Había llovido esa tarde, el tipo de lluvia fina que no moja, pero te cala los huesos. Caminaba de regreso a casa con los audífonos puestos, el abrigo cerrado hasta el cuello y la cabeza llena de ideas que no sabía si quería pensar. Entonces lo escuché. Un silbido. Agudo. Reconocible. El tipo de silbido que usas para llamar a un perro, o a alguien que conoces tanto que no necesitas palabras. Me detuve. Giré la cabeza. Y ahí estaba. La maldita combi. Vieja, azul deslavado, con un espejo colgando y una calcomanía de un unicornio despegándose en la parte trasera. Maldita combi. Apoyado en la puerta abierta, con esa sonrisa ladina, un café en la mano y gafas oscuras aunque ya estaba nublado, estaba Luca. —¿Qué onda, Harper? —dijo como si no hubiera pasado un año, como si no me hubie

