Era un maldito obsesivo, cuanta verdad tenía su hermano y amigos, seguía cada paso que daba Zoy, cada logro y también las tantas veces que había pisado el hospital. Había mentido al guardia de seguridad del hotel diciéndole que era Iyali y sus temores se hicieron verdaderos, su hermano gemelo ya había estado ahí y no solo eso: Zoy salía gustosa con él, los había visto en el parque, hablando por horas, sonriendo, como si ellos se conocieran de años. ¿Lo hacían?
Gruñó cuando vio la hora en su celular y eran pasadas de las diez, un miércoles. ¿Qué puede hacer un día de semana tan tarde? Estaba perdiendo la razón, la cordura por aquella mujer que había calentado su cama, su corazón y sus dedos por recuperar aquellos recuerdos que la unían a ella.
Se puso alerta cuando un auto se estacionó y un hombre alto salió, rodeó el vehículo y luego abrió la puerta del copiloto, era Zoy, saliendo y llevando en sus hombros un abrigo grande. Claramente no era de ella. El hombre tenía las manos en la espalda y la miraba, rieron de algo y cuando se detuvieron su mujer le entregó el abrigo, el hombre se acercó dejando un beso en su frente. Pero quería más, todos los hombres que se acercaban a Zoy querían más.
La vio diferente, pero ¿qué? Llevaba meses siguiendo sus pasos, viéndola con desesperación y queriendo tenerla a su lado otra vez. Había buscado un abogado y había empezado hablar de divorcio, no podía seguir haciendo sufrir a su esposa, no podía vivir así, atrás de la mujer que amaba, siguiéndola y no teniéndola en sus brazos.
Cuando el hombre se fue, Napoleón aprovechó para bajar con rapidez y acercarse, pasó su mano por el brazo de ella haciéndola girar, Zoy se giró asustada y luego se relajó al verlo, pero el alivio no duró mucho. Nada. Su mirada fría lo congeló y tuvo miedo. ¿La estaba perdiendo?
Se mantuvo ahí, en silencio, observando cada paso como todos los días después de que salía del trabajo, siempre tenía suerte y llegaba antes, agradecía eso.
¿Su matrimonio? Iba de mal en peor, por muchas razones, una de las principales es que Amanda seguía sin quedar embarazada y todo el día andaba de mal humor, ya ni siquiera iba a trabajar, había caído en depresión y Napoleón no sabía como aliviar, o tal vez sí, pero no quería hacerlo, no tenía el valor para acercarse y menos decirle, que los recuerdos con Zoy era más fuertes, mucho más fuertes.
Hace dos días, cuando Amanda lo había llamado diciéndole que la prueba de embarazo le había salido negativa, él se había ausentado en el trabajo, mareado, cansado y de nuevo el intenso dolor de cabeza.
¿en qué momento había empezado a llorar? ¡Miserable!
El amor nos hace tontos, inútiles y fáciles de ser heridos.
Pero también dice que amar nos hace buenos, sensibles, pero cuando rompen nuestro corazón nos hacen las bestias más temibles.
— ¡Estás loco! —ella gritó con una sonrisa en la boca y sosteniendo tulipanes. Sus ojos brillaron cuando vio la pequeña casa del campo, casa que recién había empezado su construcción.
Napoleón había comprado el terreno hace unos meses, había puesto el lugar a nombre de ambos y había pedido material, conseguido un arquitecto, y ahí estaban en lo que sería su refugio en poco tiempo. Era una opción desde el principio, en el campo, lejos de la atareada ciudad y él contantemente venía por el movimiento de su trabajo, él estar alquilando habitaciones en hoteles, el hecho de que Zoy se quedara sola o que pasara tiempo encerrada a veces no le gustaba.
Ahora tenían un lugar, donde ella podría ir trayendo sus cosas, podría salir y traer amigos. Algo suyo, aunque era humilde, pero era suyo.
