PELIGROSOS DESEOS

2982 Words
CAPÍTULO SIETE: SECRETOS Dios sabía que él a veces no recordaba, pero otras, parecía que su cuerpo tenía memoria y gritaban el nombre de ella. Se aferró a su cuerpo, como si de ello dependiera la vida, toda su vida, y ella no fue capaz de decirle que no. ¿Qué clase de brujería tenían sus labios? Ese primer beso lo había dejado queriendo más, y más, que, en ese punto, ya no podía alejarse. Maldición. Él tenía esposa. Él amaba a su esposa. —Por favor, no vuelvas a mí, por favor —aquellas palabras lo hicieron regresar a la realidad. Los ojos lloros de Zoy mientras que, en todo momento, ella había luchado por separarse de su boca, de sus brazos, entonces, la parte donde creyó ser correspondido ¿fue un recuerdo pasado? Lentamente la soltó, avergonzado al ver la tristeza en aquel hermoso rostro. Lagrimas corrían por sus mejillas, y estaba temblando, el causante de eso era él. Napoleón. —Yo, Zoy, perdóname. —Basta, ¿no te cansas de romper una y mil veces mi corazón? —gritó, pero solo él escuchó, dolido, trató de acercarse para tomar su mano, pero ella se alejó. —No. —Yo, dije que no volvería acercarme, pero estos recuerdos llegan... —Empezaré a creer lo que Iyali dice —siseó y los ojos de Napoleón fueron hacia su gemelo que estaba de pie, con los puños apretados y viéndolo con seriedad, un paso más y sabría que su hermano se lanzaría hacia él. —¿Qué es lo que dice? —Que haces todo para tu conveniencia y tal vez sea verdad —expresó—. Vuelves, cuando tienes problemas con tu esposa, vienes diciendo que tienes recuerdos, pero nunca cuentas que recuerdos, parece que solo quisieras una mujer para desahogar tus problemas maritales. —¡Zoy! —Y sabes que yo te amo, y que podría caer en tus redes, ¡Te aprovechas del amor que te tengo! —él vio la tristeza en sus ojos y sintió vergüenza por sus acciones. —Perdóname. —Vete ya de mi vida, déjame vivir, ya perdí muchos años deseando que vuelvas. Iyali se fue de ahí hecho una furia, golpeando con fuerza la puerta de aquella fría casa, ahí, resguardado estaba su hermano gemelo diciendo que no recordaba, ¿Cuánta verdad había en sus palabras, en su mirar? Y es que la verdad, siempre había sido un farsante que quería que todos pensaran que era bueno. No lo odiaba, era su hermano, pero no podía permitir todo lo que salía de su boca, como si fuera una blanca paloma, cuando Napoleón, nunca lo fue. La noche que él conoció a Zoy, Iyali ya la había visto horas antes y su gemelo lo sabía. Por supuesto, no dudaba de que se hubiese enamorado, pero sí, de lo que hizo ese día. Su padre había cerrado un negocio muy importante que lo sacaría de la empresa y podría jubilarse, como nunca, los tres hermanos estaban ahí, juntos. En la tarde fueron a comer, un restaurante que quedaba justo al frente de la discoteca, Iyali había salido al balcón a contestar la llamada y la escuchó, se reía a carcajadas con sus amigos, se veía tan hermosa que incluso había hecho que aquel hombre de carácter difícil se detuviera únicamente para escucharla. Ella caminó hacia él, pero nunca dejó de escribir en el celular, ni si quiera cuando chocó con su hombro. —¡Disculpa, soy una tonta! —su voz, él solo la miró—. Perdón. —No hay de qué —susurró, la joven rápido le dio una mirada, pero siguió su camino, como si él no la hubiese impactado tanto. —Por un momento creí que ninguna mujer podía dejar perplejo a Iyali Ocampos —la voz de su gemelo lo hizo gruñir—. La chica está en la mesa cinco. Iyali no le contestó, volvió su atención a la llamada, cuando regresó a la mesa, todos habían quedado en ir a bailar, él nuevamente cedió porque quería a su padre. Llegaron, pidieron una mesa, tragos van, risas vienen, David bailaba con su mamá mientras él y su padre hablaban de negocios, hasta que lo vio, riendo en la barra, algo le hizo ruido, dios sabe que sí, se disculpó con su padre y se acercó a la baranda. Napoleón estaba hablando con la misma chica que había dejado mudo a Napoleón, él