II
—«Sus fuertes brazos la alcanzaron y la presionaron contra ese pecho amplio y vigoroso que estaba ansioso por tenerla y hacerla suya en ese momento. Pudo escuchar el latir ansioso de ese corazón indomable que la llamaba, que no soportaba más el hecho de verla lejos y fingiendo ser feliz con otro que no era él.
—Está muy mal lo que hacemos, ¿qué no te das cuenta? No quiero serle infiel a mi esposo, no sigas presionándome para que lo deje. Es mi deber estar a su lado —replicó la mujer sonrojada y excitada ya, apenas con el roce de las yemas ardientes del CEO en su mejilla.
—No puedo creer que sigas en esa farsa a la que llamas matrimonio. Ese hombre no te merece, lo he escuchado burlarse de ti al hablar de sus aventuras, de las cuales sé que estás enterada. Yo soy y seré solo para ti, no veré otros ojos que no sean los tuyos ni tocaré otra piel que no sea esta tan hermosa que tienes.
Las palabras del hombre la estaban enloqueciendo, haciendo que flaqueara la poca voluntad que su entrepierna estaba teniendo para permanecer cerrada. No podía permitirse caer con el socio de su esposo, por muy cretino que este fuera. Ella miró a los ojos de ese hombre, tan profundos y azules como el océano en el que iba a naufragar de seguro, pues la humedad estaba poniendo ya las condiciones en su cuerpo que no soportaba más y suplicaba por el toque de ese de cabellos rizados y castaños que no descansaría hasta tenerla por completo…»
Sonrojada por lo que seguía, Mary apartó un momento la vista de la tableta para ver la reacción de su envejecido público femenino. Le sorprendió la pasividad de las miradas que no se encontraban emocionadas para nada, no como ella, que estaba siendo tragada por esa historia, que le pidieron las viejecitas que le leyeran. No supo cómo interpretar aquello, si es que había ya una pérdida total de estrógeno y esa humedad de la que hablaban en el libro ya no se aplicaba a ellas, o si es que acaso no la habían escuchado bien y solo ella disfrutó de semejante momento.
—Sigue, hermosa, queremos saber si de verdad se atrevió a dormir con ese hombre —preguntó una de las «chicas» de su audiencia, al ver que se detuvo.
—¡Ah! ¿Es decir que sí me estaban escuchando? —preguntó la joven sonriendo y mirándolas de forma pícara.
—Claro que lo hacemos —intervino otra—. Solo que nosotras ya hemos sido tocadas por demasiados CEO.
Todas se echaron a reír con la respuesta de la dama muy mayor, pues no se esperaba para nada semejante respuesta. Mary siguió leyendo y la conclusión fue que sí, la pareja durmió junta, solo que eso de dormir no se aplicó mucho en esa situación, pues en palabras de la autora, la mujer infiel tendría problemas para caminar por varios días luego del sexo desenfrenado con el socio de su esposo.
Mary terminó de leer el capítulo, tendría que continuar el siguiente fin de semana, ya era hora de la siesta del adorable público. Vio partir a todas sus oyentes y luego ella misma se levantó por un refrigerio que tenía seguro en el salón principal del geriátrico. Al sentarse en una de las mesas del ya vacío lugar, se dio cuenta de que una ancianilla aún no se iba al descanso, por eso tomó su merienda y se dirigió hacia ella para hacerle compañía. La mujer la recibió con una sonrisa, cosa que Mary agradeció mucho.
—Dime niña, ¿por qué estás aquí cada fin de semana, leyendo para estas viejas? —preguntó la mujer sin ningún tipo de filtro, haciendo que la lectora se sorprendiera mucho.
—Lo hacía desde que mi abuelita vivía acá, se me volvió una costumbre que disfruto mucho. Dígame ¿cuál es su nombre? —preguntó, intentando desviar la conversación incómoda.