Napoleón la abrazó, ella era pequeña, llegaba a su pecho y menudita. Besó su cuello y ambos miraron la casa en construcción, y siendo rodeada por grandes árboles, escucharon risas de niños que vivían cerca y un suspiro escapó de su garganta. El amor era adictivo, un momento estás viajando solo, comiendo solo y pensando en un futuro sin nadie más, en el otro en cada viaje, en cada almuerzo y momento te vez con esa persona, ni siquiera sabes cómo sucedió o como le diste la llave de tu vida. Pero ella ya está ahí, riendo dentro de tu pecho, y haciendo el hombre más feliz que pueda existir.
Los meses era emocionantes para ellos, en especiales los quince, ya que eran los días que viajaban juntos para ver el avance de la casa, para finales de octubre, cuando estaban cumpliendo otro año de relación, la casa ya estaba lista, ahora solo quedaba que ambos la decoraran a su gusto.
Napoleón sostuvo las llaves que ahora tenía un pequeño llavero de un gato pelirrojo, un regalo de Zoy que vio en el pueblo y automáticamente dijo que era él. El tatuador la vio lanzar un grito al recorrer la pequeña casa del campo y luego lanzarse al suelo para llenarlo de besos, gritando y riendo, él sin duda se unió a ella, abrazados viendo el techo blanco. Acabado. Su casa ya estaba lista.
— ¿Y si nos mudamos ya? —Inquirió Zoy en voz baja mientras descansaba su cabeza en el pecho de su prometido, él besó su frente y sonrió ante su pregunta—. ¡Amor, no te rías!
—Mi amor, vivimos en la gran ciudad, trabajamos allá. ¿Cómo lo haríamos? —él volteó a verla, los ojos de su prometida brillaban con intensidad, él soltó un suspiro y sonrió—. Empecemos con decorarla, ponerle un sistema de seguridad bueno y luego veamos a donde nos lleva. Tal vez el próximo año en verano nos estemos mudando.
La chica soltó otro grito de felicidad y su esposo se echó a reír por sus gritos, y esa noche, entre besos se juraron un amor eterno, y una familia. Estaba siendo bendecido.
— ¿Señor? —La voz de Baby lo hizo salir de sus recuerdos, aclaró su garganta y le dijo que podía entrar, la puerta se abrió y él olisqueó un suave aroma—. Flores, Napoleón y en la línea está David.
Napoleón quiso reír ante eso, le pidió que se retirada y se llevó el teléfono al oído, escuchando la respiración de su hermano, no habían podido hablar muy bien, pero, ahora mismo su llamada era un respiro. No había ido a ver a su familia, era caótico porque eran muchos problemas, pero este mes ya tenía cubiertos las primeras cifras para cubrir ese dinero que había sacado, por supuesto, él no lo recordaba, pero ahí estaba su firma.
¿En qué diablos se había metido?
—Me has enviado flores, huelen bien. —Dijo Napoleón y Davide pudo descubrir la burla en su voz—. ¿A que debo tu llamada y las flores?
—Se acerca tu cumpleaños —contestó su hermano mayor.
Lo había olvidado por completo, incluso tuvo que acercarse para poder ver el calendario y sí, mañana exactamente era su cumpleaños, ¿Cómo pudo olvidarlo? Su cabeza era toda una mezcla de sueños, recuerdos y nada de realidades.
— ¿Tienes algo en mente?
—Tu esposa está organizando una gran fiesta entre las personas con plata —soltó y Napoleón hizo una mueca—. Te aviso para que te hagas el sorprendido y no el amargado.
—Odio las fiestas así y más sin son sorpresas —murmuró bajo, sentándose y quitándose los guantes de látex, miró la hora, en un rato tendría otro cliente—. Zoy solía hacerme bonitos cumpleaños.
—¿Otro recuerdo? —preguntó Davide—. Puedes contármelo, así podré decirte si es real o si, solo es parte de tu imaginación.