lo sabía, maldita sea que sí, pero no le había importado. Ella le respondía de la misma manera... Hey, mira aquí arriba, fui yo con quien chocaste, quiso gritar molesto. No pasó mucho tiempo cuando Napoleón abrió su primer local de tatuaje, por supuesto, su padre no estaba de acuerdo, pero su madre sí, ella se volvía loca por todo lo que su gemelo hacía. Tampoco pasó mucho tiempo hasta que ella llegó, siendo presentada oficialmente como su novia. Suya, la chica que lo impactó, que lo enamoró con su risa. Zoy. Ese era su nombre y la ira hacia Napoleón creció, esa misma noche lo enfrentó. —¡Viste que me gustó! Tú te acercaste, tú la buscaste, tú, mi propio hermano... —¿De qué diablos estás hablando? —siseó Napoleón, empujándolo. —Tú viste que ella me gustaba cuando chocamos, lo sabías, ¿por qué te acercaste? —Porque me gustó verla bailar, lo intenté, te lo juro —falso, podía verlo en sus ojos—. Yo no vi que hicieras nada, creí que ni siquiera llamó lo suficiente tu atención. —Mientes, maldito infeliz —siseó antes de propagarle el primer golpe en la cara, ante eso, los gritos no se hicieron esperar, e Iyali no podría olvidar la mirada tan fría que Zoy le lanzó. Desde ahí siempre lo vio con recelo, pero también pudo ver que el amor de Napoleón hacia ella era sincero. Cuando anunciaron su boda, eso fue de los momentos más dolorosos que pudo pasar, ¿Cómo ver a la mujer que amas casarse con tu gemelo? ¿Cómo poder sobrevivir a eso? Ni siquiera pasó tanto cuando ella estaba pasando por su lado, luciendo tan bella, tan radiante y de la mano de su padre, siendo guiada hacía él, quien le robó la noche, el amor, la vida... —Napoleón y Zoy —suspiró el cura al verlos, Iyali tuvo que sostenerse de la silla, mientras su mejor amigo Oliver Maldonado, apretaba su brazo. —Amigo, ya está. —Ella se casa con el amor de su vida, el amor de mi vida se me va entre los dedos... —Amigo... Pero ni Oliver supo que más decir ante lo que sucedía, solo se quedaron callados mientras la pareja no se soltaba las manos, hasta que el cura le dio la palabra a ella para decir los votos, y eso fueron balas para un corazón que creyó estar congelado. Ellos se miraron como si no hubiese un mañana y luego se besaron, Iyali miró a otro lado, quiso decir que la noche fue mejor, pero empeoró, ellos estaban en su propia luz, su mundo y nadie parecía interrumpirlos. Había una complicidad única, e incluso al bailar, algo de lo que carecía Iyali, el bailar. Era un tipo agrio, como ella una vez molesta le dijo, lo aceptaba, pero estaba seguro de que si tan solo se hubiese presentado la oportunidad, él habría aprendido a bailar solo para verla reír. —Te toca bailar con la novia, Iyali —David, su hermano mayor y cómplice de Napoleón, sacudió su hombro. El aludido dejó la copa a un lado, soltó un ruidoso suspiro y avanzó en dirección hacia ella, al instante sostenía una de sus manos, alzó la quijada evitando sus ojos. Tan solo, si tan solo me hubieses visto, esta sería nuestra boda. —Luces triste. —¿Por qué estaría triste, señorita Soto? —siseó, nunca quería tratarla mal, pero era la única manera de proteger los pedazos que quedaban de él. —Vamos, Iyali, ¿no hay una sonrisa para tu cuñada favorita? —bajó la mirada, encontrándose con aquellos bonitos ojos y medio sonrió—. ¡Eso! —Te ves hermosa, Zoy. —susurró bajito mientras ella pegaba su cabeza a su hombro, podía parecer como si ambos fueran los novios, en su cabeza, en algún universo quería creer que así era. —Gracias. —Él se ha sacado la lotería. —Creo que he sido yo, la suertuda. —No, claro que no. —Aquello dejó con preguntas en el rostro de la joven, Iyali se atrevió a besar los nudillos de su mano, para después alejarse para no volver a girar. Estuvo con muchas mujeres, todas sabiendo que él no quería nada serio, lo veían como un hombre serio y clasista, cuando realmente trataba de caminar sin hacer tanto ruido, para que nadie escuchara los pedazos de su corazón que bailaban dentro de