—¿Y ahora qué?
Paseé la punta de mi dedo índice por el contorno del rostro de Thomas, perfilando sus facciones como si en realidad estuviera dibujando sobre su piel.
La sonrisa no se ha borrado de su rostro, pocas veces lo he visto tan feliz.
—¿Qué?
—Tenemos que salir, ¿o no?
—No lo sé, ¿quieres?
Tom llegó de su nuevo trabajo sin poder contener la emoción, anunciando que oficialmente consiguió un puesto como el nuevo fotógrafo de una marca de ropa sumamente reconocida. Ni siquiera el paso de las horas ha logrado disminuir nuestra felicidad. La noticia significa que estamos un paso más cerca de cumplir exactamente lo que nos propusimos cuando tomamos la decisión de venir a la ciudad.
—Por supuesto.
—Bien, entonces hagámoslo. No puedo dormirme demasiado tarde porque debo madrugar, pero nos merecemos una celebración.
Me perdí en sus ojos, en la calma que transmite la tonalidad azulada de su mirada. Como el cielo en un día soleado. Y me asaltó una pequeña pero notable punzada de temor.
¿Cómo saber si estás haciendo lo correcto, con la persona indicada? Antes de Thomas no conseguí sentirme del todo cómoda con algún chico. Para mí, siempre que vuelven las dudas, la respuesta está en lo querida que él me hace sentir. Cuando Thomas me mira sé que sus sentimientos son reales, y que nunca me lastimaría. No requiero nada más que eso.
—A veces me parece increíble pensar que en serio estamos haciendo todo esto.
—Es parte de crecer. En realidad nunca terminas de creerte que el tiempo ha pasado.
—Sí, pero tengo diecinueve años y en ocasiones se siente como si estuviera corriendo hacia algo que ni yo puedo definir… ¿entiendes? No digo que esté mal, es sólo que… no lo sé, vivir juntos en esta gran ciudad, como adultos funcionales… ¿no te da miedo pensar que vamos deprisa? ¿Que lo que hemos hecho hasta ahora es más frágil de lo que parece?
—No. Te amo, y eso es lo único que necesito tener en claro antes de tomar alguna decisión que te incluya.
Sonreí antes de besarlo. Decidí no insistir con el tema porque en verdad no quiero parecer insegura.
Después de vestirnos mi novio se quedó dentro de la habitación un par de minutos más para llamar a sus padres. Afuera, con las manos llenas de harina, Elizabeth elevó la mirada de lo que hacía para escanear mi atuendo.
—¿Saldrán?
—Sí.
He evitado dirigirle la palabra, o una simple mirada, durante todo el día. Esperaba que ella quisiera hacer exactamente lo mismo conmigo. Me desagradan las señales confusas que envía; repentinamente amigable, súbitamente toxica.
—¿Y te irás vestida así?
Crucé los brazos sobre mi pecho a la defensiva.
—Sí, ¿por qué?
—Bueno, es que escuché que Thomas sí fue contratado. Lo justo es que te veas más radiante que nunca ¿no? Para él.
—La época en la que elegía atuendos basándome en la posible opinión de un hombre quedó atrás. Me visto para mí, y Tom lo sabe. No tiene ningún problema con eso.
Luego de Damon, la pelirroja se ganó un lugar en la lista de personas con las que no
me apetece hablar. Apenas puedo disimular la molestia que me produce su voz.
—Eso está perfecto, pero no es a lo que me refiero. Es un día especial, ¿no te gustaría lucir diez veces mejor de lo normal? Él ya está habituado a esta versión de ti, ¿no crees que vale la pena sorprenderlo?—una sonrisa surcó sus labios. ¿Cómo debería interpretar sus palabras? ¿Es acaso un comportamiento pasivo, o agresivo?—. Yo podría prestarte algún vestido.
—Gracias por la oferta, pero voy a declinarla.
—Como quieras. De todas formas aun estás a tiempo de reconsiderarlo.
Me senté en un taburete, centrándome en mi teléfono. La pantalla agrietada volvió a recordarme que debo hablar con Damon sobre el celular que me regaló esta mañana en cuanto surja la oportunidad. Por muy buenas que sean sus intenciones, o por mucho que odie que alguien le regrese algo, no puedo aceptarlo. Jamás he tenido un teléfono así de costoso, él literalmente podría comprarse un montón de cosas con ese dinero, y no es que en serio lo culpe porque el mío se estropeó.
