Mi romance oculto con Edward continuó tras pasar el tiempo, un buen tiempo. Estaba enamorándome de él como nadie. Me hacía bien estar con su presencia, me hacía olvidar los tortuosos días de ver a mi madre Solana cada vez peor.
Me hizo conocer lugares fabulosos de la ciudad que eran ilegales pero hermosos, conocí más a fondo a sus amigos que siempre tenían un humor oscuro y hasta a veces siniestro, pero nada me importaba.
Una de las últimas noches me entregué a Edward, por primera vez. Él al estar informado de mi situación se comportó como lo más dulce y cuidadoso, creo que nunca me la olvidaré.
Una tarde calurosa, mi padre Baron llego a casa devastado, me le quedé observando en silencio, sabía lo que estaba pasando. El ni siquiera levantó su mirada para mirarme, solo corrió a mí y me presionó en sus brazos y corrompió en llantos. Me quedé inexpresiva durante unos minutos, sabía que era el final de mi existencia, mi madre se había ido. Cerré mis ojos con presión y un dolor emergió muy dentro de mi ser, algo inexplicable, algo que me derribó al suelo de rodillas, mi padre me sujeto y se acuclillo frente a mí con sus ojos hinchados.
—Lo siento mi amor.
—Que haré sin mamá —advertí con la voz temblorosa, mi padre cerró sus ojos—. Papá, que haré —mi voz apenas salía.
—Debemos ser fuertes. —me volvió a abrazar.
Estaba en mi habitación, sentada al borde de la cama, había perdido la cuenta del tiempo que permanecí allí. De pronto sentí golpecitos en el cristal de mi ventana, miré a esa dirección con desgano y observé el rostro de Edward plantado. Abrí la ventana lentamente y él me presionó en sus brazos rápidamente, comencé a llorar nuevamente, ya me dolían los ojos.
—Lo siento amor mío. —susurró.
—Edward. —pellizque su playera devastada, sintiendo aún esa opresión en el pecho.
—Me quedaré contigo. —murmuró.
—No te alejes de mí.
—Jamás. —prometió y besó mi frente con presión.
*
—Isla, hija ven. —me llamó mi padre, bajé deprisa y me planté frente a él que estaba con una serie de papeles.
—Dime papá. —alzó la mirada algo preocupado y volvió a los papeles.
—Mejor toma asiento —le hice caso y me quedé esperando su reacción.
—Papá, ¿todo está bien?
—Nos mudaremos, Isla. —empalidecí. Dime que esto no está pasando.
—Debes estar bromeando, ¿no? —me reí intranquila.
—Lo siento hija, tengo una oferta de trabajo en Miami —entrecerré mis ojos.
—Miami.
—Es una buena oferta y necesitamos el dinero.
—No puedes hacerme esto. Tengo todo aquí —torció sus labios y negó.
—No tenemos opción. —cerré mis puños y volví a mi habitación furiosa.
*
—No puede obligarte. —riñó Edward de pie mirándome de frente.
—No tengo opción. —murmuré entre hipos.
—Debes decidir. —lo miré atónita.
—¿De qué hablas?
—Te quedas conmigo aquí en Edenton o te vas con él. —me puse de pie con la vista aterrada.
—Edward lo que dices es una locura. —presionó mis muñecas con violencia haciéndome doler.
—¿Acaso quieres irte con él? Te arrastrará a su vida miserable. —me solté de su agarre escandalizada.
—Estás hablando de mi padre. —bufó.
—¿No era tu misma que dijiste que no querías ser como él? —fruncí mi ceño.
—Jamás dije eso.
—Oh si, lo dijiste, cuando te drogaste aquella noche en el club. —miré a un costado intentando recordar.
—¿Me drogue? —Él sonrió de costado, por lo que comencé a pegarle en el pecho—. ¡Me drogaste idiota!
—Si no lo hacía, jamás hubieras tenido el coraje de hacerlo. —retrocedí asustada.
