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706 Words
Liora Debí haberme quedado dormida… o algo está mal. Mi visión es borrosa, como si estuviera atrapada dentro de un túnel estrecho y oscuro. Todo se siente lejano, distorsionado. Escucho voces. Dos. Al principio son apenas un murmullo, como si vinieran desde el fondo del agua. No logro entender lo que dicen, pero poco a poco se vuelven más claras… más fuertes. Mi cuerpo se sacude. ¿Alguien me está moviendo? Entonces lo oigo. Un grito. Fuerte. Desgarrador. Lleno de dolor. Una voz femenina. Se rompe en el aire una y otra vez. Tardo unos segundos en entenderlo. Soy yo. Estoy gritando. Irónico. No puedo hablar… pero en menos de veinticuatro horas puedo reír y gritar. La vida tiene un sentido del humor bastante retorcido. El destino debe estar riéndose de mí desde hace años. —Liora… Liora. Soy yo. Ronan. Para. —su voz irrumpe entre el caos—. Estás haciéndote daño. Siento su presencia antes de entender sus palabras. Fuerte. Autoritaria. Hay algo más en su tono… algo que empuja, que ordena. Un ladrido alfa. No funciona. Nunca ha funcionado conmigo. Pero él no lo sabía. Hasta ahora. Otro secreto más que se rompe. —Liora, para. Respira. Estás a salvo. Deja de arañarte el cuello. ¿Arañarme? No siento nada. …No. Espera. Ahí está. El dolor. Familiar. Demasiado familiar. Mis dedos se mueven desesperados contra mi piel. Porque no es mi cuello. No realmente. Es la cadena. Está ahí. La siento. Apretando. Ahogándome. Tengo que quitármela. Tengo que— QUITÁRMELA. —Ronan, está empeorando. Necesito sedarla —la voz de Eric atraviesa la escena—. Está en un episodio severo. Está alucinando. Sí. Él puede ayudar. Él puede quitarla. —Hazlo —gruñe Ronan, tenso—. Lo que necesites. Ahora. Un pinchazo. Frío primero. Luego calor. Oscuridad. Silencio. Beep… beep… beep… Un sonido constante. Rítmico. Metálico. Mi corazón responde. Lub-dub. Lub-dub. Lub-dub. —¿Cuándo va a despertar, Eric? —la voz de Ronan suena… distinta. Más baja. Más tensa—. Fui a verla y estaba gritando… arañándose… nada de lo que hice funcionó. —Alfa, esto es un episodio de estrés postraumático severo —responde Eric con calma—. Estaba completamente sumergida en una alucinación. Tenemos que identificar qué lo provocó. Silencio. —¿El detonante obvio? —pregunta Ronan. —Hombres. Alfas. Contacto físico. Situaciones íntimas. Jaulas. Inyecciones… cualquier cosa que le recuerde su pasado. Un peso cae en el aire. —Hemos pasado tiempo juntos… —la voz de Ronan se tensa—. Cosas que deberían haberla detonado… pero no lo hicieron. —No en ese momento —responde Eric—. Esto fue emocional. Algo la empujó. Un pensamiento, una sensación… algo que la llevó de vuelta. —Carson está afuera —dice Eric tras unos segundos—. Quiere entrar. —Déjalo pasar. La puerta se abre. Pasos. —¿Qué demonios pasó, Ronan? —la voz de Carson entra como una cuchilla—. Te dije que necesitaba salir de esa habitación, no que la trajeras al hospital. —Tuvo un ataque —gruñe Ronan—. No sé qué lo provocó. —Sí lo sabes. Silencio. Pesado. Denso. —¿De qué hablas? —la voz de Ronan baja peligrosamente. —Nada. —pausa—. No ahora. —Si tienes algo que decir, dilo. —Oh, lo tengo —responde Carson—. Pero este no es el momento. Intento moverme. No puedo. Intento abrir los ojos. Nada. Pero puedo escuchar. Todo. —¿Cómo demonios piensas decirle? —la voz de Carson vuelve, más baja ahora—. No puedes soltarle eso así. No después de esto. —No tengo elección —responde Ronan. —Claro que la tienes. —pausa—. ¿Y si le provoca otro episodio? Silencio. Mi pulso se acelera. —Está ahí fuera —continúa Carson—. Recorriendo la ciudad. Buscándola. Un latido. Otro. —Porque es su pareja. El mundo se detiene. Aunque no puedo moverme. Aunque no puedo ver. Esa palabra atraviesa todo. Pareja. ¿Qué…? ¿Pareja? Algo dentro de mí se quiebra. Otra vez. Pero esta vez… No sé si es miedo. O algo mucho más peligroso.
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