La sugerencia de Elizabeth se me antojó irrelevante, no obstante, pronto me encontré pensando en los motivos por los que no aceptaría su ayuda para arreglarme, y no se me ocurrió nada.
Dejando a un lado lo que me inspira su actitud cambiante, siempre es bueno verse mejor ¿no? Que acepte su asesoría o su ropa no tiene por qué ser algo más de lo que es: acceder a que me ayude.
Apoyé las palmas de las manos sobre la barra, impulsándome para ponerme de pie. Elizabeth alzó una ceja con la misma técnica impecable de Damon.
—Tomaré el vestido, pero sólo eso.
—Vale.
Para mi estupor el armario de la pelirroja es dos veces más grande que el mío. Poseyendo la información que descubrí, no sé por qué me tomó desprevenida. Si Damon se ofreció a comprarme el atuendo que me pondría para una sola cena con pocos días de convivencia, ¿qué clase de regalos no le haría a su novia? Por no mencionar que Elizabeth debe tener su propio dinero.
Creí que podría perderme entre los pasillos que había, navegando en un mar de joyas y zapatos. Cuesta pensar que por lo general ella se limita a usar prendas tejidas y jeans anchos. Probablemente podría cambiarse de ropa cada dos horas y no repetiría ningún outfit en todo el año.
Entonces me entró otra duda. Es claro que Elizabeth no necesita dinero para sobrevivir, si vende cualquier cosa dentro de esta habitación fácilmente resuelve deudas importantes, ¿por qué trabajar para Damon? ¿Para qué tanto esfuerzo que no parece ser bien recompensado?
—Hey—ella chasqueó los dedos frente a mi rostro, llamando mi atención. Parpadeé con el propósito de aclararme la vista, volviendo a la realidad—. ¿Me escuchaste?
—No, me distraje.
—Te decía que puedes escoger lo que quieras.
—¿Lo que sea? ¿De verdad?
—Sí.
—¿No temes que dañe algo?
—Todo lo que está a la vista es prescindible, pero preferiría que fueras cuidadosa.
Sustituí lo que llevaba puesto por un vestido ajustado de estampado abstracto cuyo largo apenas alcanza la mitad de mis muslos, fascinada por la pequeña abertura que tiene debajo del sitio donde las tiras empiezan a cruzarse sobre mi cuello. Solté mi cabello y estuve alrededor de tres minutos frente al espejo, estudiando mi aspecto desde todos los ángulos posibles.
Reconoceré que Thomas podría impresionarse más ahora.
Mi novio estaba esperándome en la sala, con las manos apoyadas en las caderas como si se hubiera perdido. Volteó a mirarme apenas percibió que nos acercábamos.
—Comenzaba a preguntarme en dónde te habías metido… ¿Te cambiaste?
—Sí…—pero su reacción definitivamente no fue la esperada. Se enfocó en mis piernas con un gesto ligeramente reprobatorio—. ¿Me veo mal?
—No, claro que no. ¿Pero no crees que es un vestido un poco corto?
—No lo sé, ¿lo es?
—Será difícil que no se te queden mirando por cualquier sitio que pasemos.
—¿Y eso es malo?
—Es incómodo, ¿no crees?
—La verdad es que sólo me puse este vestido por dos personas; por ti y por mí.
Finalmente suavizó la expresión. Hasta ahora nunca hemos discutido por lo que yo decido usar para salir, normalmente no interfiere. Me extrañó que en esta ocasión fuera diferente.
—Bueno, te ves preciosa. Al diablo los idiotas que seguramente estarán acosándote.
—¿Usarán algún auto del señor? Para informarle en cuanto llegue—se entrometió Elizabeth.
—Sí, pero ya yo le dije. Le envié un mensaje.
—Perfecto.
—¿Te gustaría venir con nosotros?
La pelirroja se mostró atónita por la pregunta de Tom. Yo esperaba que llegara en cualquier momento porque, conociéndolo, se sentiría culpable si ni siquiera se toma la molestia de preguntar. No le gusta excluir a las personas, aunque a veces sea necesario.
—No, gracias. Tengo un par de tareas pendientes.
—De acuerdo, entonces nos vemos luego.