—Soy Raquel, niña, y sé que tú eres Mary. Pero, ¿por qué en lugar de buscar tu propio hombre que te deshaga la v****a, vienes a leer de ellos a estas octogenarias? Tienes que ser la protagonista de tu propia historia, niña, te consumes acá, entre arrugas y metros de cabellos blancos.
—¡Señora Raquel! —respondió la joven en un pequeño grito—, por favor, qué está diciendo usted… además, esos de los libros no son precisamente los hombres que se fijarían en mí.
—Y según tú, cuál sería el hombre que se fijaría en ti —intervino de nuevo la mujer tomando un poco de su leche.
—Yo no creo que esos perfectos y encantadores mastodontes de las historias me mirarían, yo solo quiero un hombre que desee estar conmigo, al cual pueda sonreírle y besarlo sin el temor de que todo sea pasajero, o de que me traicione. —Hizo una pausa y suspiró muy profundo—. La verdad quisiera que hubiera alguien para mí, en algún lugar. La soledad es horrible y sé que una no debería depender de otra persona para ser feliz, pero yo si quiero de esas caricias, de esas miradas y de ese sexo que las afortunadas disfrutan.
Mary miró avergonzada a la anciana que no se había inmutado en lo más mínimo ante sus palabras. Al no tener respuesta a su confesión, mordisqueó su pan de melón y tomó de su leche, algo decepcionada de su vida y con Daniel en la cabeza. Él era lo más cercano a ese hombre perfecto de las novelas, que podía ver día a día y que sí, hacía que se humedeciera un poco.
—Lo hay niña. No naciste sin un par. Lo sé. Pero viniendo acá cada sábado, y escondiéndote los domingos en tu diminuto departamento para alistar la ropa de la semana, no vas a hallarlo. Es más, debes renunciar a ese trabajo mediocre que no te paga lo suficiente por lo que haces y dejar de ver a ese idiota del que estás enamorada como si fuera un dios, ya que de seguro solo se aprovecha de lo que sabe que sientes para darte más trabajo. Ve y busca esa bestia que sé que deseas.
Mary vio como Raquel se levantaba y se marchaba con el plato en las manos. Ella no pudo despedirse, estaba un poco asustada de la información que tenía, y lo duro que le habían pegado sus palabras. Se sintió minúscula, en el ahora sí salón vacío, como una silla más, al ser tan evidente en su situación.
No obstante, la realidad era diferente o así lo veía ella. Subida en el autobús que la llevaría a casa, veía a las muchas personas a través de la ventana contar sus propias historias con sus rostros, unas muy tristes, otras al contrario de felicidad, pues muchas mujeres no tenían precisamente príncipes a su lado, pero esos hombres que les sonreían o que sostenían sus manos, les daban esa alegría que llenaba sus vidas. Altos, bajos, delgados o no tanto, de todas formas y tamaños, tenían la capacidad de llevar alegría a aquellas que los escogían para estar a su lado.
Al otro lado estaban los que, a pesar de tener compañía, se veían infelices y frustradas. Ni una mirada con amor, cansadas de quien tenían consigo. Podía ver a través de su ventana que de seguro eso pasaría con ella si encontraba a alguien. El desamor, el hastío de ese que ella amara, hasta el punto de ser, de nuevo, un mueble invisible en el ancho mundo del amor.
Sin embargo, lo que le dijo Raquel, casi de forma despiadada, era verdad. No podía solo seguir soñando con una relación que ya en su mente pasaba por todas las etapas, sin vivirla de verdad. Vio su propio reflejo en el cristal de la ventana, aún no había líneas en su rostro, aún estaba muy joven, tenía esperanza, su par debía estar por ahí, solo tenía que estar un poco más atenta y comenzaría con abrir muy bien sus ojos con Daniel. Mala decisión, pese a eso, lo intentaría. También pensó que desearía ser menos soñadora y tomar las riendas de su vida, ¿se necesitaba tanto de una pareja para ser feliz?, claro que no; sin embargo, un poco de amor no estaría de más, cuando ella había tenido tan poco.