¿Quién era esta persona?
—Vete de aquí.
—Yo sé que volverás a mí. —me señaló.
—Vete. —esquive mi mirada de él y comencé a tener ganas de llorar. Al notar que se había ido caí al suelo y comencé a llorar.
*
Después de un día entero con la culpa, decidí pedirle una disculpa a Edward, mi amor por él era más fuerte que nada, no podía estar molesta. Miré la ventana de su habitación y observé que ahí estaba la escalera plegable que usaba la mayoría de las veces para subir a su habitación, pero una conversación captó toda mi atención.
Por curiosidad me acerqué a una ventana donde había una luz encendida y me asomé tan solo un poco y noté a Edward parado frente a un hombre mayor, era el Señor Stein, fumando un habano.
—Debes alejarte de esa muchacha, Edward. —empalidecí.
—Tranquilo, es pan comido, estoy seguro de que se quedará conmigo, es tan ingenua que hace caso a todo lo que digo. —tapé mis labios para no corromper en llantos, Edward no parecía él, hablaba con tanto cinismo y maldad que juré que era otra persona.
—No quiero problemas. Aunque si se queda contigo puede ser de gran hazaña. —ambos se rieron.
—Lo sé. Esa mocosa, es una inmadura, es capaz de dejar su familia por un chico que aparenta amarla.
—¿Sería capaz de hacerlo?
—Apostaría millones que sí. Lo más loco es que puedo acostarme con miles de mujeres y ninguna cae como ella, ya lo he comprobado.
—Eres igual a mí. —dijo su padre, el viejo repugnante y asqueroso igual que su hijo. Sentía una rabia dentro de mí, que me estaba matando. Corrí de ahí y volví a casa entre llantos. Mi padre se puso de pie al verme.
—Hija que sucedió. —me le quedé observando agitada
—Padre quiero largarme de aquí, mañana mismo si es posible —lo presione con mi brazos —Por favor, sácame de aquí —él quedó inexpresivo ante mi manera de rogarle. Ya no tenía nada, ni alma. Me habían despedazado todo lo que tenía, ya ni sé si tenía corazón.
*
Al día siguiente mi padre hizo todos los trámites para irnos esa misma tarde, a veces no comprendía como hacía tan rápido las cosas y con qué dinero, tan solo era un vendedor de joyas.
Empacamos todo, yo ni siquiera acomodé. Guardé todo en la maleta con tanta rabia y odio que se me salía por la mirada. Salí al patio y tomé unas herramientas que mi padre me pidió que guardara, el día estaba espantoso, en breve se avecinaba una enorme tormenta.
—Isla. —me detuve de espaldas ante esa voz que antes me producía vuelcos en el corazón, ahora me daba hasta náuseas.
Como se podía cambiar de un día para otro.
Voltee a él con tanto odio que lo notó, entrecerró los ojos y se aproximó a mi sigiloso para que nadie nos viera.
—¿Qué pasa? —intentó tocar mi mejilla, pero tomé de su mano con tanta fuerza que pegó un quejido.
—Ni siquiera me toques. —le advertí en seco.
—¿Aún sigues molesta por lo de ayer? —sonreí forzosamente, mi visión se volvió borrosa ya que mis ganas de llorar estropeaban mi frialdad.
—Vete Edward, ya no quiero verte. —tomó de mis manos.
—¿Me dejarás? —me solté de él.
—Si, ahora largo —intentó acercarse—. ¡Largo! —le grité con tanta fuerza que escuché la voz de mi padre que se acercaba. Edward me lanzó una última mirada anonadada y corrió para escabullirse de mi padre.
—Hija. ¿Qué pasa?
—Nada padre, mejor entremos. —miré hacia Edward que me observaba a lo lejos con una expresión trastornada. Su plan esta vez no se logró.