Tom se emocionó a la hora de subirse al auto tanto como ayer. El lado positivo es que salir a comprar la cena le sirvió de práctica. Condujo con un porcentaje ligeramente inferior de predisposición a estrellarse contra el primer objeto, o persona, que apareciera.
—¿Qué tal si vamos a un club?
—¿Un lunes? Mañana es oficialmente tu primer día de trabajo.
—No es necesario que nos quedemos toda la noche.
—¿Sabes qué? entre los dos nunca he sido la responsable y no pienso serlo ahora.
Thomas se detuvo cerca de un local pequeño que desde afuera se veía concurrido. Ambos admiramos al flamante auto de Damon desde la acera. Es el único que luce exclusivo y más costoso que mi vida en un radio de varios kilómetros. Es imposible que pase desapercibido.
—¿Tienes idea de con cuánta frecuencia roban aquí?
—¿Por qué lo sabría?
—Investigaste hasta el último detalle de la ciudad cuando accediste a venir conmigo.
—Sí, pero no sobre los robos.
—¿Por qué no? Esos son datos útiles.
—Porque pensé que me traumaría si de casualidad las estadísticas son peores de lo que creo.
—¿Y si alguien le hace un rayón? ¿Crees que Damon se enoje?
—Es tu mejor amigo, tú deberías saberlo.
Thomas dudó, sin despegar la mirada del auto.
—No estaremos ahí mucho tiempo. Igual puedo salir ocasionalmente para comprobar que esté bien ¿cierto?
—Sí.
Pero en cuanto nos abrimos paso dentro del club en dirección a la barra, con todas esas luces de colores cegándonos, a Thomas se le olvidó que por muchas razones debía medirse. Pidió una botella para ambos y tiró de mí hacia la pista de baile, golpeando con los codos a todas las personas que se nos atravesaban. Le dio un trago largo a la bebida, cuando la bajó lo primero que vi fue la mueca que hizo por el ardor en su garganta, luego me la pasó.
—¡Sabes que no te dejaré beber tanto ¿verdad?!
—¡Creí que no eras la responsable!
—¡Es diferente si existe la posibilidad de que tengas un accidente de camino a casa, o de que te despidan el primer día!
El volumen de la música consigue que las paredes vibren, todos los cuerpos a mi alrededor se balancean peligrosamente cerca de mí, chocándome cada cierto tiempo de manera casual. Casi como por un acuerdo tácito mi novio y yo comenzamos a bailar, moviéndonos al ritmo de la música en el reducido espacio que tenemos.
—¡¿Ya te he dicho que te amo!?
Sonreí, dispuesta a contestar cuando percibimos ciertos disturbios en las cercanías. Se escuchó un grito agudo, el sonido de algún vidrio quebrándose y muchas otras exclamaciones de sorpresa. La música cesó, hubo un instante de confuso silencio y luego estalló la que perfectamente podría ser la sinfonía del caos.
Gritos, insultos, voces ahogadas, personas moviéndose con desesperación… Thomas y yo intercambiamos una mirada en medio del desastre, sin entender qué diablos pasaba. Creo que nuestro primer instinto fue, naturalmente, huir, pero entonces las palabras que los demás soltaban comenzaron a cobrar coherencia.
—¡Va a matarlo!
—¡No sabía que pelea así de bien!
—¡Dios, ese hombre se ve sexy incluso con la cara ensangrentada!
—¡Alguien sepárelos, no quiero que lo lastime!
—Uh, bro, ¿ese es Damon Walsh?
Apenas rescatamos un nombre entre el montón de frases Thomas y yo nos miramos con mayor intensidad. No tenía por qué ser lo que yo estaba pensando, sólo que por algún motivo un mal presentimiento empezó a asentarse en el fondo de mi cabeza. Tom soltó mi mano antes de darse la vuelta hacia el que luce como el epicentro de una disputa, abriéndose paso a la fuerza. Lo seguí por inercia, ya más preocupada de lo que cabría esperar.
Choqué con su espalda cuando frenó en seco, observando lo mismo que él. Efectivamente Damon es uno de los protagonistas de esta escena, lleva una camisa blanca de vestir y un pantalón n***o, su cabello es un desastre y tiene al menos tres cortes en la cara; uno de ellos, el más profundo, gotea lo suficiente como para que la camisa empiece a mancharse de motas carmesí. Frente a él hay un sujeto que sostiene algún trozo de vidrio corto punzante que culmina en una punta afiladísima, y lo blande en el aire con la clara intención de seguir marcándole el rostro.
