Cap 25

524 Words
Ronan El sonido del agua no es constante. Eso es lo que me delata. Las burbujas suben… se apagan… vuelven. Como su respiración. Estoy de pie en medio de mi habitación, completamente inmóvil, con la mandíbula tan tensa que me duele. No necesito verla para saber lo que está haciendo. Lo siento. En el pecho. En la espalda. En el bajo vientre. En ese punto exacto donde el vínculo, todavía sin nombre, tira como una cuerda invisible. Barack se agita dentro de mí. —No —gruñe—. No entres. Sus palabras no son orden. Son súplica. Porque si doy un paso más… si acerco la mano al pomo… no sé si podré detenerme. Ella gime. No es alto. No es exagerado. Es real. Y eso me destroza. El sonido atraviesa la pared y me golpea directo en la sangre. Mi cuerpo responde con una brutalidad que no le pedí. Me apoyo contra el marco de la puerta, respirando hondo, como si el aire pudiera apagar este incendio. —Tranquilo… —me digo—. Tranquilo. Mentira. El vínculo vibra. No habla, pero late. Como si algo dentro de mí reconociera exactamente qué está sintiendo ella. No imágenes. No pensamientos. Sensación pura. Calor. Necesidad. Un anhelo silencioso que no sabe a quién llamar… pero me encuentra igual. Barack suelta un gruñido bajo, denso. —Es nuestra —dice—. Y no lo sabe. Eso es lo que me frena. No quiero asustarla. No quiero que sienta que la invado. No quiero ser otro alfa que toma sin pedir. Pero maldita sea… luchar contra esto es como pedirle al mar que no suba con la luna. El agua se mueve de nuevo. La bañera responde con un murmullo más intenso, y su respiración cambia. Se vuelve más corta. Más rota. Mis dedos se clavan en la madera de la puerta mientras cierro los ojos. La imagino sin querer. No desnuda. Sino abierta. Abierta a sentir. A descubrirse. A reclamar su propio cuerpo por primera vez sin miedo. Eso me excita de una forma peligrosa. —No entres —repite Barack—. Si entras… no habrá marcha atrás. Otro gemido. Más profundo. Mi nombre no está en él, pero lo escucho igual. El vínculo tira con fuerza, como si quisiera cerrarse, completarse, sellarse. Me llevo la mano al pecho, respirando con dificultad. Siento el impulso de marcarla, de protegerla, de reclamarla… y al mismo tiempo, de arrodillarme y darle espacio. Nunca había sentido algo así. No es solo deseo. Es reconocimiento. El sonido del agua empieza a calmarse. Las burbujas disminuyen. Su respiración se alarga, temblorosa, como después de una tormenta que dejó todo revuelto por dentro. Y yo… yo sigo aquí. Entero por fuera. Destruido por dentro. Apoyo la frente contra la pared fría que nos separa, cerrando los ojos. —Buenas noches, pequeña loba —susurro, aunque no pueda oírme—. Descansa. Barack se aquieta, vigilante. El vínculo no se apaga. Solo se recoge… como una promesa peligrosa que sabe esperar. Y yo entiendo algo con una claridad brutal: Esto no es solo deseo. Esto es destino empujando desde adentro.
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