Amanda con sumo cuidado abrochó los botones de la camisa celeste que Amanda llevaba puesta, luego la ayudó a sentarse para que pudiera atarle los zapatos lento, como si estuviera disfrutando el tiempo y tal vez era así. Él lo hacía.
― ¿Ya no podré verte más? ―inquirió ella con su prominente vientre, Napoleón pasó su nariz por ahí, ambos habían deseado que fuera una sorpresa, pero ya tenían en mente dos nombres. El tatuador soltó el aire contenido y la miró, sus ojitos bonitos, lo quería, desde que volvió a verla había despertado emociones en él desconocidas, se disculpó por no llegar a su ansiada cita, y era verdad, él había conocido primero a Amanda, pero él había amado primero a Zoy y era algo que no se iba a cambiar, por más que su memoria se haya ido.
Su corazón se hizo más pequeño al recordar como Amanda lo había amado y él no había podido devolver esas ganas, ese amor que aquella mujer extraordinaria lo merecía. Ahora la vida de ella había cambiado rotundamente, esperaba un bebé y en las manos de ambos estaba la carta de divorcio. Vida difícil, dura para ambos, pero más para ella.
Napoleón le había prometido no dejar al bebé sin un padre, haría todo por enmendar sus errores, en especial con una criatura que tanto amaba.
Zoy.
Cuando se mencionaba la palabra familia él solo podía pensar en ella, en que Napoleón siempre quiso una familia con esa mujer especialmente, nadie más, ¿Cómo su cerebro pudo eliminarla? Con solo recordarlo, sufría.
―Está también es tu casa, Amanda, debería irme yo.
―Lo sé, pero es tan grande, no podía estar aquí sin recordar lo que perdimos ―ella susurró con la voz ronca, ella lo abrazó, recogiendo su aroma por última vez, ¿ya no serían otra vez uno? No, mucho menos cuando hace dos semanas él se había presentado serio, diciendo que deberían divorciarse, había sufrido, llorado y todo, pero nada lo hizo cambiar de opinión, nada lo hizo retroceder, él ya había tomado su decisión.
Amanda se alejó y soltó una risita y al escuchar la voz de la madre de Napoleón, bajó las escaleras y el rubio soltó un suspiro al ver la habitación que había sido decorada únicamente para el bebe, con colores neutros, con sus juguetes, todo lo que él no había tenido cuando nació. Realmente quería ser padre, realmente quería que naciera en una familia bien constituida, pero sabía que solo haría que Amanda viviera un infierno, porque ella siempre le pediría más y él no podía dárselo.
―Ya llegaron hijo, vamos ―su padre, se acercó con cautela. Sus ojos oscuros también brillaban de tristeza, porque no podía negar que tener a Amanda y su embarazo lejos era doloroso, era su primer nieto, quería verla cerca y ahora no sabían a donde ella se irá, tristeza era un sentimiento que se había quedado instalado ahí―. Ya llegaron por Amanda, su padre está bastante serio.
―Yo quería que se quedara conmigo papá...―Napoleón se quejó―. Pero no de la manera que ella quiere, lo intenté, no pude, no pude.
―Lo sé, lo sé ―repitió en voz baja dando unas palmadas en la espalda del muchacho, quien se aferró a su cuerpo, sin querer soltarse, nunca se había tenido esa cercanía con él, pero era agradable tenerlo tan cerca.
Napoleón era un muchacho fuerte, mucho, y había cometido errores, se preguntó que pasaba por su cabeza, que sentía, pero no lograba entenderlo.
Ambos bajaron después de lavarse el rostro, de mirarse al espejo y ver que no se notaba que habían soltado una que otra lagrima, no querían verse mal frente a Amanda porque eso la pondría peor, con una corta sonrisa bajaron viendo a todos ahí, menos a Iyali. Su exesposa abrazaba a la madre de él, sin querer soltarla.
―Estará bien, mandaré fotos seguido para que vean el avance.
