Capítulo 1: El punto gris en la pared sucia

1511 Words
I El despertador estaba sonando por quinta vez esa mañana, diciéndole en sus agudos y desagradables gritos que debía despertar. Con pereza al fin atendió a ese llamado, lo apagó y se incorporó de medio lado para encontrarse con ella misma esa mañana, como lo hacía todas las mañanas de su insignificante vida. Se había quedado de nuevo hasta muy tarde leyendo en su k****e, sabía que no debía hacerlo entre semana, sin embargo, la historia estaba tan increíble que no pudo parar solo hasta que la baba cayó en la tableta y entendió que era hora de cerrar un poco los ojos. Entró a su baño hecho para una sola persona y se quitó la pijama de corazones rosa que tenía puesta. Debía usar el material más térmico posible, su diminuto departamento era muy frío y la calefacción era un lujo que no podía darse. Al mirarse al espejo, desnuda, se preguntaba que era eso que tanto le hacía falta para que un hombre se fijara en ella, para tener más de una cita. Se sentía derrotada, iba a cumplir 25 años y llevaba una vida de sobreviviente, con deudas, comida barata, amores imposibles. Su cabello era castaño, nada del otro mundo, sus pechos eran medianos, no tenía rollitos en ninguna parte, eso tenía que deberse a las largas jornadas de ayuno voluntario cuando no tenía mucho tiempo o dinero para cenar. —¡Ah, maldita sea! —gritó cuando la ducha dejó caer un primer chorrete de agua helada. Esperó un poco hasta que por fin se puso tibia y se dispuso a bañarse. Todo tenía que hacerlo muy rápido, no se podía permitir gastar mucha agua ni tiempo. Salió, puso algo de rímel en sus pestañas y un poco de labial pálido en su boca, eso la hacía sentir femenina, aunque su ropa dijera lo contrario. Usaba blusas de colores pastel que no permitían mostrar sus curvas y sus pantalones de oficina terminaban en una odiosa bota recta que la hacían lucir mucho mayor de lo que era. No le importaba, ella no llamaba la atención porque deseaba concentrarse en el trabajo y así lograr escalones en su empresa, en la que ya iba a cumplir tres años en el mismo cargo, asistente de archivo, cosa falsa en su totalidad, pues ella debía hacer reportes, mediciones, investigaciones, correcciones, incluso asistir la parte social de su jefe de área, hacer reservaciones para los clientes, organizar meetings, era la perfecta esclava corporativa, mientras la secretaria que debía hacer todos los protocolos, se limaba las uñas, bamboleando sus pechos ante los ejecutivos. Ella era la cara amable de su área. Luego de bajar del autobús en el que nada más pudo tener lugar para sentarse por diez minutos, caminó hasta las escaleras hacia su oficina, debía subirlas por siete pisos. Estaba ya decepcionada y harta de pretender ir por el ascensor y que fuera tan invisible hasta el punto que la sacaban a empujones. —Hagámoslo despacio esta vez para no llegar sudando —se dijo para sí misma tomando su bolso y un poco de aire por la boca. Fue entonces que al intentar subir su primer escalón, sintió como la sujetaron con algo de fuerza por un brazo, era claro que no le iba a permitirse ir. Cuando ella giró para ver de quién se trataba, su vida se iluminó por completo. —No sé por qué insistes en subir las escaleras, habiendo ascensores que sirven perfecto. Ven, no llegues cansada a tu escritorio. —Daniel… Eso fue todo lo que pudo decir la chica que se dejó llevar por el hombre más atractivo que trabajaba para la empresa. Desde que llegó, ella estaba embelesada con su carisma, con su tono de voz tan grueso, por los mechones de sus rizados cabellos oscuros cayendo sobre su frente y ni que decir lo que pensaba de su cuerpo atlético. Por supuesto, no era la única que se fijaba en aquel prototipo de perfección, solo que Daniel parecía prestarle mucha atención a ella, a pesar de no destacar en casi para nada. No se equivocaba Mary, había algo en su forma de ser que atraía de forma auténtica a este sujeto casi perfecto, pero él mismo tampoco podía explicárselo. Mary a sus ojos era muy gentil y muy bonita, solo que se escondía tras kilos de inseguridad. Además, su ego y el ya status que le habían dado de «atractivo», eran su