4. Querido futuro
POV Darío
El sonido de los flashes es insoportable. Cada destello me recuerda el reflejo de mi propia caída. Frente a mí, una fila interminable de periodistas espera ansiosa mi versión de los hechos, como si de mis labios fuera a salir una confesión o un milagro.
—El señor Ortega hará una breve declaración —anuncia mi jefe de relaciones públicas, una mujer joven que habla como si estuviera en una zona de guerra.
Respiro hondo. Camisa blanca, traje gris impecable, sonrisa ensayada. La máscara perfecta. Si algo sé hacer en esta vida es interpretar el papel del hombre que tiene todo bajo control, incluso cuando el suelo se abre bajo sus pies.
—Buenos días —empiezo, mirando a la multitud de cámaras. —Sé que han circulado muchos rumores… y videos… sobre mi vida personal.
“Rumores”, repito mentalmente, como si el escándalo no fuera ya el material favorito de todos los programas de farándula.
—Quiero aclarar que lamento profundamente cualquier situación que haya podido incomodar a mi familia o a la empresa. Pero no hay crisis en Ortega Construcciones. Los negocios siguen firmes, y mi prioridad es el bienestar de mis colaboradores.
Suena convincente. O eso creo, hasta que una reportera levanta la voz:
—¿Y el bienestar de su esposa, señor Ortega?
—¿Es cierto que su amante era empleada directa suya?
—¿Qué opina de la manera en que ella lo expuso frente a todos?
El murmullo crece. Los micrófonos se estiran como serpientes hambrientas. Pierdo el hilo.
No sé si son mis palabras o el ruido lo que me ahoga. Veo el reflejo de mi rostro en el cristal del atril: hay un brillo de sudor en mi frente.
Y sé que ya no soy convincente.
—No tengo nada más que agregar —digo al fin, y me retiro entre empujones y flashes.
En el auto, mi teléfono no deja de vibrar. Mensajes de socios, de abogados, de amigos que ya no saben si lo siguen siendo. Uno de ellos, mi socio más antiguo, me escribe:
“Tienes que controlar a la prensa o te arrastrarán con el lodo.”
Demasiado tarde. Ya estoy cubierto de él.
Valeria intenta llamarme, pero la ignoro. No necesito más dramas. Necesito silencio. Necesito… volver a empezar. Mi departamento temporal está en una torre de lujo frente al parque Lincoln. Todo blanco, frío, sin vida. Una cueva dorada para esconder a un hombre en ruinas. Tiro la chaqueta sobre el sofá y me sirvo un whisky. Enciendo la televisión.
Y ahí estoy: mi rostro congelado, el video de Lucía repitiéndose una y otra vez, el titular en letras mayúsculas:
“La venganza elegante de una esposa traicionada.”
Apago el televisor. Por primera vez, me quedo a oscuras. Y el silencio me pesa más que cualquier titular.
*****
POV Lucía
Según lo que vi en las noticias, la vida perfecta de Darío se desmorona, mientras que, en otro punto de la ciudad, mi día avanza con calma. Mateo, mi hijo, corre por el jardín del edificio, su risa llenando los espacios que antes estaban llenos de órdenes y llamadas de negocios.
Lo observo desde la ventana mientras tomo un café.
No le he contado nada aún. Solo le dije que mamá y papá necesitaban “tiempo”. Esa palabra mágica que los adultos usamos para disfrazar las grietas.
Toco el medallón que llevo siempre al cuello. Dentro, una foto de cuando Mateo un año. Prometí protegerlo de todo. Y ahora, por fin, empiezo a hacerlo.
El timbre suena. Manuel llega puntual, como siempre. Con esa mezcla de serenidad y firmeza que empieza a resultarme peligrosa.
—Te traje los documentos finales para la firma de solicitud de divorcio—dice, dejando una carpeta sobre la mesa. —Y aquí está claro que tu departamento fue adquirido antes del matrimonio como un regalo de tus padres, así que no va a entrar en la división de activos. Aquí está la copia certificada.
—¿Tan rápido?
—Aprendí a anticiparme. —Sus ojos brillan con cierta complicidad. —Supongo que lo copié de ti.
Reímos. Y por un momento, el peso del mundo se aligera.
