7. Sobrevivir con estilo
POV Lucía
El estudio está lleno de luces, cables y cámaras. Nunca pensé que volvería a estar bajo el foco público, y mucho menos por algo tan personal. Pero aquí estoy, frente a la periodista de Mujer Ejecutiva, con el micrófono preparado y el logo del programa detrás.
—Lucía Montalvo —dice la entrevistadora con una sonrisa impecable—, símbolo de resiliencia y ejemplo de liderazgo femenino. ¿Qué se siente haber pasado de ser “la esposa del empresario” a ser el rostro de una historia que ha inspirado a miles?
Inhalo. Pienso en mis noches sin dormir, en las lágrimas que nunca mostré, en la mujer que recogía las camisas de su marido mientras se tragaba el silencio.
Y respondo, sin ensayar:
—Se siente… como respirar después de mucho tiempo bajo el agua.
La periodista asiente. El estudio guarda un segundo de silencio que vale oro.
—¿Y qué aprendiste de todo esto?
—Que el poder no está en tener dinero ni en controlar a otros —digo—, sino en decidir quién eres cuando ya no te queda nada.
Las luces parecen calmarse. Alguien detrás de cámara asiente, conmovido. Y yo entiendo, por primera vez, que mi historia ya no me avergüenza.
Me pertenece.
*****
Al salir del estudio, Manuel me espera en el vestíbulo. Traje oscuro, mirada serena, el mismo gesto de siempre: respeto y prudencia.
—Estuviste brillante —dice.
—No me sentí brillante. Solo honesta.
—Es lo que la gente necesitaba oír.
Caminamos hacia la salida. Los pasillos huelen a maquillaje y café, el aire del espectáculo y la política. Antes de subir al coche, Manuel se detiene.
—Lucía… ¿estás segura de que quieres seguir apareciendo en medios? Van a buscarte, a ofrecerte campañas, entrevistas, contratos.
—Lo sé. Pero no voy a esconderme más.
—Eso puede incomodar a Darío.
—Ya nada de lo que yo haga debería importarle.
Su mirada se ablanda, como si quisiera decir algo más, pero se contiene. Lo conozco: no cruza líneas que no se le permitan. Y eso, en el fondo, lo hace más admirable.
*****
POV Darío
Las luces del televisor parpadean frente a mí. En la pantalla, el rostro de Lucía. Radiante, serena, convertida en la versión de sí misma que siempre temí: la mujer que ya no me necesita.
El whisky en mi mano tiembla ligeramente. Apago la pantalla antes de que termine la entrevista. No soporto verla hablar con tanta calma. Esa calma que antes solo tenía cuando dormía a mi lado.
Pero no siento celos. No más. Siento… vacío. Y rabia.
El despacho está en penumbras. Desde la ventana, veo la ciudad extendida, con sus luces bailando como un tablero que alguna vez dominé. Ya no soy el hombre de los titulares, sino el del escándalo. Pero eso va a cambiar.
Golpeo el escritorio con el dorso de la mano.
—No pienso quedarme en ruinas —murmuro.
Mi nuevo asesor financiero, un joven ambicioso con sonrisa de tiburón, asiente desde la silla de enfrente.
—Hay formas de recuperar lo perdido, señor Ortega.
—Habla.
—Fondos en el extranjero, inversionistas que aún le son leales, contratos que pueden reactivarse bajo un nuevo nombre. Si movemos bien las piezas, la auditoría no tendrá alcance suficiente.
—Hazlo. Pero sin errores.
—Por supuesto. —El joven sonríe. —Y respecto a la señora Montalvo…
—No quiero saber nada de ella —interrumpo.
—Solo mencionarlo, señor. Su imagen está creciendo. Eso puede complicar las negociaciones futuras.
—Que crezca —respondo, con una media sonrisa. —Cuanto más alto suba, más duro será el golpe cuando caiga.
El asesor asiente. Y en ese momento, me reconozco. El Darío calculador, el que no se detiene ante nada. El que no se deja vencer por emociones. El hombre que siempre fui, hasta que el amor me ablandó.
