—¿Saliste? Yo juraba que estabas en tu habitación.
Damon alzó la mirada de su teléfono, frunciéndome el ceño. Por fortuna anda totalmente vestido.
—Quise tomar aire.
—¿Sola?
—Soy perfectamente capaz de hacer algo como eso, ¿por qué?
Vi que rodaba los ojos.
—¿Ya vas a ponerte a la defensiva? Sólo fue una pregunta.
—Cuyo tono insinuó que no puedo defenderme por mi cuenta. O ser independiente.
—Pensé que querías explorar la ciudad con Thomas, y ya está. Pero si tanto te molestó oírme finge que nunca abrí la boca.
No tenemos que ser mejores amigos, ni siquiera es necesario que hablemos, pero tampoco quiero seguir siendo el blanco de tus ataques.
¿Por qué me cuesta tanto ser amable con él?, ¿por qué no logro tratarlo como si fuera cualquier otra persona en el mundo?
—No me molesta, sólo… no lo sé, creo que necesito descansar.
Pero Damon dejó de esperar algo de mí. Volvió la vista a su teléfono y comenzó a teclear con rapidez, ignorándome.
—Lo que sea.
Después de eso entré directamente a la habitación, dando pasos rápidos hacia la cama. Tras deshacerme de toda la ropa que aquí adentro sobra opté por sentarme, buscando mi teléfono para marcarle de nuevo a Olive.
—¿Sí?
—No sé si pueda olvidar que pasó…
Hace un rato le resumí, o eso intenté, lo que había ocurrido con Damon y cómo mis propios pensamientos me traicionaron de la peor manera el día de hoy. Pese a no tenerlo muy claro, traté de exponerle a grandes rasgos las emociones que me han invadido estando en presencia del castaño, poniéndola en contexto. Y el mejor consejo que pudo darme, al final, fue lo dejara ir. Así de simple.
“No creo que debas preocuparte. Ese tipo de cosas pasan en las relaciones todo el tiempo. Aparte, no hiciste nada malo porque en verdad no lo besaste, y eso es lo que cuenta. Estoy segura de que Thomas ha pensado en follarse a cualquier otra chica antes, pero eso no lo hace malo, o un novio horrible, porque te ama tanto que sería incapaz de hacerlo. Olvida que pasó y listo.”
Supongo que como mi mejor amiga su trabajo es hacerme sentir mejor, quitarle peso a mis equivocaciones, apoyarme incondicionalmente y no juzgarme, pero escucharla no me ayudó en nada. No necesito ser la novia del tipo que piensa en acostarse con otras mujeres cada vez que tiene a una enfrente, ni ser la prometida que fantasea ligeramente con el mejor amigo de su novio. Necesito retroceder el tiempo y asegurarme de que ese pensamiento nunca hubiera estado en mi cabeza porque, sinceramente, ¿qué diablos hago ahora?
¿Cómo viviré con esto? ¿Qué haré cuando Thomas llegue a casa, me vea a los ojos y diga que me ama? ¿Cómo podré sostener cualquier tipo de conversación banal con Damon habiéndonos situado en ese escenario?
Olive piensa que soy una exagerada y que todo esto es la consecuencia de no haber tenido, cito, “sexo salvaje con Thomas” desde hace días. En su opinión tengo la mente nublada por acumulación de hormonas contenidas, argumento que ni ella entiende, y todo se aclarará cuando esté con mi novio y vuelva a comprobar por qué accedí a casarme con él.
—¿Ya lo viste?
—Sí, cuando entré—convertí mi tono en un murmullo—. Está en la sala.
—¿Y qué sentiste?
—Lo de siempre, supongo.
—¿Y eso es?
—Definitivamente nada s****l o romántico.
—Si él te hubiera dicho de pronto “Eh, linda, vamos a fugarnos” ¿qué habrías respondido?
Arrugué las cejas.
—Claramente lo habría mandado a la mierda, y más si usa un tono tan desagradable como el tuyo.
—Estoy ambientando, tonta… A ver, ¿tenía camiseta?
—Sí.
—Maldición, así no podremos saber si lo que te deslumbra son sus abdominales.
—Dudo que… Oh, espera, creo que oí la voz de Tom… te llamo luego ¿vale?
Deslicé el teléfono por la cama, alejándolo de mí en un extraño impulso por desvincularme totalmente de la conversación sostenida con Olive minutos atrás, como si Thomas pudiera establecer las conexiones y descubrir lo que pasa a través de objetos sueltos situados a mi alrededor.
Justo entonces él abrió la puerta, deteniéndose un segundo justo al lado para comprobar que yo estuviera adentro. Al verme sonrió, en modo automático, y se acercó para darme un pequeño beso en la frente.
Para ser del todo honesta, Thomas nunca ha sido de los que tienen sexo salvaje, pero siempre he estado bien con eso. No siento que ese sea el problema. No es porque haya algo malo con nuestra relación o con él.
—Hola, cariño, ¿cómo has estado?
—Bastante bien, ¿y tú?
—Excelente. Este fue uno de los mejores días de mi vida.
