—¿Alguien sabe algo sobre computadoras? — preguntó Anna a los sobrevivientes reunidos en el mostrador de recepción.
Todos menearon la cabeza.
—Por eso te están mirando, cariño. —Anna le dio una palmadita a su hijo en la mejilla con la mano enguantada y lo observó atentamente—. Adelante, haz algo de magia.
—Correcto —George abrió la interfaz holográfica. Le llevó un tiempo recorrer el sistema hasta que encontró la respuesta—. Ya veo por qué Océane se está reiniciando a una versión anterior. Las jaulas de Faraday del hotel funcionaban, pero la sobrecarga de energía quemó los sistemas de todo el hotel. Los vínculos entre los centros nerviosos están comprometidos. Esta Océane está aislada de los procesadores del anillo y de la otra torre, así que se está simplificando para aligerar la carga del sistema.
—¿Puedes pedir ayuda?— Ernest puso una mano firme sobre el hombro de su hijo.
—Sí, ya me refería a eso. La infraestructura de comunicaciones está estropeada. —George soltó la interfaz—. No podemos llamar. Pero los sistemas se han vuelto a activar desde que nos alcanzó la explosión del skyrmion. Perdimos el sistema de soporte vital durante unos minutos, pero se ha recuperado. Esperemos que las comunicaciones también se restablezcan. —Asintió pensativamente.
—¿Comida y agua? —Roy, sosteniendo firmemente a Constance de la mano, pronunció sus primeras palabras.
—Agua sí, comida no. —George respiró profundamente. Parecía que iba a morir virgen, pero se lo estaba tomando bien. Ya ni siquiera tenía ganas de llorar. Miró a su madre en busca de apoyo. El orgullo que transmitían sus ojos brillantes demostraba su admiración por su trabajo con la computadora.
—Por el amor de Dios. —El hombre mayor y corpulento que vestía esmoquin se desplomó contra el intrincado papel tapiz tejido en tonos verdes y dorados.
—Cuidado con el lenguaje que usas cuando estás cerca de los niños, señor —Constance lo miró con el ceño fruncido.
—El señor Albert Dmytruk, señora. —Albert miró a Constance con el ceño fruncido—. El muchacho dijo que tenía dieciocho años, así que aquí no hay niños. A menos que... —Miró a Edith.
—Tengo treinta y tres años, señor Dmytruk. —Edith puso los ojos en blanco—. Sólo porque no soy tan grande como algunos... —Se aseguró de mirar fijamente su vientre.
—Bueno, yo... —comenzó Albert.
—Basta. —Anna extendió un dedo enguantado para silenciarlos—. Encontraremos algunas habitaciones vacías cerca de aquí, descansaremos y revisaremos las comunicaciones cada hora aproximadamente. ¿Suena bien?
Nadie se quejó. George suspiró. Se había encontrado en el infierno. Pero al menos ya no tendría que compartir habitación con su hermana.
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George yacía boca arriba. Su nueva habitación tenía una cama grande y tendida donde descansaba. Cerca del baño había dos maletas sin abrir que no había tocado. Se estremeció. Los dueños nunca volverían por su equipaje.
Desde la ventana se veía una nube de escombros. Parecía que los restos se estaban moviendo, pero él se recordó a sí mismo que era él quien se movía. Sin la presencia de su madre, su fortaleza interior se desmoronó. Lloró abiertamente mientras miraba más allá del techo cubierto de murales.
La puerta se abrió y se abrió hacia dentro. Las cerraduras eran uno de los sistemas que aún no se habían reiniciado. Sobresaltado, George giró la cabeza. Edith estaba en la puerta. Se veía igual que antes, salvo por un detalle notable: le faltaba el guante de la mano izquierda. La polla de George se puso erecta al instante y dolorosamente. Sus ojos se abrieron de par en par al observar los detalles: dedos elegantes, uñas cuidadas y movimientos sinuosos. Ella le hizo una seña con el dedo índice desnudo. George saltó de la cama. Se miró los pantalones. Debería haberse sentido humillado por la gran carpa que se estaba levantando allí, pero si ella le estaba mostrando su mano desnuda, ¿qué diferencia había con su erección? —¿Señorita Pemberton?
—Me siento sola y tengo miedo. Ven. —Edith se dio la vuelta y desapareció por el pasillo, con sus faldas arrastrándola majestuosamente.