―Lo sé querida, sé que lo harás. Cuídate y cuida a mi nieto o nieta.
―Napoleón, espero estés bien ―seriedad y tristeza en los ojos del padre de Amanda, tal vez deseó mucho que fueran una familia, él conoció a Napoleón de chico, lo vio ser alguien bueno, pero ahora todo lo opuesto, no quería creer lo que los demás decían de él, pero eran rumores fuertes.
¿Debía agradecer que ya no estuviera con su hija?
―Gracias por todo y disculpa.
―No me debes disculpas a mí, Napoleón, le fallaste a mi hija, a ella pídele perdón ―dijo con amargura mirando a otro lado, todo se torno denso, nadie intervino porque al final de cuentas ahí había mucha razón, Napoleón tenía que pedir perdón.
Hablaron un rato más hasta que llegó la hora de la partida, él se inclinó para dejar un beso en la frente de Amanda, sintiendo el dolor en el pecho, ella lloró mientras aferraba sus manitos en su camiseta, no quiso soltarla, pero era necesario hacerlo.
―La casa es tuya, y cuando quieras venir, estaré esperándote.
―Nos mantendremos en contacto, así podremos gestionar las citas con el doctor ―Amanda dejó que Napoleón le diera un beso a su pancita, ahí donde estaba su hijo y luego se fue, él salió para ver el auto alejarse viéndolo partir, llorando y sacudiendo su manito en su dirección, él aspiró profundo y lo dejó ir. ¿Así debía ser en general? Dejar ir, aprender a vivir con la ausencia de los demás, continuar, aunque duela.
Se despidió lo más rápido posible de sus padres, puso la excusa que tenía que estar en el local, saludó a Baby y preparó todo para el primer cliente, su única manera de poder olvidar el hecho de que Amanda estaba fuera de su vida era trabajando, perdiéndose en lo que tanto amaba para olvidar.
Se puso los audífonos y antes de empezar, puso una canción de Pablo Alboran, Juan Carlos, un conocido estuvo ahí mientras tatuaba y luego se sumó su compañero, quien también tatuaba a su lado ya que él no se daba abasto con tantas personas que querían tatuarse. Todos alrededor hablaban, reían, pero por primera vez se sentía inquieto, perdido incluso. El que Amanda se hubiese ido no era un dolor que se iba a ir tan rápido, y tampoco podía olvidar las palabras duras que Sara había arrogado a él días atrás.
― ¡He, Napoleón! ―gritaron y sonrió cuando desde arriba Davide lo saludó, pero no se percató de que también estaba Zoy, había sido invitada aquel almuerzo, él no.
― ¿Qué haces aquí? ―el rubio cerró la puerta del baño pero queriendo más de lo que había visto, nadie le había dicho que Zoy estaría ahí, mucho menos cambiándose la camisa en el baño.
―Yo, no sabía que estabas aquí...―tartamudeó y retrocedió, ¿Qué haría ahora?
―¡Las luces están encendidas! ¿Por qué no golpeas?
―Vamos, Zoy, no es que no haya visto eso...
―Maldito idiota.
―¿Qué está pasando? ―Iyali avanzó con una camisa en manos, al ver a Napoleón una mueca se formó en su cara. Napoleón estaba molesto consigo mismo, debió tocar, debió hacerlo, y también debió cerrar la boca y no soltar esos comentarios.
―Perdón, Zoy. ―forzó una sonrisa y retrocedió dos pasos más para después alejarse. Cuando iba a girar la escuchó, claro, palabras que se quedaron grabadas en su cabeza y también en su corazón.
―Napoleón ya no me gusta, no me cae, no lo quiero cerca. Es mejor que me vaya si él está presente ―dijo la joven con molestia, trago duro ante esas duras palabras y desde ese día había evitado buscarla.
¿Ella ya no lo amaba?
Sacudió su cabeza ante los recuerdos, y siguió tatuando, concentrándose en el búho de ojos azules que debía quedar perfecto, la chica hablaba emocionada, pero él estaba muy apagado.