa
Alguien quería algo
Justo en ese momento tomé el teléfono. Mis manos todavía temblaban un poco, pero sabía que tenía que hablar con él
Busqué su nombre en la pantalla y presioné llamar, como conseguí su número, de algo sirve ser buena en clase no
El tono comenzó a sonar una y otra vez. Cada segundo que pasaba hacía que mi ansiedad creciera más
Vamos, Demian… contesta
—¿Alexandra? —su voz apareció finalmente al otro lado de la línea, estaba muy silencioso y tal vez se estaba escondiendo de su esposa para contestar
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo
—Tenemos que vernos —dije sin rodeos a lo que hubo un pequeño silencio
—¿Qué pasa? —preguntó él, con un tono más serio, miré la fotografía una vez más antes de responder
—No puedo explicarlo por teléfono… pero es importante, otro silencio
—Está bien —respondió finalmente—. Nos vemos esta tarde
—En el lugar de siempre —añadí, él sabía cual era, el bar
—Ahí estaré —sabía que llegaría puntual
La llamada terminó, pero el nudo en mi pecho no desapareció, volví y miré la foto una vez más
Si alguien había tomado esa imagen… Entonces alguien sabía demasiado
Y esta tarde, cuando viera a Demian, los dos tendríamos que descubrir quién estaba jugando con nosotros