Pinché un trozo diminuto de waffle y le coloqué la mitad de una fresa encima, llevándome el tenedor a la boca. La explosión de sabores fue inmediata. Cerré fugazmente los ojos mientras disfrutaba de la sensación, dándole luego un sorbo a mi batido de mora. Si algo se le da bien a Elizabeth definitivamente es la cocina.
Cuando observé de nuevo la escena ubicada justo enfrente de mí caí nuevamente en las redes de la realidad.
Madeleine dejó de manotear el aire para situarse a escasos centímetros de un somnoliento Damon, sujetándole el mentón para levantarle el rostro y así poder girarlo hasta ver desde todas las perspectivas posibles la magnitud de los daños.
—Tu apariencia física es lo más valioso que tienes, ¿por qué te cuesta tanto entenderlo?
El castaño se liberó, echándose hacia atrás en la silla para ganar espacio.
—Creí que ya habíamos superado la parte de la conversación en la que me das un sermón.
—Es que no pareces haber reflexionado ni un poco.
—Me sacaste a la fuerza de la cama, ayer bebí lo suficiente como para hibernar el resto de la semana y apenas puedo abrir un ojo. Créeme cuando te digo que mi cerebro no está en modo reflexivo.
Madeleine chasqueó la lengua. Todo su lenguaje corporal grita exasperación.
—¿Sí te das cuenta de que traes una venda en la cabeza? ¿De que esto es grave? ¿De que deberías estar mucho más alarmado por tu propio bienestar?
Dan también los observa a una distancia prudencial, mordiéndose la uña del dedo pulgar con notable ansiedad. No ha dicho nada. Mi teoría es que sigue cada movimiento de su hermana con suma atención por si le da por abalanzarse sobre el castaño.
—Estaré bien, ni siquiera me duele.
—¿Cómo puedes decir eso? ¿Crees que me quedo más tranquila? Lo menos que mereces tras armar todo este espectáculo es sentir dolor.
—Después de mi mamá, tú debes ser la segunda persona que más me quiere en todo el mundo, Mads—ironizó el castaño, desviando casualmente la mirada hacia mí—. No, la segunda debe ser Roux, pero tú definitivamente estás en esa lista.
Madeleine se apoyó una mano sobre el rostro, quizás clamando por paciencia.
—Tienes veinticuatro años, Damon. No eres un adolescente. ¿En qué momento empezarás a tomarte tu vida en serio? Anoche corriste con suerte. Pudo ser peor.
—Pero no lo fue.
—¿Y estás esperando a que la muerte venga por ti para cambiar?
—Creo que será difícil modificar mi carácter dentro de un ataúd, pero dicen que nunca es tarde.
—En verdad no te soporto—gruñó. Dan avanzó con cautela, acercándose a ella como si temiera espantarla—. ¿Nunca dejarás de ser tan impulsivo?
—En ningún momento preguntaste qué pasó, ¿Por qué asumes, como todos, que yo inicié la pelea?
—Por tu actitud, claro está. Tus sonrisas en el video son profundamente reveladoras.
—Eres mi manager, se supone que tus comentarios no se fundamentan en la opinión de un puñado de personas que sacan todo de contexto por internet.
Me abstuve de mencionar que, de hecho, a mí también me pareció que su comportamiento estuvo fuera de lugar. Desde que lo dejamos con Joe en la clínica, anoche, he puesto todo de mi parte para mantenerme al margen de la situación.
—De acuerdo, si no fuiste tú el provocador, ¿podemos demandar?
—No.
—El chico que te hizo esto no tiene ni idea de cuánto se equivocó, tu cara vale millones… podríamos llevarlo a un tribunal por…
—No, olvídalo.
—Sí, eso es justo lo que hay que hacer ahora…—para Madeleine la circunstancia entera tomó un rumbo diferente. Incluso se mostró repentinamente emocionada—. Dan, ¿crees que puedas localizar al culpable? Consigue un nombre, una dirección, a qué se dedica, si es dueño de un gato…
Él se irguió de golpe, tecleando inmediatamente en la Tablet que había dejado sobre la superficie más cercana.
