5. Las cuentas no cuadran
POV Lucía
El despacho de Montenegro & Asociados huele a madera encerada, a autoridad y a miedo bien disimulado. No es la primera vez que entro, pero hoy, el aire parece distinto. Más espeso. Como si hasta las paredes supieran que algo importante va a romperse.
Camino junto a Manuel por el corredor de cristal. Su paso firme y su presencia serena me devuelven equilibrio.
—Recuerda —me dice en voz baja—, no necesitas levantar la voz para ganar.
Asiento.
—No pienso hacerlo —respondo. —Ya aprendí que el silencio duele más.
Nos anuncian. El asistente abre la puerta de la sala de juntas. Y ahí está Darío. De pie junto a la ventana, impecable como siempre.
Traje oscuro, reloj brillante, el porte del hombre que aún cree tener control de algo.
Pero sus ojos… sus ojos ya no mienten. Hay cansancio. Hay rabia contenida. Y un miedo que apenas logra disfrazar con una sonrisa de protocolo.
—Lucía —dice, fingiendo cordialidad. —Gracias por venir.
—No me agradezcas —respondo. —No vine a complacerte.
*****
Nos sentamos frente a frente. Él, con su abogado a la derecha, un hombre mayor de rostro pétreo. Yo, con Manuel, que abre su portafolio sin prisa, desplegando documentos con elegancia.
—Bien —dice el abogado de Darío, acomodándose las gafas. —Hemos revisado los términos del acuerdo. El señor Ortega está dispuesto a ceder la residencia principal, así como los vehículos y la liquidación proporcional de acciones en Ortega Construcciones, en compensación por los dividendos del último trimestre.
Habla como si repartiera caramelos. Pero Manuel no sonríe. Su silencio ya es una objeción.
—Sin embargo —continúa el abogado—, se solicita la renuncia de la señora Montalvo a cualquier reclamo adicional sobre los activos conyugales.
Manuel levanta la vista por primera vez. Su mirada es cortés, pero cortante.
—No se aceptan los términos —dice, sin titubear.
El silencio cae como un golpe seco. Darío arquea una ceja, fingiendo calma.
—¿Perdón?
—Dije —repite Manuel, apoyando los codos sobre la mesa—, que no se aceptan los términos.
*****
POV Darío
El tono de ese hombre me irrita más que sus palabras. Tan seguro, tan preciso. El mismo tono que yo usaba cuando creía tener el control de todo.
—¿Puedo saber la razón? —pregunto, sin apartar la vista de Lucía.
Ella no responde. Solo cruza las piernas con una elegancia que me desarma. Es Manuel quien toma la palabra.
—Porque las cuentas no cuadran, señor Ortega.
—¿Perdón? —respondo, sin ocultar mi molestia.
—He revisado los estados financieros de los últimos tres años —continúa—, y hay discrepancias claras en los activos matrimoniales.
—¿De qué está hablando?
—De transferencias recurrentes desde cuentas conjuntas hacia una sociedad fantasma en Panamá.
Mi abogado carraspea.
—Eso es un error de interpretación —intenta intervenir.
—No lo creo —replica Manuel, abriendo una carpeta más gruesa. —Aquí están los comprobantes.
Los coloca sobre la mesa. Papeles perfectamente ordenados, con fechas, montos y firmas. Mi garganta se seca. Pero sí… sé a qué se refiere.
Fondos “de emergencia” desviados para evitar pérdidas, pero en realidad iban engrosando mis números personales. Lucía no debía enterarse. Y, sin embargo, aquí están, frente a todos.
—Los registros muestran que parte de los recursos de la sociedad conyugal se usaron para cubrir gastos personales y empresariales del señor Ortega —explica Manuel, sin perder el tono. —Además de los costosos regalos que entregaba a su amante, incluido ese loft en la zona residencial de lujo, el cual también debe ser puesto en la lista de activos, al haberse comprado con bienes conyugales. Por tanto, mi clienta no solo no renunciará a los dividendos, sino que solicitará una auditoría judicial completa.