él. Seguía amándola, un sentimiento como el que tenía por ella no se iba fácilmente, aunque eso significara verla de la mano con él, pero fue más doloroso cuando por casualidad escuchó una conversación donde Zoy afirmaba querer ser madre, ¿tan joven? ¿de él? Se preguntó entonces si podría amar a ese bebé, si lo iba abrazar con la dulzura en la que abrazaba a su madre o lo iba a detestar de la forma en la que miraba a su padre. —¿Iyali? —la voz de David resonó en el bar de la casa de sus padres, otra fiesta, y ellos estaban ahí, felices, sin que las palabras del padre de los Ocampo pudiesen arruinar su mundo de caramelo. El hombre dejó la copa de licor en la mesita y fingió una sonrisa. —¿Sí, Davide? —No me digas así. —Es tu nombre —murmuró. Le caía mal, de muchas formas posibles, porque Davide siempre prefirió a Napoleón que, a él, un hermano mayor no debería tener preferencias, pero Davide las tuvo siempre. —Padre te llama, por supuesto, quiere mostrarte como su ejemplo. —Un poco de desdén en tus palabras. —¿Y cómo no? Si lo único que hace papá es refregarle tus éxitos a Napoleón. —¿Qué culpa tengo yo de la vida mediocre de Napoleón? Fue él quien dejó la carrera de artes, diciendo que su vocación era rallar pieles. Estúpido. —Tú no cambias, luego te preguntas de porque nadie te quiere cerca —Ahí estaba Davide Ocampos, el hijo mayor, el defensor de Napoleón, la uña de esa mugre... —No me importa, me ahorraría si dejaran de pedirme que venga a estas estúpidas reuniones. —escupió caminando a la salida, sin importar las palabras duras de Davide, ¿de qué se quejaba? No era como sí él fuera un santo. Avanzó hacia el living donde todos reían, fingió una sonrisa y trató de no ver a la feliz pareja. —¡Aquí está mi campeón! Ha ganado muchos casos esta semana, el nombre de Iyali suena por todos los juzgados —dijo con orgullo su padre, viéndolo con adoración, tal vez de esa familia, era su padre quien guardaba algo de amor sincero hacia él o tal vez lo veía como un premio que le gustaba lucir. Vio las caras de sus hermanos, de Zoy y su madre, sabiendo lo incomodo que se había tomado la conversación, porque cada que su padre tomaba, hacía eso, y refregaba el hecho de que Napoleón no haya logrado casi nada, pero ¿Qué era para él lograr mucho? Desde su punto de vista quien era un ganador era su gemelo. Trabajaba en lo que amaba, tenía sus locales, tenía su esposa, su casa, tenía todo lo que cualquier infeliz como él podría envidiar. —Me voy, tengo asuntos que tratar. —esa noche estaba cansado de fingir que todo le valía, de fingir que era grandioso, pudo ver en el rostro de los demás el alivio reflejado. Las siguientes fiestas familiares no fueron, tenía buenas excusas, hasta que se hizo costumbre visitar a sus padres solo cuando la pareja no estaba. Una noche, cuando estaba en su casa revisando los papales para su siguiente caso, el teléfono de su departamento sonó, lo tomó y contestó: —Iyali Ocampos. —¡Iyali! ¿por qué no contestas el teléfono? —la voz preocupada de Davide hizo que el hombre mirara el teléfono viendo todas las llamadas perdidas, se sorprendió. —¿Qué sucede —Es Napoleón y Zoy, tuvieron un accidente... Eso fue suficiente para terminar corriendo en dirección al hospital, buscándolos con desesperación, ambas familias estaban ahí, pero era su madre quien estaba rota en los brazos de su padre, ¿Qué diablos había sucedió? Cuando se acercó, Davide y Cleyton se acercaron, el segundo era hermano de Zoy. —Tuvieron un accidente en la panamericana, Zoy tiene algunos golpes, pero está bien —soltó un suspiro aliviado sintiendo la mirada de Cleyton—. Pero, tu hermano... —¡Iyali! —la voz de su madre lo hizo avanzar, los ojitos rotos de ella y él no tuvo corazón para negarle un abrazo, ahí, la rubia se rompió en llanto—. Iyali y Napoleón, aquellos que se protegían las espaldas, que se..., ¿por qué no estuviste ahí? ¿por qué no lo protegiste? —Mirta, basta, Iyali no tuvo nada que ver. —¿Alguien me puede explicar