Pasaron seis años desde la muerte de mi padre y de su secreto, a veces me preguntaba si realmente lo conocí del todo. Me mintió durante años.
Luego de su entierro fui asesorada por Tania, mi actual jefa. Me llevó hacia un lugar totalmente diferente al que estaba acostumbrada, albergue en un departamento muy lujoso y con todas las comodidades. Mi padre ya había planeado mi vida desde que había llegado al mundo, es lo que me recalcaba Tania las veces que quería huir de ese cautiverio.
Comencé a prepararme para agente encubierto, volviéndome así más calculadora y reacia que años atrás. Jamás volví a ser esa niña ingenua, no después de lo que paso con Edward Stein.
Durante ese tiempo mantuve la petición de mi padre, ir tras el derrumbe de Stein, por lo que fue muy duro enterarme que él estaba en el negocio del tráfico de mujeres y drogas. Muchas veces me desconcertaba saber que tal vez iba a ser una de esas mujeres prostituidas, tenía la edad justa para venderme, como mercancía. Fruncí mi mano tras pensar en aquello.
Estar aquí dentro me hizo más dura y frívola, todos me llamaban la "Mujer sin corazón".
—Isla, traje café. —levanté la vista que escondía en mis manos y sonreí a Tobías que sostenía una mueca graciosa en su expresión.
Él era otro agente y mi amigo. Fue el primero en acompañarme en mis momentos más duros cuando ingresé a la Agencia Central de Inteligencia, supo aguantarme en mis momentos de rabieta y quejas hacia mi padre, de porqué me había dejado este destino tan cruel. Mi sueño de pequeña era ser normal, siendo maestra de matemáticas en las escuelas de primaria, pero mi sueño se vaporizó y ahora era esto.
—Gracias Tobías. —se sentó frente a mí.
—No duermes de hace días. —reprochó.
—No puedo quitarme de la cabeza los últimos acontecimientos de este sujeto, vendiendo jovencitas de dieciséis años —pasé mi mano por la frente mientras seguía revisando los papeles sobre mi escritorio.
—Esa pudiste ser tú, años atrás. —le clavé la mirada.
—No me recuerdes ese momento, sabes que aborrezco ese pasado. —reñí. Tobías blanqueó sus ojos.
—Señorita Dumont —mi secretaria observó a Tobías que giró a ella—. Señor Bessen.
—Que requieres Huston. —apreté mis sienes con molestia.
—Tania Connor convocó una reunión de agentes ahora mismo. —miré a Tobías extrañada y rápidamente nos pusimos de pie.
—Cuando Connor hace estas reuniones inesperadas sospecho.
—Es porque algo ordenará.
Ambos nos dirigimos a la sala de reuniones e ingresamos, y quedé helada en la puerta al observar en la pantalla led una imagen plasmada de Edward Stein. Tenía una expresión arrogante y sobrante, que me erizó la piel. Se veía tan distinto y varonil.
—¡Agente Dumont! —di un respingo y mi mirada cayó a Félix Feuerstein, mi insoportable y candente compañero de trabajo, que por mi mala suerte me analizaba con interrogo.
—Lo siento Tania. —caminé con inestabilidad, me dejé caer en la silla ejecutiva y evité mirar la enorme imagen que tenía en lateral.
—¿Estás bien? —susurró Tobías que estaba a mi lado, solo asentí y mojé mis labios con la mirada fija en Connor que mantenía una oscura sonrisa.
—Bien agentes, los convoqué, porque nuestro impostor esta en Miami y se quedará por un tiempo indefinido, sediento de hacer negocios oscuros. —me crucé de brazos y coincidí una mirada rápida con Félix que aún me contemplaba abstraído.
—Quieres decir —inferí—, que es hora de actuar. —ella me observó.
—Es momento de que salgas al campo Dumont —tragué saliva. Había esperado por mucho tiempo encontrarme cara a cara con Stein, pero con saber que esto sería real, algo dentro de mí dudó.
—Noto a Dumont muy nerviosa. —espetó Félix en tono irónico.
—No te metas Feuerstein. —interrumpió Tobías con molestia.
—¡Agentes! Esto es algo serio. —sentía el peso de las miradas sobre mí, aguardando algún tropiezo.
—Destruiré a Stein. —advertí con firmeza.
Tania sonrió.
—Tu padre nunca se equivocó en darte la herencia de permanecer en el campo como él. —fingí una sonrisa.
—Como será el plan. —Tania me dio una carpeta de plástico.
—Seguirás siendo Isla Dumont, Stein sabe perfectamente quien eres ya que contrajiste una relación oculta en tu adolescencia.
—Aguarda, ¿te relacionaste con el enemigo? —riñó Félix.
—No lo sabía, Feuerstein. —contesté tajante.
—Félix. —le tomó la atención.
—Lo siento, Connor.