Mi abogado intenta objetar, pero levanto la mano para detenerlo. Pero Darío levanta una mano.
—No es necesario —digo con voz tensa.
—Sí lo es —responde Manuel, sin apartar la mirada. —Porque la transparencia será lo único que te quede cuando termine este proceso.
Lucía me mira, y por un instante, su silencio dice más que cualquier reproche.
*****
POV Lucía
Observo a Darío. Está más pálido que cuando llegué. Por años, él fue el hombre que decidía todo: cuánto gastar, qué comprar, incluso cómo debía vestirme para sus eventos.
Hoy, su propio abogado evita mirarlo. Y Manuel… simplemente ejecuta.
—Pasemos al tema de la residencia —dice el abogado de Darío, intentando recuperar el hilo.
—Ah, sí, la casa —responde Manuel, con un tono casi amable. — Esa propiedad no entra en la negociación.
—¿Cómo que no entra? —interviene Darío, indignado. —Es el bien principal de la sociedad conyugal.
—No exactamente —responde Manuel, abriendo otro documento. —Según los registros del Registro Público de la Propiedad, la residencia fue adquirida antes de su matrimonio, con fondos provenientes de la herencia familiar de la señora Montalvo. En específico, fue un regalo de los padres de la señora Lucía, y el nombre del señor Ortega no aparece en ellos.
—Eso no puede ser —murmura Darío.
—Sí puede —replica Manuel, deslizando una copia notariada. —Aquí está el título de propiedad, con fecha y sello. La casa pertenece exclusivamente a Lucía Montalvo.
El silencio que sigue es glorioso. Darío me mira, incrédulo. Y yo, sin mover un músculo, contesto su mirada con una sonrisa leve, contenida, victoriosa.
—Deberías haber leído la letra pequeña, amor —susurro. Se pasa las manos por el cabello en señal de frustración.
El abogado de Darío cierra la carpeta con un suspiro resignado. Manuel guarda los documentos con calma. Y yo solo pienso en lo irónico que resulta:
Durante años, Darío creyó que esa casa era símbolo de su poder. Hoy es la prueba de su pérdida.
*****
POV Darío
Mi propio reflejo en la mesa de cristal parece burlarse de mí. Desvíos de fondos, cuentas en Panamá, propiedades fuera de mi alcance.
Todo el tablero que yo movía ahora juega en mi contra. Lucía no necesitó gritar. No necesitó exponerme otra vez. Solo bastaron papeles. Y un abogado con sonrisa tranquila.
—Esto no se va a quedar así —digo, rompiendo el silencio.
Manuel lo mira con calma.
—No, señor Ortega. No se va a quedar así. Se va a resolver ante la ley. Y créame, no le conviene seguir cavando.
Sus palabras son suaves, pero el filo detrás de ellas corta como vidrio.
*****
POV Lucía
La reunión termina con un apretón de manos que nadie desea dar. Darío evita mirarme.
Sus hombros están tensos, la mandíbula firme. Esa es su versión del orgullo: no admitir la derrota, ni siquiera cuando ya está escrita.
Cuando salimos de la sala, Manuel camina a mi lado en silencio. El pasillo es largo, iluminado por la luz del mediodía. Siento una paz extraña, como si por fin el peso de los años se hubiera soltado de mis hombros.
—¿Estás bien? —pregunta él, con voz baja.
—Más que bien —respondo- —Por fin lo veo caer sin tocarlo.
Manuel sonríe apenas.
—Te dije que la verdad siempre encuentra la forma de salir.
Asiento.
Al salir del edificio, el aire fresco me golpea el rostro.
Y pienso que, aunque todavía queda camino, hoy di el paso más importante:
Dejé de tener miedo de ganar.
*****
POV Darío
Cuando la puerta se cierra detrás de ellos, el silencio me deja solo con mis papeles. Releo los documentos, los sellos, las pruebas. Cada hoja es un espejo donde se refleja mi arrogancia.
Toco el anillo en mi mano y por primera vez pienso que tal vez el castigo no fue perderla… sino descubrir, demasiado tarde, que nunca fue mía para empezar.