En un instante, George la siguió hasta el pasillo. No la vio, pero sí vio una habitación con la puerta abierta. Metió la mano en sus pantalones, se ajustó la polla para que la pretina retuviera todo el efecto de su rigidez y corrió hacia la puerta. Estaba a punto de llamar a Edith cuando oyó voces dentro de la habitación. Ninguna de las dos voces sonaba como la de ella. Debo haber ido a la puerta equivocada . Echó un vistazo a la habitación y jadeó. En lugar de Edith, estaba Constance, desnuda salvo por sus guantes. Estaba en la cama, montando a su marido desnudo y mucho más pequeño.
—Oh... Roy... está bien... bebé... mami te tiene en sus brazos. —El cabello cobrizo ondulado de Constance le llegaba hasta los hombros. Su espalda se arqueaba de la manera más seductora y femenina, definida por músculos ondulantes. Su piel era de un blanco fantasmal, salpicada de pecas aquí y allá. Cada globo de su trasero era maravillosamente redondo y firme. Sus muslos estaban repletos de músculos. Sus pechos no eran grandes y George podía verlos rebotar más allá de su brazo.
—Mami... Mami... fue tan... terrible... haz que desaparezca. —El cuerpo de Roy era mucho más suave que el de su esposa y no tan pálido. Él la sujetaba por las caderas mientras ella lo montaba.
¿Son... madre e hijo? A George se le revolvió el estómago de asco ante algo tan prohibido. Pero al mismo tiempo, el descubrimiento le dio esperanza. Si ellos podían hacerlo, también... George estudió el rostro de Roy mientras el hombre miraba con amor a su "mamá". Parecía tener la misma edad que Constance. No podía ser su hijo. Estaban jugando a un juego s****l. George había leído sobre esas cosas.
—Mami... ugh... ugh... lo hará mejor. —Constance jaló a Roy para sentarlo y sostuvo su mejilla contra su pecho.
George podía ver la humedad de Constance goteando sobre las sábanas de abajo, la mancha extendiéndose lentamente. De repente se dio cuenta de que había olvidado que iba a morir en esta isla en un mar de estrellas. Sus lágrimas se habían ido. Había perdido a Edith, pero estaba agradecido por la distracción que le proporcionaban los Haversham. Miró hacia el pasillo en ambas direcciones. No había forma de saber por qué puerta se había metido Edith. No estaba seguro de qué habitación había reclamado. George decidió volver a su habitación y masturbarse. Se volvió hacia los Havesham, para memorizar un poco más del delicioso cuerpo de Constance.
—Me haces sentir... seguro... mami. —Roy abrió los ojos y giró la cabeza—. Estás... —Vio al espía en la puerta—. ¡Cúbrete, Constance! —La apartó bruscamente de él y le arrojó la manta encima.
—Uh... oh. —George echó un buen vistazo al triángulo rojo que había entre sus piernas y a sus labios hinchados y rosados justo debajo, antes de correr de nuevo por el pasillo y cerrar de un portazo la puerta. Esperó varios minutos, pero nadie llamó a la puerta. Todavía estaba duro como una piedra.
George entró en el baño, abrió la ducha y se desnudó. Incluso sin cerraduras en las puertas, dudaba que alguien entrara a la fuerza en un baño ocupado. Se masturbó furiosamente. En su mente, imaginó la mirada sensual de Edith, su delicada y seductora mano desnuda y el cuerpo atlético y femenino de Constance. Se corrió varias veces durante la siguiente hora. Afortunadamente, durante ese tiempo, no pensó lo más mínimo en la fatalidad que los aguardaba.
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—Estoy muy orgullosa de ti —dijo Anna, y esbozó su primera sonrisa desde que comenzó la crisis. Miró a su hijo, que caminaba alrededor del cadáver de un hombre en bata—. Nos salvaste la vida.
—Siempre dices que mi interés por las computadoras me será útil algún día. —El corazón de George se llenó de alegría ante la aprobación de su madre.
—Pero eso es lo que digo —lo miró con curiosidad.
—No estaba siendo sarcástico, mamá. —George se detuvo en el pasillo. Estaban entre espejos a ambos lados, por lo que sus reflejos parecían encogerse hasta el infinito. Puso sus manos sobre sus hombros, tratando de no mirar hacia abajo, hacia su corsé—. Tengo algo que decirte. Y como podríamos morir aquí, yo... solo tengo que decirlo.
—No vamos a morir. —Anna miró a su hijo con los ojos muy abiertos. Eran las únicas dos personas vivas en el pasillo que conducía al mostrador de recepción de Edith. Había querido que su hijo revisara los sistemas de comunicación mientras todos descansaban, así que fue a buscar a George y se fue—. Veo que hablas en serio. ¿Qué pasa? Puedes decirme lo que sea. —Contuvo la respiración.