qué diablos está sucediendo? —Fue un accidente de tránsito, el camión era conducido por un borracho que embistió el carro de Napoleón —Nikita habló, serio, triste, abatido—. Zoy salió con menos heridas, pero tu hermano no ha sufrido un paro cardiaco y fue conducido al estado de coma. Lo detestaba, era cierto. Pero, aquello lo golpeó con demasiada fuerza, se tuvo que sostener de la pared porque todo le dio vueltas, tal vez fue la primera vez que Iyali demostraba afecto hacia su hermano, ese que estaba en una camilla mientras alrededor ya lloraban su muerte. La siguiente semana, Zoy exigió estar ahí, con él, importándole muy poco sus heridas. El amor que ella tenía hacia su hermano era enorme, tan grande, que nadie podría contra eso. Ese día no fue al hospital, estaba dejando de lado su trabajo, enfrascándose en una tristeza muy poco común en él. Durmió, se bañó y estuvo en el juzgado, cuando terminó, Davide lo llamó diciendo que Napoleón había despertado, pero con un serio problema. Él no recordaba a Zoy. No lo creyó, era imposible, como un hombre como Napoleón no podía recordar a su mayor amor, ¿Cómo podría? Era una mentira, aquel hombre amó tanto a Zoy que puso su vida en riesgo, para protegerla, ¿olvidarla? Imposible. Pero lo vio, nadie le mintió, sus ojos carecían de brillo hacia ella, su mente se había quedado tres semanas antes de conocerla, antes de arrancarle al amor de su vida. Él no recordaba nada, ¿Cómo era posible? Quería golpearlo por despertar y lastimarla, por hacerla llorar. —No puedo. —¿Disculpa? —el asombró estaba pintado en aquella pregunta. —No puedo alejarme, no puedo, no quiero —confesó sabiendo que eso era egoísta—. Bailas en mi cabeza, ríes, me besas, ¿Cómo quieres que no esté cerca de ti? Es desesperante verse envuelto en recuerdos que parece que no me pertenecen, pero que hacen que vuelva a ti de una manera enferma. —Basta... —Zoy. —Lo tuyo es egoísmo, ¿Por qué nunca lo vi? —No le creas a Iyali, es un doble cara ¡Él siempre miente! —¿Y tú no? —¿De qué hablas? —preguntó confundido, sin querer soltarla, pero ella se sacudió. —Un día antes del accidente, tuvimos una discusión, mentiste sobre el trabajo, mentiste sobre las horas, ¿Por qué he de creerte ahora? —Porque... —Vete, no vuelvas, nos divorciamos, nuestra vida juntos terminó. —él tiró de ella, la abrazó sin importarle el daño que le causaba, sin importarle como lloraba en sus brazos. Perdón, Zoy, quiso decirle cuando cerró los ojos, volviendo hacia un recuerdo que tuvo hace unos meses, cuando empezó. —¡Estás haciendo tonterías, Napoleón! —Davide siseó, molesto. —No pude, tenía que hacerlo, yo... —¡Pudiste pedir ayuda! —¿A quién, a Iyali, a mi padre? ¡Por dios santo, David! —gritó molesto, mientras otra noche, se quedaba hasta tarde en el local. —Somos tu familia. —Mi padre buscaría la forma de hacerme pagar esto e Iyali tendría la oportunidad burlarse toda la vida. —Napoleón. —¡Por un demonio, fallé y lo resolveré! —estalló, viendo las cuentas en la mesa—. Es un error, lo comete cualquiera. —Hipotecaste la casa de Zoy y tuya, ¿Dónde está el error —Ella va a sufrir. —Debiste pedir ayuda, ¿Qué harás ahora? —Pediré un préstamo. —¿Otro? Mejor acepta el trabajo de papá, hasta que puedas mantener otra vez el local, anda, yo hablo con él... —¿Tú también crees que elegí algo estúpido, Davide? —inquirió viendo a su hermano, éste estaba cansado, la corbata desecha y la camisa arrugada, largas horas de trabajo y viniendo con él para tratar de solucionar sus problemas. —No. Por supuesto que no. —Entonces guárdame el secreto, voy a resolverlo. —Estás jugando con fuego, hermano, cuidado y te quemas. —No lo haré. Sé lo que hago. Napoleón abrió los ojos justo en el momento que fue arrancado de los brazos de Zoy, el hombre se sorprendió al ver al mellizo de ella, molesto, más de lo habitual, no venía solo. Parecía ser la semana en la que los Soto lo golpeaban. Lo merecía.
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