*
Me despedí de mis amigas y algunos vecinos que nos querían y subimos al taxi. Yo estaba deseosa de irme de este maldito pueblo, de la vida de Edward, todo aquello que me prendía al pasado. Miré su vieja casa y una lagrima se derramó por mi mejilla. Como pude ser tan estúpida de caer en sus juegos sucios.
Mi padre tomó de mi mano repentinamente captando mi atención, tenía una sonrisa frágil. Hice lo mismo y me acurruqué junto a él con tanta necesidad, como si buscara el calor que me faltaba.
*
—¡Isla! —gritó mi padre, dejé mis quehaceres y corrí hacia su habitación. Estaba enfermo, el tiempo había pasado y ahora me encontraba cuidándolo.
—Padre. —miré al doctor que se encontraba a mi lado con una expresión poco reconfortante.
—Hija, ven, debo confesarte algo. —mi padre le dedicó una mirada al doctor Garrett y éste en silencio supo que hacer.
—¿Qué sucede? No me asustes. —tomó de mi mano con calidez y curvó sus labios con fragilidad.
—Ya eres una jovencita de veinte años y yo no voy a estar para guiarte.
—No digas eso. —besé su mano y la posé en mi mejilla.
—¿Tú recuerdas a Edward Stein? —me estremecí de repente. Hacía tiempo que borré cualquier recuerdo desfachatado de aquel sujeto. Me juré a mí misma que nunca volvería a caer en los encantos de ningún hombre. Mantuve silencio —Yo sé que tú te enamoraste de él. —abrí mis ojos.
—Padre, no quiero hablar eso ahora. —musité con enfado.—Nunca quise que te acercaras a él porque era de otro mundo —¿Otro mundo? Recordé con claridad que Stein me dijo algo similar—. Hija mía, yo jamás... —cerró sus ojos—. Jamás fui vendedor de joyas. —empalidecí.
—Padre, creo que las medicinas te hacen delirar. —toque su frente para corroborar que no padeciera fiebre.
—No —amarró mi mano y volvió a presionarla contra su pecho tibio—. Isla, soy agente encubierto de la CIA —espetó. Alejé mi mano con rapidez y me quedé en silencio, tratando se recapacitar—. No podía decírtelo hasta que no tuvieras la edad suficiente. —continuó.
—¿Ahora me lo dices? —inmuté.
—Lo siento —cerró sus ojos una vez más—. Todos estos años estuve investigando a los Stein.
—Quieres decir que no fue casualidad tenerlos como vecinos. —negó.
—Ellos son mafiosos, ahora el que está al mando es su hijo Edward, el viejo murió —captó mi brazo con fuerzas—. Tu debes continuar con la investigación, debes destruir a Stein. —negué atropellada.
—No se cómo —balbuceé. Después de varios años volví a llorar. Me había convertido en una mujer con una coraza impenetrable, a veces me impresionada cuán difícil era expresar mis sentimientos.
—Tania, se hará cargo de ti.
—¿Quién es Tania?
—Tu futura jefa, tu eres mi ascendiente, serás la siguiente Dumont al cargo, yo sé que no me fallarás. —daba pulsadas de aire atropellados, estaba desconcertada tras todo esto.
—Padre, no sabré cómo hacerlo. —supliqué.
—Eres de mi sangre, tienes el don, puedes acabar con cualquiera que este a tu paso —abrió sus ojos—. Debes destruirlo, ese hombre es un monstruo. —noté que estaba dejando de respirar.
—¿Padre? —me puse de pie y comencé a zamarrearle los brazos con suavidad.
—Te amo hija mía, recuerda, eres de mi sangre. —negué con mis labios apachurrados, evitando liberar un grito.
—¡Doctor Garrett! —este ingresó rápidamente e intentó asesorar a mi padre. Salí de la habitación y me apoyé en la pared, tapando mis labios, para no escandalizarme ante el llanto.
"Eres de mi sangre, destruye a Stein"