Este otro chico se dobla ligeramente sobre sí mismo, como si algo le doliera a la altura de las costillas, pero de todas formas avanza hacia Damon con decisión.
El castaño, por su parte, no parece darse cuenta de la gravedad de la situación; sonríe con burla hacia su contrincante, pasándose una mano por la frente para limpiarse la sangre.
—Fallaste.
Una exclamación general llegó cuando el vidrio pasó muy cerca del ojo de Damon, que se apartó con un margen casi insignificante de tiempo.
—¿Por qué diablos está provocándolo?—chisté, pero Thomas no me contestó. Se ve tan descolocado como yo.
Hay altas probabilidades de que Damon salga herido. Y creo que ninguno de los dos sabe cómo intervenir.
Cuando una fina línea surcó la mejilla izquierda del castaño Tom por fin reaccionó, fijándose en el nuevo caminillo rojo que apareció. Intenté detenerlo porque no necesito que él también corra peligro, sin embargo mis dedos apenas lo rozaron en su camino al centro de la pelea.
Thomas empujó al otro chico desde atrás, tomándolo desprevenido. Justo entonces el panorama dejó de tener sentido. Un montón de personas se unieron a la pelea, desdibujando los bandos y la imagen que tenía de mi novio siendo arrastrado por un chico que se materializó sabrá Dios de dónde.
Salí disparada hacia la entrada para buscar a los de seguridad, pero éstos ya venían en camino. Uno de ellos me hizo a un lado sin demasiada delicadeza para poder pasar, y la chica ubicada justo detrás me envió hacia adelante con la misma irritación. Me encaminé hacia el lugar en el que estaba una vez me estabilicé, encontrándome con que habían separado a todos los que peleaban en dos grupos. Incluso Thomas forcejea para liberarse, colmando la paciencia del hombre que lo sujeta, pero Damon, por el contrario, continua sonriendo. Tiene una cantidad alarmante de sangre en el rostro, un ojo entrecerrado y varios cortes, pero igual sonríe victorioso.
Su expresión me resultaría muy molesta si no estuviera asustada.
Antes de que ocurriera algo más los sujetos de seguridad arrastraron a Damon lejos del caos, acto seguido hicieron lo mismo con Thomas cuando el castaño pareció reconocerlo. Vi que los guiaban hacia las únicas escaleras de la habitación y procuré perseguirlos, pero un sujeto alto y robusto se interpuso en mi camino.
—Esta es un área restringida, lo lamento pero no puede subir.
—Acabo de ver cómo se llevan a mi novio hacia arriba.
—Arriba está Damon Walsh, no intente engañarme, señorita.
—Y un chico rubio, Thomas Dune, que es mi prometido. Necesito verificar que esté bien.
El hombre parpadeó con lentitud antes de preguntar por su intercomunicador si lo que yo decía era cierto. En cuanto le confirmaron que sí volvió a prestarme atención.
—¿Y bien?
—De todas formas no puede subir.
—¿Por qué no?
—El señor Walsh es una celebridad. No podemos permitirnos arriesgar nuevamente su integridad física, lo siento. Su novio entenderá.
—Tiene que ser una broma, Damon y yo…
Alzó una mano para interrumpirme en lo que alguien se ponía en contacto con él. Me miró con cierta molestia cinco segundos después, haciéndose a un lado.
—Ordenaron que pasaras.
En cuanto llegué al último escalón una chica rubia me indicó que la siguiera, llevándome hasta una habitación ligeramente oculta. Al abrir la puerta la primera persona con la que me topé fue Damon. Levantó la mirada del suelo apenas oyó el chillido que emitió la cerradura.
—¡Abigail Roux!
La chica que está arrodillada a su lado se sobresaltó, deteniendo un instante la tarea de limpiarle el rostro.
—Lindo vestido.
Rodé los ojos, pasando de él antes de encaminarme hacia mi novio.
—Por supuesto, está ebrio.
—No lo suficiente como para olvidar todo esto mañana, así que trátame bien si no quieres ser echada de mi casa.
Me volteé con el ceño profundamente fruncido hacia él.
—No hará falta, si te atreves a ser un poquito más idiota yo tomo la iniciativa y me voy sola.
—Eh, Abs, no le hagas caso. No habla en serio.