Mientras tanto, yo quiero arrancarme la cabeza, a ver si así se me apagan los pensamientos.
—Me alegra mucho escuchar eso, de verdad. Mereces esto. Y ser feliz.
Se sacó la camisa por los hombros al mismo tiempo que pateaba uno de sus zapatos lejos, quedando en calcetines. Luego se detuvo para mirarme directamente a los ojos, muy serio.
—Tú me haces feliz.
Sonreí, levantándome para rodear su cuello con mis brazos, enganchándome. Thomas es todo lo que necesito. Eso no se pone en duda. Nadie nunca me ha hecho sentir tan especial y relevante.
—Estoy un poco cansada, ¿cenamos y nos acostamos a dormir juntos?
—Suena como un plan perfecto.
Alguien llamó suavemente a la puerta y Thomas giró el rostro para indicar que pueden pasar. Elizabeth se asomó tímidamente. Durante casi todo el día olvidé que ella existe, pero me alegra muchísimo que no haya estado aquí cuando caí sobre su ex novio.
—¿Tienen hambre? Para servir la cena.
—Oh, sí, por favor.
La pelirroja asintió antes de retirarse en silencio. Mi novio se liberó para poder cambiarse, hablando en voz alta sobre todo lo que hizo hoy y la primera impresión sobre el funcionamiento de su nuevo trabajo. Escuché todo con atención, apartando de mi cabeza lo que ha estado atormentándome.
Damon ya estaba en el comedor cuando entramos tomados de la mano, aun con la vista fija en su teléfono. Apenas registró la irrupción, alzando la mirada, antes de perder por completo el interés. Por otro lado, Elizabeth enseguida nos indicó que tomáramos asiento, explicó la base de lo que comeríamos y expuso los platillos al tiempo que le daba furtivos vistazos a Damon, ligeramente molesta porque por mucho que alzara la voz, enfatizara o soltara chispas de carisma él seguía ignorándola.
A veces le cuesta contener lo mucho que le gustaría tener la atención del castaño sobre sí misma todo el tiempo.
—¿Podemos comer ya? Tengo un compromiso más tarde—él la interrumpió, hastiado. En verdad no creo que hubiera estado poniéndole atención al significado de sus palabras, sólo oía el ruido de fondo con las cejas hundidas.
—Creí que tenía prohibido salir.
—Haré una aparición que Madeleine no logró cancelar—apoyó el teléfono a un costado de su plato, fijando la vista en Thomas—. ¿Quieren venir? Será en un club. Se supone que tengo un itinerario que cumplir, pero en general puedo hacer lo que me plazca.
—¿Y llevar invitados? ¿Sin avisar?
—Mi presencia será la más importante. Honestamente no querrán negarme nada.
—Pues claro que sí, termino la cena y me cambio.
Tom comenzó a sonreír sin ocultar su emoción, ajeno a la mirada que yo estoy dándole.
—Mañana debes levantarte temprano.
—Lo sé, pero un poco de diversión no nos hará daño.
Damon intervino, esta vez mirándome a mí.
—Les arruiné la noche ayer. Pero puedo conseguirles una mil veces mejor hoy.
—¿Ah, sí? ¿Cómo?—desafié.
—Este club es exclusivo, sólo puedes ir si tienes una membresía, de modo que ofrecen muchas cosas para compensar eso.
—Y tú eres socio, supongo.
—No, ellos me pagan por ir e interactuar con ciertas personas que así lo deseen.
—¿Todo es un trabajo para ti? Desde que estoy aquí no te he visto ir a algún lugar sin que tal cosa hubiera sido programada por alguien antes.
Me miró, impasible.
—Si no quieres ir, está bien—arrastró cada silaba con calma.
—Vamos, Abs, nos divertiremos.
—Tom, no traje conmigo nada que sirva para ir a un sitio así.
—A nadie le va a importar lo que estés usando—comentó Damon, ahora un tanto irritado.
—Pues a mí sí, y eso es lo que cuenta.
—Bueno, ok, Elizabeth ¿podrías prestarle ropa?
Se irguió, incomoda, antes de volver a poner esa expresión de infinita amabilidad sobre su rostro.
—Claro.
—No es necesario, no quiero molestar…
El teléfono de Damon comenzó a vibrar sobre la mesa, distrayendo mi atención. Él fijó la vista en el nombre proyectado en la pantalla un par de segundos, rodando los ojos antes de atender la que supuse era una llamada.
—¿Qué?
Todos empezamos a prestarle atención sin disimular ni un poco. A Damon no pareció importarle; frunció el ceño y apretó la mandíbula con fuerza en lo que la conversación fluyó.
—¿Por qué mierda hiciste eso? ¿Estás loca? Ya sabes lo que pienso sobre la idea de que gente desconocida entre a mi casa, o sepa en dónde queda… Pues no me importa, no necesito dinero extra… maldita sea, por supuesto que no iba a ser negociable, Madeleine, lo que les ofreciste es invaluable. No haré esto, y no puedes obligarme. Que me demanden si quieren, esto es ridículo y honestamente no creo que nadie, en mi lugar, acceda.