freno para pedirle una cita. Daniel no dejaba de ser un hombre cualquiera que deseaba exhibir un trofeo digno de llevar de la mano, y no una mujer que lo amara por lo que era. Subieron al ascensor y por siete pisos solo se miraban y sonreían de manera esporádica. La chica estaba feliz, empezaba de manera perfecta el día, a veces todas esas escenas románticas que tanto leía se hacían realidad. Al bajar los dos, Daniel le abrió la puerta de cristal y se sintió la dueña del mundo. Solo hasta ahí, pues una vez entraron, él siguió hasta su lugar sin decir nada, dejando a Mary con la palabra en la boca para despedirse. —Es tan gris e insulsa, pero hace los mejores reportes —dijo su jefe a uno de sus asistentes viéndola sentarse en su lugar. —Yo creo que da una imagen de desaliñada, y eso no es bueno para la empresa —respondió el lamebotas principal. Es hora de hacer cambios y Mary tiene que irse. —Qué fácil es para ti decirlo, ¿quién hará lo que ella hace? Igual, es solo un punto gris en la pared, desde que no deba hablar directo con un cliente, todo va a estar bien. El asistente torció el gesto, deseaba meter ahí a un conocido suyo que haría mejor el trabajo que ella, según su criterio. Sin embargo, su jefe tenía razón, ella era solo alguien que no se debía tener en cuenta más que para razones estrictamente laborales. Así era Mary Smith, tan sencilla y simple como el agua, incluso su nombre era tan común que ni en eso sobresalía. Ella misma había opacado mucho su propia luz por miedo a equivocarse y perder lo que tenía seguro. Fue hija única que ahora ya no tenía a nadie en el mundo, pues sus padres murieron en un accidente cuando era una niña y pasó al cuidado de su abuela, a la que tuvo que llevar con todo el dolor de su corazón a un centro de geriatría donde la cuidarían como se debía, mientras ella trabajaba. La visitaba sin falta los fines de semana y se volvió la lectora oficial de los ancianos que se deleitaban en su dulce voz, escuchando historias que sus gastados ojos ya no podían comprender muy bien. Ella era feliz llevándoles novelas que en sus tiempos pudieron considerarse escandalosas, o de índole impúdica, como los viejos le llamaban, pero que las damas de cabellos muy blancos disfrutaban mucho. Esos audaces caballeros que raptaban a mujeres solo porque las querían para ellos y que luego les quitaban capas y capas de vestidos para poder poseerlas, era el ideal de hacía muchos años atrás. El problema radicaba en que la abuela de Mary también había fallecido. Se fue su única ancla con el mundo y ahora la bonita niña, que no sabía que lo era, vivía para ella misma y a pesar de eso jamás dejó de ir al ancianato a leer. Perder a sus seres amados parecía ser su destino, por eso a veces la mejor opción era no amar a nadie, o esperar que uno de esos escuderos valientes de los cuentos apareciera, la llevara en brazos, la subiera en su corcel y fueran felices para siempre, luego de hacerla pedazos en la cama. Mary sonrió un poco al ver un grupo de empresarios entrar a la oficina principal, eran hombres de mediana edad, dueños de una parte importante de la industria, entre ellos iba el CEO, algo mayor ya. Recordó que en sus novelas ese Chief executiver officer era un hombre joven, de cuerpo descomunal y mirada que desnudaba a cualquiera solo con pestañear. Pero lo que veía era solo un señor tan simple como lo era cualquiera en la calle, eso sí, de traje impecable y zapatos muy brillantes. —Bueno, hasta yo puedo ser una protagonista —se dijo para sí. Puso sus manos en el teclado de su computadora, ya la tarde empezaba a morir y aún le faltaban unos gráficos. Debía terminar pronto y llegar a su cama, a seguir leyendo, o mejor, a seguir soñando. *** Fin capítulo 1 Nota de la autora: Sean bienvenidos todos a una nueva historia que hago con mucho cariño. Para los que me conocen en escritos anteriores, saben que abordo mucho el drama y el erotismo en muy alto grado, me encanta. Por eso «La lectora» no va a ser muy diferente en ese aspecto. Gracias por estar acá y como digo siempre, espero puedan quedarse hasta el final. ¡Un fuerte abrazo! Sora Fanel.
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