—Como decía, él sabe perfectamente de ti y de que Baron era agente encubierto de la CIA —dejé caer mis labios—. Por eso Baron te guardó el secreto, no quería exponerte. Para Stein, sigues creyendo que tu padre era un simple vendedor de joyas —asentí firme—. Al morir tu tutor, quedaste sola en el mundo y decidiste elegir el camino fácil, la mafia —abrió la carpeta que me había entregado y señaló mi antecedente—. Serás una imponente mujer de negocios ilegales, narcotraficante de anfetaminas. —ella se cruzó de brazos y dejó caer su espalda al respaldar de su sillón con una sombría sonrisa.
—Entonces, mi padre no viajó a Miami por trabajo. —ella se inclinó a mí.
—Cuando los Stein descubrieron a Baron, lo amenazaron de que si no dejaba de meterse en sus asuntos, tú serias la que padecerías las consecuencias. —agache la mirada entendiendo porqué Edward se insinuó a mí, tenía un plan macabro.
—¿Estaré sola en el campo?
—Tobías será tu mano derecha del negocio y Félix será tu sombra —miré de reojo al castaño que me sonreía sobrante—. Ahora deben ir hacia Rodríguez que les darán lo necesario para comenzar con lo planeado.
*
Me encerré en mi oficina y apoyé mis manos sobre el escritorio con una respiración agitada.
Automáticamente emergió la imagen de Stein en mi cabeza con esa maldita sonrisa perfecta y mirada arrogante. Cerré mis ojos y pegué un gruñido.
Juro que acabaré contigo Edward Stein.
—Dumont ¿te encuentras bien? —pegué mi trasero en el escritorio asustada y observé al sujeto que estaba parado bajo el umbral de la puerta.
—Claro Feuerstein. —entrecerró sus ojos y se acercó unos pasos. Tenía unos ojos del infierno, una mandíbula tan refinada y angulosa que me daba ganas de sobársela. Era alto y bien formado.
—Mientes.
—Que quieres. —espeté agobiada.
—¿Qué sientes volver a encontrarte con un viejo amor?
—¿Estas bromeando? —me acerqué furiosa, sinceramente era demasiado baja a su lado.
Sonrió con altanería y tomó un mechón de mi cabello.
—A veces dudo que puedas con esta misión, cariño. —acercó su rostro al mío, sintiendo chocar nuestras respiraciones.
—Estas hablando con una mujer que carece de emociones. —éste se me quedó observando con fascinación.
—Tal vez, emociones reaparezcan al verlo. —sentí como una rabia interna emergió de mí, queriendo arrebatar todo lo que tenía en mi camino.
Pegue un gruñido y acorralé a Feuerstein contra la pared, escuchándose el ruido pesado de sus huesos contra el mármol.
—Escúchame con claridad niño —amenacé—. Todas las emociones que tuve algún momento desaparecieron por completo, ahora soy esto, una mujer sin escrúpulos que jamás se dejará persuadir por idiotas conquistas —apreté su hombrera con más fuerza—. Pierdes tu tiempo conmigo. —sonrió de repente y sostuvo de mi cintura, empujándome con fuerzas hacia el escritorio donde todas las cosas cayeron al suelo.
—A mí nadie me insulta y menos una mujer de tu altura —reí con maldad—. También carezco de emociones y puedo ser muy cruel cuando quiero.
—Desafíame.
Acercó su rostro al mío tomando rápidamente mi barbilla, era mucho más fuerte que yo, me sentía acorralada ante su enorme cuerpo. Mojó sus labios y sentí cuando mordió el lóbulo de mi oreja con suavidad, mordí mi labio evitando no hacer algún gesto de debilidad y continué reacia a su aproximación.
—Puedo hacértelo aquí mismo. —comencé a reír. La idea me tentaba, Félix era muy atractivo.
—¿Crees que caeré en tu jueguito? —hizo una sonrisa juguetona.
—Tu estás jugando conmigo en realidad —fruncí mi ceño—. Yo no busco a las mujeres, ellas vienen a mi —acarició mi mejilla lascivamente—. Ahora estoy buscándote, deseando tu cuerpo y tus labios de una manera inexplicable.
Mis ojos se fijaron en sus labios carnosos, nuestras respiraciones se agitaron y nos rodeaba una ambiente tenso y perverso. Sonreí y tomé de su rostro para besarlo. Besarlo con deseo. Félix rápidamente captó mis piernas y las rodeó en su cintura, pudiendo aproximarse más a mí.
—Me vuelves loco. —sonreí con agitación y continúe quitándole sus prendas que me estorbaban.
Concluí con bajar la cremallera de su pantalón, él sonrió festivo y quitó mi ropa interior. Quería que estuviera dentro de mí de una vez. Félix respiraba atropellado, empujando mis caderas cada vez más, sintiendo como de a poco me iba entregando a él más y más.
Este hombre era una fatalidad.