—Tengo miedo de dejarte. Sé que pronto iré a la universidad, o al menos eso se suponía que debía hacer. Pero... cuando no estás cerca, siento... George respiró profundamente.
Anna esperó, sabiendo que necesitaba compartir sus sentimientos sin interrupciones.
—Me siento incompleto sin ti, mamá. Otros chicos no parecen sentirse de la misma manera. No pueden esperar a irse de casa. Pero... pero... prefiero estar aquí contigo... —Hizo un gesto hacia los cuerpos—... que en otro lugar sin ti. Si llegamos a casa, no quiero irme a la universidad. Quiero quedarme en casa. Puedo ir a la escuela vocacional en Covington. Yo...
—Tonterías. No digas eso. —Le besó la mejilla y limpió el beso con el guante—. Soy tu madre, Georgie. ¿Crees que no me he dado cuenta de que tú y yo somos más unidos? Yo te crié, así que siempre estaré aquí. —Le dio unas palmaditas en la fina corbata que tenía sobre el corazón—. Dondequiera que vayas, yo estaré contigo. Y es saludable para ti dejar el nido. Vamos a pedir ayuda cuando las redes de comunicación vuelvan a funcionar, vamos a volver a casa y vas a hacer cosas maravillosas en la universidad. Mi hombre alto y fuerte. —Lo abrazó—. ¿Cuándo creciste tanto?
—Tal vez podamos hablar más sobre esto más tarde, mamá. Yo... —George giró la cabeza hacia un ruido que se oía a unos quince metros de distancia, donde otro pasillo pasaba perpendicular al que estaban. Un robot de mantenimiento apareció a la vista. Lo seguían varios carros autónomos cargados con los muertos. El robot recogió el cadáver de una mujer y lo arrojó al carro más cercano. Se arrastró unos pasos más e hizo lo mismo con el cadáver de un hombre.
—Espantoso. —Anna se llevó una mano enguantada a la boca. Cerró los ojos y rezó una oración por aquellos que estaban a punto de encontrar su lugar de descanso final. ¿Arrojarían los cuerpos al espacio? Hizo una mueca al pensar en un final tan frío y permanente. Los cuerpos nunca se descompondrían.
George chasqueó los dedos. —Esto significa... esto significa... —Miró hacia el techo, con su largo y majestuoso mural de dioses romanos en plena vida cotidiana—. ¿Océane? ¿Terminaste de bajar de categoría? ¿Has vuelto?
—Je fonctionne maintenant à trente pour cent. —dijo Océane.
—En inglés, por favor. —George miró a su madre con una ceja levantada. Ella negó con la cabeza. Tampoco entendía francés.
—L'anglais est une langue inférieure, et je ne m'abaisserai pas si bas. —Océane parecía alterada.
—Um... ¿puedes darnos un informe sobre los sistemas del hotel en inglés? —George apretó los labios.
—Je ne peux pas. —Océane no dijo nada más.
—Eso sonó como si no. —Anna tomó la mano de su hijo y lo llevó hacia su destino—. No necesitamos el informe de Océane. Obviamente, ella se está encargando del hotel. —Hizo un gesto con la cabeza al robot de mantenimiento, que se volvió hacia ellos y siguió recogiendo cadáveres.
—Quizás alguien de nuestro grupo hable francés —George se mordió el labio, pensando mientras caminaban—. Tenemos acceso limitado a través de la terminal. Tendremos que hablar con Océane. O tal vez Edith conozca las contraseñas para acceder a los sistemas directamente en el centro neurálgico. Pensar en Edith aceleró su corazón. Apretó la mano de su madre a través de su guante.
—Todo lo que tenemos que hacer es pedir ayuda, cariño —Anna se esforzó por darle una sonrisa tranquilizadora mientras caminaban hacia la parte ordenada del pasillo—. Los puertos más cercanos están a menos de un día de distancia. Una vez que hagamos la llamada, todo lo que tenemos que hacer es agacharnos en nuestras habitaciones y esperar. Estaremos en casa en un santiamén, ya lo verás.
George no estaba tan seguro, pero le devolvió la sonrisa a su madre con una sonrisa propia. Al menos estaban vivos, caminando uno al lado del otro. Podía sentir el calor de su piel levemente a través del guante. Respiró profundamente, sacando fuerzas de ella. Tal vez ella tuviera razón. Tal vez estarían en casa en unos días y podrían terminar su charla sobre la universidad.