—No estoy loco.
—Actúas como tal.
—¿Qué debo hacer?
—Dejarla ir.
—¿Quieres qué te cuente el sueño o no?
—Por supuesto. —Davide cambió el tono de su voz.
—Ella había salido de sus clases, llevaba un vestido verde oliva y el cabello recogido, algunas ondas caían alrededor, se veía tan bonita —suspiró y Davide temió por su hermano, ¿hasta dónde podría llegar? —. Ella sabía que odiaba los cumpleaños sorpresas, pero, me dijo que ese no era cumpleaños.
>>Llegamos a una discoteca al estilo vintage, ella estaba riéndose de mí, la muy canija y después estaban mis amigos, mi familia, nadie me dijo feliz cumpleaños. De un momento a otro, sonó...—susurró y su voz se aclaró para cantar—. Y hoy soy guardián de sus sueños, mi amor, la quiero a morir...
>>Entonces ella tomó mi mano y me llevó a la pista de baile, es muy buena bailando y yo, creo que no me quedo atrás, porque la seguí, como un tonto. Nuestros cuerpos se tocaban y se movían a sintonía, pero no éramos los únicos bailando, estaban todos y tú, bailando horrendamente. Madre reía en brazos de papás, se veía realmente feliz en brazos de papá e incluso él rapó, haciendo reír.
>>Nunca paramos de bailar y tomar, Zoy bailó con todos e incluso Iyali, aunque él no sabía bailar, pero le enseñó. Ella volvió a mí, colgándose de mi cuello, mientras nos movíamos al ritmo de la música y me dijo: Feliz cumpleaños, amor mío. Y fue todo, lo último que recuerdo fueron risas, nadie me felicitó, nadie me dio regalos, fue uno de los tantos hermosos cumpleaños a su lado...
—Napoleón...
—¿Fue mi imaginación?
—No, fue real, sucedió —Davide dijo en voz baja—. Al otro día comimos ceviche, y seguimos tomando, pero en la playa, la pasaste muy bien, yo tengo esas fotos.
—¿Podrías enviarme fotos?
—¿Para qué? —se cansó Davide—. Tú estás casado con Amanda, olvídate ya de Zoy.
—Mi corazón dice que no, David, no puedo —susurró bajito—. Por favor.
—Ahora te las envío.
—Gracias. —Su hermano cortó y Napoleón se sentó cómodamente esperando las fotos y al instante le mando un enlace, ingresó y era el f*******: antiguo, ese que no lograba recuperar porque se había olvidado de su contraseña.
Tragó saliva y empezó con la primera foto, donde él estaba vistiendo de n***o a excepción de la camisa blanca, que como nunca, llevaba. Tenía una sonrisa en la boca, pero él miraba a un lugar exacto, la siguiente foto era la misma, pero era panorámica, ahora se podía ver a quien él observaba con tanta emoción.
Zoy.
La miraba mientras ella hablaba animadamente con sus hermanos, sin fijarse en la cara de Napoleón, las siguientes fotos eran de la fiesta, bailando, en todas, él estaba riendo, siendo feliz, brillando como nunca lo había sido.
Sus ojos estaban reluciendo, realmente ese cumpleaños había sido el más feliz para el hombre. Vaya que sí.
Napoleón soltó una carcajada y talló sus ojos por las lágrimas que se habían acumulado en ellos, la felicidad. Las primeras veces que había visto las fotos, no había sentido aquel cosquilleo, y ahora su corazón estaba resplandeciendo, volviendo a latir.
—Estás aquí, recibí esta invitación —la voz fría de Iyali lo hizo levantar la mirada, su hermano estaba ahí, trajeado como siempre, y recordó entonces cuando lo vio con su esposa.
—Es por mi cumpleaños, me harías un enorme favor si no vas. —Napoleón se puso de pie, observándolo—. ¿Me cumplirás ese deseo?