—Enseguida.
—Damon, necesito que me cuentes con lujo de detalles cómo sucedieron las cosas. Luego yo me encargaré de situar al chico en…
—He dicho que no. No pienso participar en este circo.
—No te pongas en ese plan, por favor. Coopera y todo esto terminará muy pronto.
—No quiero hacerlo. ¿Es que mi palabra no importa?
—Ahora mismo no. Te metiste en un escándalo que no es conveniente y es mi trabajo sacarte lo menos salpicado posible. Hay videos de la pelea circulando en internet, y tu comportamiento arrogante da mucho de qué hablar. Si podemos darle la vuelta a la situación e insinuar que el único responsable, o por lo menos el más idiota de los dos, es el otro chico entonces lo intentaremos.
Damon se puso de pie, hastiado, antes de encaminarse hacia el ventanal. Como no trae camisa los hematomas de su torso son visibles, variando entre múltiples tonalidades e intensidad.
—No tengo que disculparme por todo lo que hago. Me da igual quedar bien con una sociedad jodida e hipócrita.
—¡Deja de convertir los pequeños inconvenientes en problemas más grandes! Yo sé lo que es mejor para ti, para tu carrera, ¿qué quieres? ¿j***r lo que has construido todo este tiempo? Por fin estás recogiendo los frutos de años de esfuerzo, y no paras de estropearlo con cada paso que das. Si no vas a comprometerte con tu futuro dímelo de una vez para que ninguno de los dos siga perdiendo el tiempo.
—¡Sólo fue una pelea!
—No, Damon, contigo es un desastre tras otro. Tienes un potencial enorme, y el público en general te adora, pero si no aprendes a sobrellevar lo que implica ser famoso y poseer éxito perderás absolutamente todo lo que has obtenido. Si crees que estar en la cima es difícil, piensa que permanecer en el fondo será casi imposible.
Él se mantuvo de espaldas con los músculos tensionados, enfrentando a la ciudad. Entonces Madeleine soltó un suspiro y se volteó hacia Elizabeth, quien ha estado admirando la escena en silencio y con los brazos cruzados. He notado que le cuesta apartar la mirada de Damon y las líneas rojizas sobre su rostro. Si bien se esfuerza por mantener el semblante inexpresivo, es claro que está preocupada.
—Dan te enviará una lista muy específica sobre los cuidados que Damon necesita ¿bien? También adjuntaremos los medicamentos que puede tomar en caso de que el dolor se salga de control y los signos que podrían indicar que algo va mal. Es importante que estés atenta y que sigas las indicaciones al pie la letra, porque todas esas marcas deben desaparecer. Al final su cara tiene que estar tan impecable como de costumbre.
—De acuerdo.
—No necesito una niñera.
Madeleine chasqueó la lengua.
—Y tenle paciencia ¿sí? Ya sabes cómo se pone cuando quiere ser caprichoso—un poco más calmada caminó hasta detenerse junto al castaño, posando una mano sobre su hombro—. Está bien, no demandaremos a nadie, si eso te hace sentir mejor. No soy tu enemiga, de verdad te aprecio y quiero lo mejor para ti. Pero por favor, Damon, pon de tu parte—él no contestó, y entonces ella le palmeó el hombro, alejándose—. Vendré más tarde para verificar por mi cuenta que todo esté bajo control.
—Haz lo que quieras.
La chica exhaló con pesadez, midiéndose para no iniciar otra discusión.
—Cancelaré todos los compromisos laborales agendados para esta semana. Buscaré la forma de posponerlos sin que parezca un simple incumpliendo hacia los contratos. Mientras tanto tú te quedarás aquí, no darás declaraciones o harás comentarios hasta que decidamos cómo vamos a manejar el escándalo mediático, no estarás activamente en redes ni tocarás de alguna forma el tema si cabe la posibilidad de que alguien te oiga, ¿quedó claro?