—Sí, Abs, ignórame.
Acuné el rostro de Thomas con mis manos al ver las zonas enrojecidas sobre su piel y el pequeño corte en su ceja. Desde que estamos juntos él nunca se ha involucrado en ninguna disputa física. Increíble que en la primera ni siquiera haya tenido nada que ver.
—¿Estás bien?
—Sí… lamento todo esto, no era lo que tenía en mente. Y no quería involucrarte; le pedí a los de seguridad te dejaran afuera, pero Damon insistió en que subieras.
Bajé las manos como si el contacto me hubiera quemado.
—¿Que hiciste qué?
—Odio que me veas así, éste no soy yo. En algún punto me tomé la pelea más personal de lo que debería, pero no soy violento y no me gusta la idea de que…
—Tom, sé exactamente cómo eres. Ese no es el punto. Soy consciente de que tú nunca provocarías una pelea, ¿pero dejarme allá abajo, entre un montón de desconocidos alterados, en un sitio que no conozco, sola? ¿Tienes idea de lo mucho que empezaba a preocuparme?
Suspiró, alcanzando mi mano para entrelazar nuestros dedos.
—Perdóname, tienes razón. No lo pensé muy bien.
Aparté el brazo. Retrocedí varios pasos e intenté peinarme el cabello con las manos. Miré a Damon sólo un segundo, comprobando que la atención que he estado percibiendo es la suya. Ni siquiera hizo una mueca cuando la chica le pasó un trozo de algodón lleno de alcohol por la frente.
—¿Qué estamos esperando? ¿Por qué no nos vamos a casa?
—Los de seguridad se niegan a dejarnos ir antes de que lleguen los guardaespaldas de Damon, dicen que la situación puede volver a ponerse violenta afuera del local y pretenden evitarlo.
—¿Y ya los llamaron?
Damon suspiró, echando la cabeza hacia atrás para clavar la mirada en el techo.
Dentro de la habitación sólo hay dos sillas de madera gastada, las cuales los chicos ocupan, una mesa en un rincón y olor a humedad. La pintura se cae a pedazos de las paredes.
—Sí, no tuve opción.
—¿Qué haces aquí, de todas formas?—pregunté a Damon. Toda esta cuadra debe costar menos que el auto en el que vinimos, no me da la sensación de que el castaño frecuente lugares que podrían considerarse modestos.
—Quería ir a un sitio en el que no conociera a nadie, o en el que no me reconocieran a mí.
—La mitad de esas personas estaban gritando tu nombre mientras te partían la cara.
—“Te partían la cara” suena como una frase contundente y las cosas no fueron así—estableció contacto visual, serio—. Te aseguro que él sufrió mucho más que yo.
—Seguro.
—Y sólo se dieron cuenta de mi identidad por la pelea. Lo tenía cubierto.
—¿Qué hiciste ahora? Ese tipo parecía decidido a apuñalarte.
—¿Por qué tengo que haber hecho algo yo?
—Porque de alguna u otra forma siempre inicias las disputas.
—¿Y tú cómo sabes?
Cerré la boca. Cualquier respuesta podría delatarme.
Damon sonrió con ironía.
—Sí me buscaste en internet, ya no tengo dudas. Todos los que hacen exactamente eso opinan de mí en base a los reportajes amarillistas de periodistas que nunca han estado en la mima habitación que yo. Justo como tú.
—Vivo contigo, genio. Creo que mi opinión sí tiene fundamento.
—¿Y cuándo me has visto ser problemático? ¿Cuándo he comenzado discusiones?
—Pues todas las veces que…
—Y Elizabeth queda fuera de esto, por supuesto. Con ella es difícil no discutir.
Iba a replicar cuando la puerta volvió a abrirse. Un hombre con el rostro fruncido por la molestia se adentró seguido de otros cuatro con el mismo porte erguido. Me sentí inmediatamente intimidada.
—Te fugaste de la fiesta…
—Hey, Joe…
—No te atrevas a saludarme como si no hubieras hecho algo malo, Walsh. Todos pensábamos que estabas en la fiesta, ¿cómo diablos te escapaste?
—Es una historia emocionante, pero no puedo revelarte mis secretos. Después no podré repetirlo.
Joe caminó hacia Damon, poniéndole una mano sobre el hombro.
—Levántate, muchacho, tengo que llevarte a la clínica.