Ese hombre acaba de volver.
*****
POV Lucía
Esa noche, la entrevista se transmite en horario estelar. Los mensajes llegan sin parar: felicitaciones, invitaciones, propuestas. Me siento frente al televisor con Mateo a mi lado.
Él me mira con los ojos grandes, emocionado.
—Mamá, saliste en la tele.
—Sí, amor.
—¿Y por qué?
—Porque conté mi historia.
—¿Y ya no estás triste?
—Ya no —respondo, y lo abrazo. —Porque ahora sé que puedo empezar otra.
Cuando él se queda dormido, salgo al balcón. El aire es fresco, casi nuevo. Las luces de la ciudad parecen más suaves desde aquí, como si por fin dejaran de juzgarme.
Pienso en Darío. No con rencor, ni nostalgia. Solo como en un capítulo cerrado. A veces el amor no se acaba: se transforma en lección.
*****
POV Darío
A la mañana siguiente, la noticia de la entrevista de Lucía está en todos los portales. Su rostro sonriente. Su historia convertida en narrativa inspiradora.
“De esposa traicionada a empresaria empoderada.”
Los inversionistas me llaman. Algunos para ofrecer condolencias; otros, para alejarse. Mi reputación se erosiona con cada clic.
Pero no pienso quedarme mirando.
—Contacta a la prensa —le ordeno al asistente.
—¿Para desmentir?
—No. Para anunciar mi nueva sociedad.
—¿Ya tiene el nombre?
—Sí. Orion Holdings.
El asistente duda.
—¿No teme que lo asocien con Ortega Construcciones?
—Quiero que lo hagan —respondo con una sonrisa gélida. —Nada genera más interés que un escándalo con dinero detrás.
*****
POV Lucía
Los días siguientes son un torbellino. Invitaciones a foros, entrevistas, propuestas de colaboración. Manuel me ayuda a filtrar lo esencial, pero sé que él también se preocupa.
—Estás recibiendo demasiada atención —me dice una tarde.
—Lo sé. Pero no pienso volver a esconderme.
—Solo cuídate. Hay gente que puede usarlo en tu contra.
—¿Darío? —pregunto, sabiendo la respuesta.
—Digamos que nunca subestimes a un hombre herido.
Su advertencia me queda dando vueltas. Aunque intento no pensar en ello, una sensación de alerta se instala en el fondo de mi pecho.
*****
POV Darío
—La estrategia mediática está funcionando —dice el asesor, mostrándome gráficos en su tableta. —Los inversores empiezan a volver. Orion Holdings ya tiene proyección internacional.
Asiento. La adrenalina del negocio vuelve a correr por mis venas. El poder, el dinero, la influencia. Eso es lo único que necesito. Lucía puede quedarse con la casa, las entrevistas, la simpatía del público. Yo me quedaré con el control.
¿Y la auditoría? —pregunto.
—Demorará meses. Pero si el flujo se mantiene, nadie podrá probar nada antes de tiempo.
—Perfecto.
Me sirvo un trago.
—¿Sabe, señor Ortega? —añade el asesor. —A veces pienso que la mejor venganza no es destruir, sino sobrevivir mejor que el otro.
Sonrío.
—Entonces prepárate. Vamos a sobrevivir con estilo.
*****
POV Lucía
Una semana después, camino hacia el lobby de un hotel donde se celebrará un evento de liderazgo femenino. Mi nombre aparece en la lista de ponentes. Y aunque todavía me incomoda el foco, ya no huyo de él.
Cruzo el vestíbulo y noto algo curioso: la gente me sonríe. Ya no como “la ex de Darío Ortega”, sino como alguien que logró renacer.
Me siento en una de las mesas del salón. A lo lejos, un grupo de empresarios conversa.
Y, entre ellos, por un instante, creo ver un rostro que no reconozco, pero que me observa con un interés distinto. No de curiosidad.
De intuición.
No le doy importancia. Aún no. Pero algo en su mirada —tranquila, firme, segura— me hace presentir que mi historia está a punto de cambiar otra vez.
Solo que esta vez, yo elegiré el ritmo.