—Sí.
No te escuché.
—Que sí, pesada.
Ella y Dan se marcharon tras despedirse brevemente de mí. Thomas salió de la habitación justo en ese momento, arreglado para irse al trabajo. Creo que me enamoré otra vez por verlo así de elegante, ya que bajo su concepto debía irse hoy en traje.
—¿Todo en orden? Oí unos cuantos gritos, pero no pude asomarme porque técnicamente no debería perder el tiempo.
—Madeleine no está muy contenta con Damon, y se lo hizo saber—respondí yo, aclarando el jabón que eché sobre mi plato bajo la llave del agua.
—Como era de esperarse.
Damon se dio la vuelta, encarando a mi novio a través de la distancia.
—Textualmente dijo “no paras de estropearlo con cada paso que das”.
—¿Estropear qué?
—Todo—él se encogió de hombros con desinterés y Tom hizo una mueca.
—Auch.
El castaño sonrió con cierto toque de amargura.
—Ella tiene razón.
—Haces lo que puedes, nadie te enseñó cómo vivir.
—Sí, bueno, creo que dormiré un rato. El dolor de cabeza me está matando. Hazme el favor de tener el mejor primer día ¿sí? Y que cuando te vayas todos esos ejecutivos encargados de pagarte digan “ah, mierda, contratarlo fue la mejor decisión que pudimos haber tomado en nuestras patéticas vidas”.
Tom sonrió, espontáneamente feliz.
—Claro que sí, me aseguraré de que eso pase en tu honor.
—Más te vale.
Elizabeth también se retiró en cuanto Damon desapareció de nuestro campo visual, y Thomas se acercó para rodearme con sus brazos.
—No tenías que levantarte tan temprano.
—Quería verte antes de que te fueras.
Depositó un beso sobre la punta de mi nariz, acomodando mi cabello detrás de mis orejas.
—Te amo.
—Y yo a ti.
Me entró una rara sensación de nostalgia en cuanto vi que Thomas cruzaba la puerta. He estado a su lado por mucho tiempo, mirando en primera fila todo su crecimiento. Sé lo importante que es para él alcanzar este objetivo, porque se toma muy en serio lo que hace y la fotografía es lo único que en el ámbito laboral de verdad le apasiona. No pude evitar ponerme feliz ante el hecho de que contra todo pronóstico está logrando sus metas. Y se me cristalizaron los ojos. Corrí hasta alcanzarlo, enredando mis piernas y brazos en su torso. Tuvo que extender los brazos hacia la pared más cercana para no caer, trastabillando.
—¿Qué…?
—Lo siento, es que no quiero que te vayas.
Me aferré con fuerza, probablemente cortándole el paso de aire.
—¿Quieres que falte?
—No, es sólo que…. Te quiero mucho y estoy orgullosa de ti.
Thomas hizo un raro movimiento con el propósito de mirarme a la cara, pero desde luego no lo consiguió. Lo solté cuando me llegó de nuevo la lucidez, entendiendo que no puedo retenerlo para siempre, y me situé enfrente. Aunque quise contenerme ya tenía un par de lágrimas rodando por mis mejillas. Él usó sus manos para secarlas, sonriéndome con sus ojos brillantes.
—Si te pones de esta manera no sé cómo podré irme.
Elevé la mirada al cielo, regulando mi respiración.
—Ya, vete, vas a llegar tarde.
Lo rodeé para empujarlo fuera del departamento.
—De acuerdo, a eso le llamo bipolaridad.
—Es que no te dejaré ir si no sales ahora mismo.
Se detuvo sólo un segundo para volver a mirarme, depositando un corto beso sobre mis labios. Terminé de echarlo y le cerré la puerta en la cara, tomando una respiración profunda antes de darme la vuelta.
Me congelé en el sitio al ver que Damon está de pie del otro lado de la habitación, mirándome, con una clara mueca de disgusto.
—¿Se te perdió algo? Pensé que ibas a dormir.