Iyali esbozó una sonrisa falsa, negó, divertido.
—Ahí estaré, por supuesto, quiero verte ser infeliz en el circo de Amanda —dijo—. Dime algo, ¿tu esposa no siente vergüenza de ti? Llegas borracho, amas a otra mujer y la acosas.
—¿Acoso?
—Sí, acoso —escupió las palabras—. ¿Crees qué nadie sabe? ¿Qué mierda está pasando por tu cabeza?
—Es mi mujer.
—No, ella no tiene ni un solo parentesco contigo.
—¿Y eso te da derecho de acercarte, de buscarla? —aquello lo sorprendió, no tuvo que pensarla tanta hasta que se dio cuenta de las palabras de su hermano.
—La estás siguiendo, ella puede ponerte una denuncia por acoso —murmuró con seriedad—. Y yo, te juro, seré su abogado.
—¿Por qué, quieres ganar puntos? —una sonrisa bailó en su boca, mientras se acercaba—. Aléjate tú de ella, enfermo.
—Espera, tú la persigues, ¿y yo soy el enfermo?
—La has deseado, la has amado siempre ¡Maldito traidor!
—No es enfermo amar a alguien, pero lo que haces tú, sí es enfermo.
—No entenderías ni, aunque te lo expliqué con piedras, Iyalil. ¿Qué miércoles haces aquí?
—Zoy también recibió la invitación, toda la familia. —Iyali señaló con frialdad y Napoleón soltó una carcajada ronca, amarga, eso era una maldita broma. ¿Por qué Amanda estaba haciendo eso? Aunque también podría ser el padre de ella, era una buena persona, creyó...
¿A caso no le había dicho que Zoy era su exesposa?
Napoleón tomó el teléfono e Iyali se puso cómodo, porque quería ver como lentamente su hermano perdía el control.
—¿Amanda? —preguntó Napoleón y escuchó su respuesta, junto con un cariñoso apodo—. ¿Por qué has invitado a la familia Soto Miranda?
—¿Y por qué no? Mi padre los amó y su familia tiene un grado de influencia, puede beneficiarnos.
—¿Olvidas mis lazos con esa familia?
—No los olvido, porque ya no tienes ningún tipo de lazos con ellos —siseó su esposa—. Deja de hacerte ideas, si vienen muy bien y sino, que mal, habrá una gran ausencia.
Ironizó.
—Retira esas invitaciones.
—Eso sería algo descortés.
—Entonces no iré.
—¿Estás seguro? Mi padre como regalo te dará algo monetario, en tu situación tan crítica, es necesario que estés presente —murmuró con frialdad la mujer—. No estás para negativas, cuando a tu padre le debes mucho dinero.
—¿Qué estás haciendo, mujer?
—Devolviendo un poco de lo que me has dado.
—Ay, Amanda —no espero contestación porque su esposa ya había cortado la llamada.
—Debo decir que pasaste de una esposa empática, de buen corazón, a una calculadora y que tapa tus mañoserías —la voz de Iyali le recordó que estaba ahí—. Una mujer que fácilmente no te dejará, créeme, y siento pena.
—¿Tú? Estas feliz de mi miseria.
—No, de hecho, me hubiese gustado otro escenario —la voz de Iyali cambió—. Me hubiese gustado ser amigos, pero siempre te esforzaste en arruinar cada buen momento que tenía, dios fue agradecido con alguien que no lo merecía y mira..., esa mujer te hará pagar cada cosa que nos hiciste pasar.
—Hablas como si tú fueras el santo.
—No lo soy, pero al menos yo no trato como basura a otros —le dijo en un susurro—. Como tú, con nuestros padres.
—¡He cambiado! —Napoleón caminó hasta quedarse atrás de su gemelo, le dio un apretón de hombros y luego se quedó a su lado, mirándose al espejo. Uno con tatuaje y ropa deportiva, el otro sin tinta, traje y mirada sombría. Ya ni siquiera físicamente parecían gemelos.