Después de la firma, salimos a caminar con Mateo. El sol brilla con fuerza, y el niño corre de un lado a otro, lanzando risas como si nada en el mundo pudiera lastimarlo.
Lo veo y pienso que, quizás, eso es lo que significa renacer: poder reír en medio del desastre.
—¿Sabes? —digo de pronto, mientras caminamos.—Ayer soñé que volvía a esa sala de juntas, pero vacía.
—¿Y qué hacías allí? —pregunta Manuel arqueando una ceja con interés.
—Bailaba. —Sonrío ante la imagen absurda.—Bailaba sobre esa mesa donde tantas veces me callé.
—¿Será una alegoría de que ahora todos te miran?
Me encojo de hombros. Él me observa en silencio. Hay algo en su mirada que me hace sentir vista de verdad, sin juicios, sin etiquetas.
Solo Lucía.
*****
Por la tarde, el teléfono vuelve a vibrar. Esta vez no son periodistas, ni conocidos curiosos. Es un mensaje inesperado de Darío.
“Necesito verte. Es importante. Solo unos minutos.”
Respiro hondo. No contesto. No aún.
*****
POV Darío
La llamé tres veces. Ninguna respuesta. Miro el reloj. Cada segundo se siente como una derrota más. No sé si quiero disculparme o justificarme. Tal vez las dos cosas.
Miro alrededor. La oficina que una vez fue mi reino ahora parece un campo minado: empleados evitando mi mirada, rumores flotando en el aire, socios que se “reúnen” sin mí. Cada puerta que se cierra me recuerda que ya no soy indispensable.
Valeria aparece en el umbral, con lentes oscuros y un aire de víctima.
—Darío, los medios no me dejan en paz. Han publicado cosas horribles de mí.
—Bienvenida a la realidad —respondo sin levantar la vista del escritorio.
—¿Eso es todo lo que vas a decirme? —su voz tiembla entre enojo y desesperación.
—Sí. Porque en este momento, ni siquiera puedo salvarme a mí mismo.
Ella se queda quieta. Por un segundo, creo que va a llorar. Luego, simplemente se va. Y el silencio vuelve a llenar la habitación.
*****
POV Lucía
Esa noche, mientras Mateo duerme, me siento en el sofá con una copa de vino. El televisor murmura de fondo, pero no presto atención. Solo pienso en lo extraño que es el silencio cuando ya no se teme.
Tomo el teléfono y, contra toda razón, abro el mensaje de Darío. Leo y releo esas pocas palabras.
“Necesito verte.”
¿Para qué? ¿Para culparme, pedirme perdón, o intentar recuperar lo que destruyó con sus propias manos?
El pasado me susurra, pero el presente me sostiene. Y por primera vez, elijo no responder. Apago el teléfono y miro hacia el balcón. La ciudad brilla en la distancia, indiferente a mis batallas. Manuel me dijo que el poder real está en decidir qué batallas librar.
Y esta, decido no pelearla.
Mañana será otro día. Uno donde no tenga que justificar mis decisiones, ni explicarle a nadie por qué sonrío sin motivo.
*****
POV Darío
De pie frente al ventanal, observo las luces de la ciudad. En otro tiempo, ese brillo me pertenecía. Ahora solo me refleja a mí: un hombre que tuvo todo y lo perdió todo por confundir deseo con poder.
El teléfono vibra.
Un mensaje: “La conferencia de hoy fue un desastre. Las acciones siguen cayendo.”
Lo ignoro. Sirvo otro trago y miro el reloj. Lucía no contestará. Lo sé. Pero una parte de mí aún espera escuchar su voz, aunque sea para odiarme.
El silencio me rodea. Y de repente lo entiendo: Ella ya no es parte de mi historia. Yo soy un capítulo cerrado del libro que ella decidió terminar.
*****
POV Lucía
Antes de dormir, me miro al espejo. La mujer que me observa ya no parece frágil. Hay en sus ojos algo nuevo, algo parecido a la paz.
En la mesa de noche, dejo una hoja en blanco y un bolígrafo. Empiezo a escribir, sin pensar:
“Querido futuro: prometo no volver a conformarme con menos de lo que merezco.”
Sonrío. Apago la luz. Y por primera vez en mucho tiempo, duermo sin miedo a despertar.