Ronan
Tal vez lamer el glaseado del dedo de Liora no fue sutil y, probablemente, inapropiado para un alfa actuante, pero sucedió de forma natural, antes de que pudiera detenerme. Si Carson se entera, no me dejará oír el final del asunto. El pequeño lobo definitivamente pensó en mí anoche, a juzgar por el rubor intenso que aún le colorea las mejillas y que tanto me gusta ver. Ahora, sin embargo, tengo a Carson sin camisa, con un paquete de veinte, caminando junto a Riker, también sin camisa y con otro paquete de veinte, hacia el lado del coche de Liora, y me descubro luchando contra un brote feroz de celos.
Barack está en alerta máxima. Mis ojos brillan en dorado más veces de las que puedo contar, obligándome a pelear con él por el control. Claramente no los quiere cerca del pequeño lobo, lo cual resulta extraño, ya que la desnudez pública no es un tabú entre los cambiaformas y, al menos, estos dos llevan pantalones. Pantalones de chándal grises que, de hecho, no dejan nada a la imaginación. Maldición. Debería irme. Tampoco debería importarme.
—Vaya, vaya… ¿qué hace una nena como tú con un tipo como él llevándola de un lado a otro? ¿No preferirías que te llevara yo, cariño? Pueden comparar notas, a ver quién lo hace mejor —le dice a Liora con suficiencia, aunque no puedo evitar notar cómo se queda mirando sus propias manos, jugueteando con las uñas.
—Cierra la boca, Carson. Liora no necesita que te pongas pervertido con ella tan temprano en la mañana. O nunca —gruño.
—Tranquilo, estoy bromeando. Ya sabes… una broma. Deberías relajarte. Tal vez sacarte ese palo del culo.
—Soy ligero —le respondo con un gruñido, provocando que Liora sonría entre nosotros.
—Mira, pequeño lobo —dice él—. Gruñón. Enfadado. De hecho, casi siempre está de mal humor a menos que estés cerca. Tal vez deberías quedarte y salvarnos a todos de sus cambios de humor.
Se inclina hacia el coche, apoyando el brazo en el techo de la camioneta, mostrando los hoyuelos mientras se pasa las manos por los abdominales. Maldito sea este tipo.
“No la llames así. Se llama Liora y aleja tus hormonas sexuales de cambiaformas de su ventana”.
“No puedo, su excelencia. Irradio hormonas sexuales de cambiaformas. No tengo control sobre ellas. Dondequiera que voy, me siguen. Una tras otra. O de tres en tres, como ayer”.
Le guiña un ojo a Liora, haciéndola sonrojar. No. Ese es mi trabajo. Hora de terminar con esto.
—Riker, ¿cómo se ven hoy los nuevos cachorros? —cambio de tema de inmediato.
—Geniales, alfa. En buena forma. El pequeño Curt tiene instintos naturales de rastreo, más que los demás. Creo que será muy útil en la frontera dentro de unos años.
—Bien. Haz ejercicios de rastreo con él esta semana. Esconde objetos en el bosque, cronómetralo y dame un informe completo para comparar su progreso.
—Puedo hacerlo, alfa.
Riker se da la vuelta y regresa al campo de entrenamiento, dejándonos con Carson, que por alguna razón decide subirse al asiento trasero del coche.
—¿Qué crees que estás haciendo?
—¿Qué? Estoy aburrido. Voy con ustedes. Alguien tiene que supervisarlos y asegurarse de que no hagan nada inapropiado.
Liora tose y yo me giro de inmediato hacia el asiento trasero.
—Eres el rey de lo inapropiado. Lárgate y ve a visitar a nuestro prisionero. Nos vemos en mi oficina en un par de horas.
—Sí, sí. Está bien. Nos vemos luego, Liora. Avísame si te apetece saber más sobre mis inapropiaciones más tarde.
Me guiña un ojo antes de salir de la camioneta. Yo gruño y lo fulmino con la mirada. Arranco y salgo del aparcamiento. Liora me acerca su teléfono, donde ha escrito: le encanta sacarte de quicio.
—Sí —respondo—. Le gusta sacarme de quicio. Y no te metas en sus inapropiaciones. Me sorprende que no haya embarazado a la mitad de la manada todavía.
Ella niega con la cabeza y sonríe. Disfruto verla así. Más tranquila. Más feliz.
Inclino la cabeza y rozo su coronilla. No sé si es un beso de despedida, para ella o para su cabello, pero me llena de orgullo. Es ella enfrentando su miedo.
Jelena nos observa a Liora y a mí. La confusión y la sorpresa se reflejan con claridad en su rostro. Ojalá mantenga la boca cerrada sobre todo este incidente. No necesito que Cristina me interrogue por el corte de pelo y el beso.
—De acuerdo. ¿Podemos empezar de nuevo? —pregunta Jelena.
Liora asiente y traza con el dedo índice una línea imaginaria sobre su ombligo, indicando dónde quiere que le corten el pelo.
—Es una gran elección —dice Jelena—. Seguirá siendo largo y bonito, pero no tan pesado. Vamos a lavarte con champú y empezamos.