Los moretones han desaparecido.
—Buenos días, pequeño lobo —dice Ronan, deteniéndose frente a mí con esa mirada que parece atravesarlo todo—. Tus moretones ya no están. Y no es solo eso… hay un cambiaformas más fuerte latiendo en ti. ¿Tu loba hizo contacto?
Mi sonrisa vacila apenas un instante, pero él no me permite perderme en ese silencio. Sus dedos sostienen mi barbilla con firmeza suave, obligándome a alzar el rostro hasta encontrar sus ojos.
—Está bien si aún no lo hizo —continúa con calma—. Esto es progreso, Liora. Tu curación está funcionando. Es cuestión de tiempo para que se reconecte contigo. Y cuando vuelva, ella y yo saldremos a correr.
La idea de correr como loba enciende algo tibio en mi pecho. Asiento con un movimiento pequeño y mi sonrisa regresa sin esfuerzo.
Ronan siempre sabe exactamente qué decir para que el mundo deje de sentirse tan pesado.
Salgo de mis habitaciones con él y me entrega una dona. Le doy un mordisco enorme de inmediato, sin importarme el glaseado que seguramente ya me mancha la cara. Ronan suelta una risa baja, se acerca y limpia el azúcar con su pulgar. Después se lleva el dedo a la boca y chupa el glaseado con una lentitud que me roba el aire.
El recuerdo de la bañera de anoche me golpea de lleno. El calor sube por mi cuello y aparto la mirada, intentando esconder la vergüenza.
—No te preocupes, pequeño lobo —murmura él, divertido—. Si te llenas la cara de glaseado, supongo que puedo quedármelo.
Levanto la vista justo cuando estalla en carcajadas y muerde su propia dona.
Más tarde, en el campo de entrenamiento, el sonido seco de los pies golpeando la tierra marca el ritmo del lugar. Algunos cachorros observan con atención absoluta, absorbiendo cada movimiento, mientras otros practican con los instructores una y otra vez, como si el mundo dependiera de ello.
—Genial. Carson está aquí —dice Ronan—. Está enlazando mentes para preguntar si puede venir a molestarnos. Puedo decirle que no, si quieres.
Lo miro unos segundos y entiendo algo sencillo.
Si Ronan confía en él como beta y entrenador, quizá yo también pueda confiar… al menos un poco. Mientras Ronan permanezca a mi lado.
Tomo el teléfono y escribo: «Está bien, pero no solo».
—¿No solo? —repite, alzando una ceja.
Asiento.
—Nunca a solas con él. Podrías terminar en una pelea con cuchillos… o en una orgía durante el desayuno si se saliera con la suya.
Mis propios ojos se abren de par en par al leer lo que escribí. Las cejas casi me alcanzan la línea del cabello.
Ronan vuelve a reír, y por un instante breve, luminoso, el miedo se siente muy lejos.
Carson no llega caminando.
Carson aparece.
Un segundo el campo está lleno solo de polvo, gritos y golpes secos contra la tierra… y al siguiente, su presencia ya está allí, firme, inevitable, como si siempre hubiera formado parte del paisaje.
Algunos cachorros se enderezan al instante.
Otros fingen no mirarlo.
Nadie lo ignora de verdad.
Su energía es distinta a la de Ronan.
Ronan es fuego contenido.
Carson es filo expuesto.
—Alfa —saluda con una leve inclinación de cabeza, aunque sus ojos ya están recorriendo todo, midiéndolo todo, desarmándolo todo.
Después me mira a mí.
No es una mirada larga.
Pero es suficiente para sentirla como una mano presionando el centro del pecho.
Ronan da medio paso al frente.
Pequeño.
Sutil.
Territorial.
—Entrenamiento básico —dice con tono neutro—. Aún no está lista para nada más.
Carson arquea apenas una ceja.
No discute.
Eso, curiosamente, es peor que discutir.
—Entonces veremos lo básico —responde—. Lo básico bien hecho suele separar a los vivos de los muertos.
Un silencio corto cae entre los tres.
Tenso.
Delgado como hilo a punto de romperse.
Yo trago saliva.
Porque algo en mí…
algo muy profundo…
no siente miedo exactamente.
Siente expectativa.
Y eso me asusta más.
El primer ejercicio es simple.
Demasiado simple.
Equilibrio.
Respiración.
Postura.
O eso parece.
—Los cambiaformas débiles pelean con los músculos —dice Carson mientras camina a mi alrededor con lentitud calculada—.
Los fuertes pelean con el centro.
Los que sobreviven… pelean antes de moverse.
Se detiene frente a mí.
—Respira.
Obedezco.
Inhalo.
Exhalo.
—No así.
Su voz no sube.
No necesita hacerlo.
—Estás respirando como humana asustada.
Quiero que respires como depredadora que sabe que va a ganar.
Algo en mi espalda se endereza sin que lo piense.