—Estoy bien, Joe.
—No, no es verdad. Probablemente tengas una contusión, y aunque Madeleine aseguró que va a ahorcarte cuando te vea, todos sabemos que no nos sirves muerto.
—¿Le contaste a Madeleine? ¿tan pronto? Dios, qué traidor.
—Ella me contrató, Walsh. De ella depende que yo tenga un empleo… ¿Por qué diablos bebes tanto? Apestas a bar de mala muerte… y ya te he dicho que toda tu carrera se irá a la mierda si te conviertes en un alcohólico.
—No tendré esta conversación contigo. Haz lo que sea que tengas que hacer conmigo.
Damon apartó a la chica que continuaba despejando su rostro con una mano para ponerse de pie. Joe lo rodeó por los hombros cuando trastabilló, ofreciéndole soporte. Thomas también se levantó para seguirlos, visiblemente apenado.
La chica se giró hacia mí con una toalla llena de cubos de hielo, extendiéndola.
—Sujeta esto contra el rostro de Damon para disminuir la hinchazón.
—Yo no…
—Sé que tu novio es el otro, pero no va a significar nada. Sólo es un poco de solidaridad.
Se volteó, dejándome con las palabras en la boca.
¿Solidaridad? ¿Hacia el chico que claramente se busca sus propios problemas? Y una mierda. Nuestra noche literalmente se arruinó porque al parecer Damon es incapaz de comportarse como un ser humano racional que ha dejado la pubertad atrás. Es casi un niño; impulsivo y desinteresado. No hay motivos para que en este caso yo deba mostrar algún signo de empatía por él.
Pese a eso, tampoco soy tan grosera como para dejar la toalla sobre la mesa. La llevé conmigo por cortesía.
Joe decidió que él y su equipo irían detrás de nosotros en el auto que Damon trajo, y que Thomas nos llevaría en el Nissan. Me subí a los asiento traseros porque supuse que el castaño querría ir de copiloto. Haciendo todo lo contrario, se sentó justo a mi lado después de que Tom se pusiera al volante. Lo miré sin poder ocultar mi desconcierto. Damon me frunció el ceño.
—¿Qué?
—Pensé que querrías…
—Es mi puto auto, no me digas que tampoco puedo ir en dónde me dé la gana—cerré la boca de golpe, otra vez irritada—. ¿También me juzgarás por eso?
—Vete a la mierda, Damon.
Me dejé caer contra el espaldar, cruzándome de brazos. El frío comenzó a traspasar la tela de la toalla, enfriando la piel descubierta de mis piernas.
El castaño permaneció en silencio, y mi novio se puso en marcha camino al destino que Joe le pasó señalado en Google Maps. En algún punto encendió la radio, ahogando el silencio agónico que nos envolvía.
Traté de concentrarme en la vía, estudiando la fachada de lo que íbamos dejando detrás y la diversidad totalmente notable en los transeúntes. Pero mi vista vagó casi por iniciativa propia al rostro de Damon.
Algo en su postura me conmovió. Tiene los hombros hundidos, como derrotado, la cabeza agachada y los golpes cada vez más visibles. Respiré hondo.
¿Solidaridad con Damon?
Sin pensarlo mucho sujeté su mentón, elevando su rostro y girándolo hacia mí. Me encontré con una mirada vacía y perdida, pero en cuanto parpadeó sólo pude ver confusión. Con mi otra mano tomé la toalla y la presioné sobre el costado de su rostro, ganándome un jadeo en protesta y una mueca de disgusto por su parte.
—¿Qué…? ¿Por qué…?
—Shhh, problemático, no hables—susurré para cortarlo, suavizando el agarre sin llegar a soltarlo.
Damon entreabrió los labios, dejando escapar un halo de aliento que chocó contra mi rostro como una cálida caricia. Definitivamente bebió demasiado, cosa que por alguna razón no me parece tan desagradable justo ahora.
—Okay.
Pero enseguida hizo el amago de agregar algo más.
—Cállate.
—Sólo iba a darte las gracias.
Fruncí el ceño. Con la escasa iluminación sus ojos se ven más oscuros de lo normal.
—¿Por qué?
—Por esto. A la mayoría no le interesa realmente si me duele o no.
—¿Te ayuda en algo? ¿El hielo?
—No, pero voy soportarlo porque tú estás intentando que ayude.