XXIII A pesar de ser el día libre del señor Storm, este se levantó temprano y se vistió lo mejor posible, siempre de n***o, por supuesto. Ahora llevaba en su muñeca un aditamento más que usaría para siempre y que del que solo iba a prescindir si le cortaban la mano. Mary seguía dormida, lo había esperado esa madrugada solo para darle las buenas noches y luego, a los extremos de una adorable barrera de almohadas, durmieron los esposos en el cuarto de Nathaniel. Para él era la cosa más tierna del universo que su esposa creyera que lo alejaría con ese muro, solo para demostrar que seguía muy enojada. Mary en verdad no tenía la menor idea de cómo era que se llevaban las cosas en un matrimonio, así que nada más se le ocurrió aquello para decirle: «te quiero, pero ahora te odio», de forma cla