Tironeé del dobladillo de la camiseta de Thomas que estoy usando porque de pronto me sentí expuesta, lo que tampoco es muy lógico considerando que el vestido de ayer era aún más corto.
—Eso fue posiblemente una de las cosas más desagradables que he visto en la semana.
—¿Qué? ¿No toleras ver a dos personas siendo felices? ¿Todos tienen que ser tan miserables como tú?
—Por respeto, sí. Eso me gustaría.
Rodé los ojos. Cuando intenté pasar por su lado me detuvo, sujetándome por el brazo.
—Es poco relevante, pero debes saber que apareces en un par de videos.
—¿Cómo? Anoche no estaba cerca de ti.
—Cuando subiste la escalera, y luego al salir del club. No se ve tu cara y no hay una conexión definitiva establecida entre tú y yo, pero ya sabes, nunca faltan las fanáticas que se inventan toda una historia a partir de fotos sueltas. Te reconocieron por tu cabello.
—¿Otra vez creen que andamos en algo?
—Sí, pero no tienen nada consistente. Sólo son rumores. Comentaré la próxima foto que suba Halsey para que se les olvide.
—Ok.
—Ok.
De pronto me hice muy consciente de su agarre. Es probable que él también, ya que desvió la mirada al sitio donde sus dedos presionan mi piel en cuanto yo lo hice. Pese a esperar que me soltara de inmediato, no lo hizo. Subió la atención hasta mis ojos con lentitud, como pensativo, y luego la regresó hasta mi brazo. Finalmente me dejó ir. Pero ni siquiera por eso se disipó la tensión que pareció construirse en torno a ambos de repente.
—¿Tienen hambre?
La voz de Elizabeth nos sobresaltó. Me alejé dos pasos por inercia y Damon se pasó una mano por el cabello, desordenándolo. La pelirroja nos observa con ambas cejas enarcadas, enfatizando la interrogante.
—Uh, no, acabo de desayunar. ¿Y tú?
Damon negó con la cabeza.
—Son las siete de la mañana, después del desayuno no sé qué más se podría comer a esta hora.
Elizabeth se encogió de hombros.
—De todas formas iré al supermercado para comprar algunos ingredientes que faltan.
—¿Por qué no los pides y ya? Que alguien más se encargue de traerlos.
—Quiero salir… Abby, ¿vienes conmigo?
—Me encantaría, pero aun debo terminar algo que no he hecho para mi trabajo.
Tal vez fue mi imaginación, pero me pareció ver que le aparecía un tic nervioso en el ojo.
—Está bien.
Damon y yo la vimos marcharse con un bolso sobre el hombro, tirando la puerta detrás de sí.
—A veces creo que no le agrado.
—No es personal. En general no le gustan las personas que por decisión propia se acercan a mí.
Lo miré, curiosa. ¿Será buen momento para sacarle información?
—¿Qué tipo de relación tienen ustedes? Todos estos días he intentado comprenderlo por mi cuenta, pero lo cierto es que no lo sé.
Damon suspiró. Lo seguí con la vista en su trayectoria hacia los sofás, donde se sentó sobre uno con pesadez. Le imité y tomé asiento en el lado opuesto, decidida a resolver el misterio que son ellos dos.
Si bien no debería inmiscuirme, esto se volvió personal la primera vez que Elizabeth me miró de forma amenazante porque algo en mi actitud no le gustó.
—No sé si quiero hablar de eso contigo…
—¿Por qué no?
—Porque es un tema delicado, y apenas te conozco.
—Me lo debes.
—¿Perdón?
—Sí, porque el otro día me obligaste a cantar.
—Te ofrecí dinero a cambio. Tú lo rechazaste.
—Claro que no. Jamás dije que no lo quisiera.
—Considera la deuda saldada con el teléfono.
—Sobre eso…
—No me lo devolverás.
—Por supuesto que sí. No puedo aceptarlo.
—No se me ocurre ningún motivo que te impida hacerlo.
—Vale muchísimo dinero, y con eso podrías…
—Da igual, Roux, el precio es lo de menos. Además, ya lo compré.