Tal como dijo la anciana, el domingo se encerró a preparar su ropa de la semana y a ver la TV. Por mucho que deseara hacer cosas, el dinero y la voluntad parecían endebles. Raquel tenía razón, ella era solo una cobarde que no deseaba salir de su diminuta zona de confort, pues no quería terminar herida. Pero si no se lanzaba un poco al agua, jamás encontraría nada. Las canciones de amor hablaban de historias que resultaron, que tal vez no, sin embargo, expresaban sentimientos profundos que se vivían en ese proceso, ese que ella solo experimentaba en su cabeza. Debía encontrar su sitio, alguien tenía que darse cuenta lo mucho que gritaba en medio de una multitud, que la ignoraba por completo. Tenía que vivir.
La espantosa alarma del lunes sonó muchas veces, no obstante, Mary la ignoró lo suficiente como para que se le hiciera algo tarde. Corrió como nunca, incluso dejó de desayunar para asistir a ese trabajo donde tampoco era muy reconocida. Ella solo necesitaba que le pagaran de forma cumplida, para poder a su vez responder por sus obligaciones. El mismo círculo de siempre.
Agitada, vio a lo lejos a Daniel en la entrada a uno de los ascensores, por la prisa quiso probar su suerte y por fortuna él la vio, pero Mary no logró acercarse lo suficiente y él entró primero al cubículo. Cuando creía que iba a conseguirlo, la odiosa asistente del gerente mayor la detuvo levantando su mano.
—Ya somos muchos, usa la escalera como siempre.
De inmediato el ascensor se cerró frente a sus ojos y a los de todo, sin que a nadie le importara, ni siquiera a su Daniel, que no dijo nada y solo vio cómo ella se quedaba ahí, por fuera, como siempre.
—Llega tarde, señorita —dijo su jefe al verla sentarse en su lugar. Mary se levantó de inmediato y le explicó un poco lo sucedido—. No me importan sus excusas, un retardo más y será despedida.
—Señor, es la primera vez que me sucede, además, algunos me vieron que no pude entrar en el ascensor…
Mary buscó en la mirada de los otros el apoyo que necesitaba, y lo único que se encontró fue con la indiferencia total, incluso la de su bastardo amado, que solo volteó el rostro. Su jefe siguió regañándola sin razón por cinco minutos tarde, que ella ya había pagado con infinidad de trabajo extra, pero que no le iban a ser recompensados ni reconocidos. Vio que la espantosa asistente cruzaba apenas la puerta de la oficina y saludó como si nada. Al parecer venía del baño.
El jefe le sonrió de inmediato a esa bruja y le pidió que hiciera unas llamadas. ¿Qué acaso el estúpido viejo estaba ciego? Esa mujer llegaba más tarde y la saludaba como si nada. Una compañera le dijo que se calmara, que solo era un mal inicio de semana como a veces lo tenían todos. Mary hizo caso, tenía demasiado trabajo como para pensar en algo más.
—Mary, ¿podemos hablar un momento?
Los ojos de la niña se abrieron más de lo normal, al ver que quien le hablaba era nada más y nada menos que su amado, ese que no la defendió cuando lo necesitó. Ella sonrió y le dijo que sería un placer.
—Claro, dime, ¿qué necesitas?
—Quería saber si podrías hacer un informe por mí, esta noche tengo un evento importante y no alcanzo a terminar. Pero no te pido que lo hagas gratis, mira, puedo pagarte esto.
Por dentro, el castillo de naipes que ella había construido pensando que aquello sería una conversación de disculpa, se derrumbó de un soplido. Recibió el cheque que le extendía Daniel y la cifra no se le hizo para nada despreciable, así que aceptó. Tendría mucho trabajo esa noche.
***
Fin capítulo 2