El aire entra distinto.
Más profundo.
Más bajo.
Carson asiente apenas.
Ronan no dice nada, pero puedo sentir su atención clavada en cada cambio de mi cuerpo.
—Otra vez.
Respiro.
Esta vez el mundo parece… más nítido.
Los sonidos se separan.
La tierra huele más húmeda.
El viento tiene dirección.
Un cosquilleo leve despierta bajo mi piel.
No dolor.
No miedo.
Movimiento.
Carson lo nota.
Claro que lo nota.
—Bien —murmura—. Ahí estás.
Mi corazón late más rápido.
—No la fuerces —interviene Ronan, bajo, peligroso.
Carson ni siquiera lo mira.
—No la estoy forzando.
La estoy llamando.
Y esas palabras…
esas palabras caen dentro de mí como una piedra en agua profunda.
Porque algo…
muy adentro…
responde.
El siguiente ejercicio ya no es quietud.
Es caída.
Carson ataca sin aviso.
Un movimiento rápido, limpio, directo a mis piernas.
El mundo se inclina.
La tierra sube.
El aire desaparece de mis pulmones cuando impacto contra el suelo.
Un jadeo escapa de mi garganta antes de poder detenerlo.
Humillación caliente me sube al rostro.
Alrededor, algunos cachorros contienen la respiración.
Otros observan con una atención casi cruel.
Carson se agacha a mi lado.
—Otra vez —dice simplemente.
Ronan no se mueve.
Pero su lobo…
puedo sentirlo.
Barack está despierto bajo su piel, tenso como tormenta encerrada.
Me obligo a levantarme.
Las manos me tiemblan.
Las rodillas también.
—Otra vez —repite Carson.
Vuelve a atacar.
Esta vez lo veo venir…
un segundo antes.
No logro detenerlo.
Pero giro lo suficiente para que la caída no sea perfecta.
El golpe duele menos.
Carson sonríe.
No amable.
No cruel.
Aprobador.
—Eso —dice—. Aprender duele menos que morir.
Respiro con dificultad.
Pero algo dentro de mi pecho…
arde.
No de vergüenza.
De desafío.
La tercera vez no espero.
Cuando se mueve, yo ya me estoy moviendo.
Torpe.
Lenta.
Imperfecta.
Pero moviéndome.
Su mano roza mi brazo en el intento de derribo…
y por un instante diminuto, imposible, eléctrico…
el mundo se detiene.
Un latido distinto golpea dentro de mí.
Más profundo.
Más antiguo.
Más salvaje.
Un susurro sin palabras.
Un eco.
Ella.
Mi loba.
No la veo.
No la escucho.
Pero está…
más cerca que nunca.
La sorpresa me rompe la concentración.
Carson me derriba igual.
Caigo de espaldas, el aire escapando en un jadeo brusco.
Pero esta vez…
estoy sonriendo.
Carson lo ve.
Ronan también.
Y el silencio que sigue…
no es de derrota.
Es de inicio.
Carson se pone de pie y me ofrece la mano.
Dudo solo un segundo antes de tomarla.
Su agarre es firme.
Seguro.
Frío.
—Ahí está —dice en voz baja, solo para mí—.
La puerta.
Mi corazón golpea con fuerza contra mis costillas.
—¿Cuánto falta…? —susurro sin querer— para que vuelva del todo.
Carson sostiene mi mirada un instante largo.
Demasiado largo.
—Eso —responde finalmente—
depende de qué estés dispuesta a perder cuando cruce.
Un escalofrío me recorre la espalda.
Porque en el borde de sus palabras…
hay verdad.
Y peligro.
Siempre peligro.
Cuando suelta mi mano, siento inmediatamente el vacío del contacto.
Ronan se acerca entonces.
Su presencia me envuelve como calor después del frío.
No me toca.
Pero no necesita hacerlo.
—Suficiente por hoy —dice con voz que no admite discusión.
Carson no protesta.
Solo asiente, como si ya hubiera obtenido exactamente lo que vino a buscar.
Antes de irse, me dedica una última mirada.
No inquisitiva.
No dura.
Consciente.
Como si ahora supiera algo de mí…
que ni yo misma entiendo todavía.
Luego se marcha.
Y el campo vuelve a respirar.
Ronan permanece a mi lado en silencio unos segundos.
—La sentiste —dice al final.
No es pregunta.
Es certeza.
Mis dedos se cierran lentamente.
—Sí…
pero fue… apenas.
Ronan exhala despacio.
Algo en su expresión se suaviza… y se oscurece al mismo tiempo.
—Apenas es suficiente para cambiarlo todo, pequeño lobo.
Sus palabras caen suaves.
Pero pesan como destino.
Y en lo más profundo de mi pecho…
donde el eco aún vibra…
algo responde otra vez.
No con voz.
No con forma.
Solo con una promesa salvaje…