—No ganarás esta discusión—le apunté con mi dedo índice, poniéndome de pie. Me interesa conocer todos los detalles referentes al tema de Elizabeth, pero encargarme del teléfono es prioridad.
Enrollé la caja entre un montón de jeans y la hundí en lo más profundo de una de mis maletas porque todavía no sé cómo justificarle a Thomas el hecho de que su mejor amigo me obsequió un teléfono sólo porque sí. No creo que se enfade, no me parece algo demasiado relevante, pero ni siquiera sé cómo sacar el asunto a colación en medio de una conversación.
Las palabras de Elizabeth no han abandonado mis pensamientos desde que las pronunció. ¿Y si a Tom le desagrada la idea de que Damon y yo interactuemos cuando no está presente? ¿Podría molestarse por algo como eso? Desde mi punto de vista no tendría sentido, y no luce como un comportamiento potencial en Tom, pese a eso… sigo sin estar segura sobre cómo mencionar lo que pasó ese día.
—¿A dónde vas?
Entré la habitación para ir en busca del teléfono, removiendo mi ropa y el resto de los objetos a su alrededor antes de sacarlo.
Damon me interceptó en la entrada, bloqueándome el paso. Alargué el brazo para pasarle la caja, sin embargo, él hizo como que no se daba cuenta.
—Ten, esto te pertenece.
—Ya no, porque te lo di.
—Si no lo acepto sigue siendo tuyo.
Damon alzó el brazo para empujar mi mano, bajándola.
—No te pongas irritante.
—¿Yo? Eres tú el que anda imposible porque no quiere entender el “No”.
Abrió los labios con toda la intención de hablar, no obstante, antes de concretar lo que pretendía hacer una mueca de dolor le contorsionó el rostro.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No te creo. ¿Por qué le dijiste a Madeleine que no te duele si es falso?
—Sólo es la resaca. Los cortes molestan pero no es nada que no pueda resistir.
—Tienes la cara enrojecida. Casi siento pena por ti.
—¿Casi?
—Aun pienso que tú te buscaste todo eso—lo señalé, ante lo que él resopló.
—Ese imbécil me atacó sin razón.
—¿De verdad? ¿Estás tan seguro de tu inocencia?
—Una chica salió de la nada, se colgó de mi cuello al reconocerme y trató de besarme. Lo siguiente que supe es que alguien estaba dándome un puñetazo. A su novio no le gustó mucho su manera de socializar y enloqueció… entonces puede que yo le haya estrellado una botella de vidrio contra el estómago y puede que él se enfureciera más. Puede que lo haya incitado con insultos y puede que él haya decidido abrirme la cara con el trozo de vidrio que recogió. El caso es que yo sólo me defendí.
—Joe mencionó que te fugaste de una fiesta. Nada justifica que te golpeen por algo que directamente no hiciste, pero te habrías evitado todo ese dolor si te hubieras quedado en donde debías.
—Madeleine me obligó a ir a la fiesta más aburrida del puto mundo sólo porque el cumpleañero es un tipo importante con el que estoy trabajando. En verdad me esforcé, pero cada segundo ahí fue asfixiante. Me involucré en tantas charlas vacías que una parte de mi alma murió.
—¿Siempre eres tan dramático?
—Sólo cuando necesito que alguien deje de evaluarme sólo en base a la información parcial que tiene y lo haga, más bien, desde mi punto de vista. Tú eres demasiado injusta conmigo, Roux, y la mitad del tiempo no entiendo por qué.
—No estoy segura de tus intenciones, eso es todo.
—¿Mis intenciones?
—A veces en serio me pareces un idiota, pero luego haces algo que me hace dudar y al final no sé qué pensar de ti.
—Mira, no tenemos que ser mejores amigos, ni siquiera es necesario que hablemos, pero tampoco quiero seguir siendo el blanco de tus ataques. Respeto que tengas una determinada opinión sobre mí, es sólo que… no lo sé… es incómodo estar en malos términos contigo.