—No, sigues siendo el mismo que se burló de mí cuando te dije que estaba enamorado de Zoy —susurró—. El mismo que se burló cuando aspiraba a una relación con Ximena, y fuiste a declararle tus faltos sentimientos. Sigues siendo el mismo que al ver que Zoy poco a poco sale de la oscuridad, más la introduces, feliz. No, hermano no has cambiado.
Napoleón dio una mirada al lugar, un buen lugar, no había fotos como solían haberlas cuando él estaba con Zoy, no había nada que garantizara que estaba casado, salvo ese anillo en el dedo.
—Ves, sigues siendo el mismo.
—Eres un rencoroso, fui joven cuando Ximena me eligió.
—Claro, ella gustaba de mí como yo de ella, pero dijiste que era un nerd gay —escupió enfrentándolo y Napoleón vio la rabio en los ojos de su hermano—. ¿Crees qué no supe de eso? Tú siempre hiciste que mi vida estuviera llena de piedras, incluso cuando creciste. Incluso con Zoy...
—¡Ella me miró a mí, se enamoró de mí, de mi personalidad!
—Tú le mostraste un lado romántico, tal como en los libros —sonrió—. Flores, desayuno, recogerla, tú ni siquiera cocinabas para ti, salvo si era preparar un porro. Tú no eres bueno, deja de mentirle al mundo.
—Pareces mi peor enemigo.
—Dios sabe que no, pero no puedo permitir que vivas engañando a la gente —después de eso, Napoleón sonrió e Iyali se lo esperó—. Siempre fuiste a sí, de niño matando animales, de grande rompiendo el corazón y si comienzo a indagar, podría averiguar que aquel accidente fue causado porque te aburrió la vida de casado.
—¡Que mierda hablas! —gritó golpeándolo, pero Iyali se dejó—. ¿Qué tonterías estás diciendo?
—La verdad —susurró—. Soy tu gemelo, he sido tu sombra, se todo de ti. Y sé que, tú siempre te has fingido, ya varías veces lo hiciste. Ahora, al ver que Zoy avanza, la quieres, pero ¿hasta cuándo?
—Si que te has creado un cuento en la cabeza eh.
—No, solo te digo quien realmente eres —escupió Iyali poniéndose de pie—. Vas y le dices al mundo que eres un pobre, cuando realmente eres un mentiroso, uno muy peligroso.
—lárgate de aquí.
—Luces fatal. —le contestó Iyali al ver como la máscara empezaba a caer.
— ¡Vaya, gracias por ser sincero! —ironizó aun con la mano levantada hacia la puerta, por el cristal pudo observar le rostro consternado de Baby por la pelea —. La vida no ha sido agradecida conmigo, ya ves, me cargó con años y me cargo a ti encima.
—Aléjate de Zoy, Napoleón.
—Aléjate tú, enfermo, ella nunca te hará caso —ironizó—. ¿Te has visto? Ella odia los tipos como tú.
—Pero al menos yo no soy una mentira, yo me muestro tal y como soy. —el abogado fue franco y Napoleón apretó los labios, Iyali siempre había sido tan directo que se había olvidado de usa protección ante sus palabras.
— ¡Aléjate de la mujer que amo!
Lo dijo, lo gritó en voz alta y luego tapó su rostro con furia, con dolor. El amor te hacía miserable. ¡Maldita sea, la quería, quería a su esposa otra vez!
Él ya no era bueno, ni siquiera para la mujer que ahora era Zoy
—Pues cambia tus prioridades, tú ya estás casado y en cualquier momento serás padre —Iyali avanzó hacia la puerta para irse, pero no antes, decirle: —. Tú la abandonaste, supera eso y deja de hacer sus días un infierno, ya los Ocampos hemos sufrido, déjala ya.