—Bien, estaremos en buenos términos cuando agarres lo que te pertenece.
Alcé nuevamente mi brazo, presionando un extremo de la caja contra su pecho. Damon blanqueó los ojos, negándose a sujetarla.
—Es imposible tratar contigo, de verdad.
E intentó darse la vuelta. Pero yo, determinada a lograr lo que me planteé, le di un pequeño empujón para captar su atención, desestabilizándolo. Por lo inesperado de mi ataque y el hecho de que se enredó con la alfombra en menos de un parpadeo Damon estaba en suelo, casi cayendo sobre su cara. Arrojé el teléfono a la cama, acercándome deprisa para verificar que no se hubiera hecho daño.
—¿Estás bien?
Damon emitió un quejido antes de darse la vuelta, sentándose para poder mirarme mejor. Se cubrió la zona donde la cortada fue aún más profunda con una mano, quizás para comprobar que la venda continuara en su lugar. Yo, ligeramente preocupada, me aproximé con lentitud. Quise insistir hasta obtener una respuesta de su estado, no obstante, el movimiento que llevó a cabo a continuación fue tan rápido y me tomó tan desprevenida que de mis labios apenas escapó un pequeño grito.
Damon entrelazó sus pies con los míos y tiró de ellos, logrando que me desequilibrara al punto de caer también hacia adelante. Extendió los brazos para detenerme por los hombros, impidiendo que me desplomara completamente sobre él. Mi cabello trazó una trayectoria extraña antes de caer en torno a nuestros rostros como una pequeña cortina. Clavé la mirada en los ojos del castaño con la respiración acelerada por el susto, entre desconcertada y súbitamente furiosa. Temí moverme porque ahora mismo mi estabilidad depende de él, pero sí procuré transmitirle en una mirada todo lo que su atrevimiento me causó.
—¿Perdiste la cabeza? ¿Por qué diablos hiciste eso?
—Soy vengativo. Considérame tu karma.
—¿Mi karma? Estás loco.
—No puedes tirarme al piso y pretender que voy a quedarme tranquilo.
—Iba a disculparme—protesté.
Damon sonrió al mismo tiempo que se mordía el labio inferior. A esta distancia sus heridas son mucho más impresionantes. ¿Cómo puede estar tan calmado? ¿Y cómo es que sigue sosteniéndome con tanta facilidad?
—Tus disculpas no me sirven, necesitaba estar a mano.
—Idiota.
Por segunda vez desde que lo conozco me fijé en los pequeños detalles de su rostro, en los ángulos de sus facciones y la forma en la que todo parece encajar armónicamente. Sus cejas son gruesas y espesas, tiene la nariz perfilada y el labio inferior ligeramente más grueso que el superior. La forma de su cara es ligeramente alargada, de modo que apenas es resaltante, y tiene la mandíbula marcada. Sus ojos son de una tonalidad verdosa con motas pequeñas de color miel, pero según la iluminación dan la impresión de que son grises.
Damon soltó lentamente su labio, poniéndose progresivamente serio.
Y de pronto fue como si alguna voz mística resonara dentro de mi cabeza, fuerte y clara.
Bésalo.
Pero creo que, de hecho, sólo fue una sugerencia nacida desde el impulso que me invadió repentinamente, con sus manos sobre mis hombros.
Inevitablemente me asusté, así que mi reacción más inteligente fue moverme con brusquedad hasta caer a su costado, quejándome casi al instante por haberme golpeado la cabeza. Me arrastré lejos de él en lo que me pasaba la mano por la zona afectada. Damon me miró con el ceño fruncido.
—¿Te golpeaste? ¿Estás bien?
No le contesté, percibiendo un nudo denso e inexplicable en mi garganta, de modo que él intentó acercarse. Elevé una mano para frenarlo, ya comenzando a entrar en pánico.
—Sí, no te preocupes.
—Uh… bien.
—¿Podrías… podrías…?—la voz me surgió inestable, sutilmente chillona—. ¿Podrías salir un momento? necesito cambiarme.
—Claro…
Se mantuvo estático un par de segundos antes de levantarse, mirándome luego desde arriba.
—¿Quieres hacer algo después? Estoy seguro de que Thomas habló bastante sobre tus pasatiempos, pero no lo recuerdo. De cualquier forma podríamos sólo ver una película.
—Eh, sí, por supuesto. Te alcanzo en un rato.
—De acuerdo.
Apenas cerró la puerta no encontré la fuerza necesaria para hacer más que quedarme tendida en el piso, con la mirada perdida y una opresión horrible en el pecho.
¿Qué diablos fue eso? ¿Por qué ese pensamiento se me cruzó por la cabeza? ¿Por qué él? ¿Por qué yo?... ¿De dónde salió esa repentina necesidad? ¿Esas ansias? Si él ni siquiera me agrada en verdad.
Estuve alrededor de media hora en la misma posición, en shock. Me sentí casi como si me hubiera traicionado a mí misma. Y cuando la imagen de Tom se me vino a la cabeza fue mucho peor.
De repente se manifestaron las ganas de llorar. Yo jamás he analizado la posibilidad de serle infiel a mi novio. Thomas es el amor de mi vida. ¿Por qué se me ocurriría la brillante idea de fantasear con su mejor amigo? ¿Aunque nada de eso hubiera durado más de medio minuto?
En algún momento Damon llamó a la puerta, golpeando la madera con sus nudillos.
—Roux…
Mordí la almohada que he estado abrazando e inhalé profundamente para calmarme. Lo último que necesito es darle indicios de que algo pasó.
—¿Sí?
—¿Segura de que todo está en orden?
—Sí… es sólo que me puse a trabajar. Revisé mi correo y tengo muchas actividades pendientes, no creo que vaya a salir de la habitación por lo pronto.
Hubo un silencio. Honestamente no creo haber sonado convincente, pero dudé de que Damon fuera a darse cuenta de ello. Estuve en lo cierto.
—Vale. Si consigues un rato libre ya sabes en dónde encontrarme.
Lo oí alejarse y entonces me levanté como un resorte para ir por mi teléfono. Pensé en quedarme encerrada todo el día, pero de pronto la idea de continuar otro segundo allí adentro me resultó asfixiante. Era demasiado temprano. Cambié mi ropa por lo primero que encontré, poniéndome al menos dos abrigos y un suéter de Thomas encima. Luego me coloqué un gorro de lana y tomé el bolso más pequeño que hallé.
Dudé antes de salir, temerosa de que Damon estuviera afuera. Para mi gran fortuna no se encontraba ni en la sala ni en alguna zona cercana, así que caminé son sigilo hacia la puerta, cerrándola con muchísimo cuidado a mis espaldas. Una vez afuera fue como si un nuevo peso recayera sobre mis hombros. La vista se me volvió a empañar y mi corazón empezó a latir con fuerza.
Me despegué de la puerta y caminé hacia el elevador con las piernas temblorosas. Una brisa helada me sacudió el cabello al salir al exterior. Inmediatamente me arrepentí de no haberme puesto guantes, unas tres bufandas y dos camisas más. A pesar de que quise correr de vuelta a la cómoda calefacción del departamento empecé a caminar sin ninguno rumbo fijo con la intención de conseguir un café al que adentrarme.
Marqué el número de mi mejor amiga cuidando de no resbalarme o dejar caer algo por andar distraída y con altas ganas de lloriquear.
Ella atendió al instante.
—¿Abby? Ah, por fin te acuerdas de mí.
—Olive… creo que tenemos un problema.
—Oh, no, ¿qué pasó ahora?
Respiré hondo a la par que daba un escaneo furtivo a los alrededores para asegurarme de que nadie estuviera poniéndome atención.
—¿Es posible…?—titubeé. ¿Qué clase de persona soy? ¿En qué me he convertido, con sólo ocho días viéndolo prácticamente a diario?—. ¿Es posible que me atraiga Damon?