De pronto se levantó, comenzando a dar vueltas por la habitación como un león enjaulado, llevándose una mano al pelo y presionando su teléfono fuertemente con la otra. —Me da igual quién es su puto abuelo. No van a comprarme… media hora es demasiado tiempo. ¿Cómo carajos voy a fingir que me siento cómodo? Ni siquiera tengo algo preparado… ¡No es tan fácil! No lo hagas sonar como si lo fuera—hizo una pausa más larga que las anteriores, su pecho subiendo y bajando deprisa—… Maldición, Madeleine, más te vale tenerlo todo cubierto… No me estás dejando opción ¿o sí? Da igual, y no vuelvas a llamarme así. Me debes un favor enorme… Yo te hablo como me dé la gana, resígnate antes de que me arrepienta… Sí, lo que sea.
Colgó. Su respiración no se normalizó inmediatamente después, ni siquiera cuando transcurrió un minuto. Sin mediar palabra le vimos ponerse el antebrazo sobre los ojos, lamentándose por lo bajo. Elizabeth dio un paso hacia él, pero entonces miró a Thomas como si recién recordara que no se encuentra sola, cohibiéndose.
—Eh, ¿qué pasó?
Mi novio rompió el tenso silencio, consiguiendo que Damon bajara el brazo y lo observara directamente.
—Madeleine lo llamó “Cambio de planes”… En resumen, encontró otra forma de joderme la vida.
—¿Qué hizo?
—El padre de la chica que pagó para que me apareciera en el cumpleaños de su hija decidió que sería mejor triplicar la suma y, en realidad, traerla hasta mi departamento.
—¿Qué?—no pude evitar verlo como si le hubiera crecido otro brazo. ¿Ese tipo de cosas se hacen?
—Ella se ausentará media hora de su fiesta y vendrá. Al parecer creyó que sería mejor tenerme a solas treinta minutos en lugar de compartirme con sus invitados toda la noche. Y yo prefiero saltar por la ventana. Tiene dieciocho años y me sigue “desde siempre”.
—¿Y qué harás con ella? ¿Cantarle el cumpleaños? Porque no veo cómo encaja tu profesión en todo esto—Thomas se mostró curioso. El único, desde luego, que ve la situación como algo fascinante.
—No lo sé. Improvisar, supongo. Madeleine dice que charlemos, comamos pastel y miremos la ciudad mientras le hago sentir que es el centro de mi universo. Ella no espera nada más que verme.
—Sí, claro—el sarcasmo de la pelirroja salió cubierto de veneno, pero no pareció conformarse con eso—. Todas siempre esperan más.
—Pero Damon es profesional, nunca haría nada inapropiado ¿cierto?—Thomas quería tomarle el pelo, pero sé que en verdad habla en serio. Jamás sería el mejor amigo de un idiota.
El castaño, pese a su fama de atraer físicamente a muchas personas (y de haberse involucrado con bastantes de ellas, según internet), casi se ofendió.
—Claro que no. Ni siquiera la quiero aquí.
—Bueno, ¿cuándo viene? Deberíamos cenar antes.
—No lo sé, Madeleine me avisará, pero tengo que estar preparado.
Damon apenas tocó su comida, visiblemente irritado por lo que debería hacer. Elizabeth, por su lado, tomó cada bocado con furia, frunciéndole el ceño al puré como si éste le hubiera hecho algo profundamente indignante. Thomas siguió tan inalterable como de costumbre y yo estuve todo el rato preguntándome qué tanto se le podía admirar a Damon como pasar años detrás de él y su carrera, pagando sumas gigantes de dinero por media hora de su forzada atención.
Los tres salieron del comedor al terminar. Damon fue el único que lo hizo sin excusarse. Me quedé porque no había acabado, dándole vueltas a lo que seguía en mi plato en lo que mi cabeza no dejaba de girar sobre distintos pensamientos.
Probablemente tardé más de la cuenta, distraída, ya que antes de lo esperado escuché a Elizabeth sonando jovial a un volumen exagerado mientras describía ciertos sectores del departamento. Me puse pie con cautela, arrastrando los pies hasta detenerme frente a la espesa cortina que bloquea cualquier resquicio de visión hacia el exterior, tratando de oír mejor.
—Este lugar es impresionante.
—Es su departamento más modesto.
—Y huele a él.
—¿Cómo lo sabes? ¿Ya lo has conocido en persona?—el tono de la pelirroja adquirió un matiz tenso.
—Estuvo en la misma fiesta que yo, pero apenas coincidimos cuando le pedí una foto. Dudo que me recuerde.
—Ah, bueno. En ese caso sí, huele a él.
De repente pensé en olfatear el aire, pero me abstuve al deducir que eso sería extraño, incluso si nadie puede juzgarme.
¿A qué huele Damon? No estoy segura, pero es agradable y varonil, si es que eso tiene sentido.
—Le avisaré que ya estás aquí, puedes tomar asiento en donde gustes.
—Muchas gracias, le esperaré por allá.
Elizabeth se alejó hacia las habitaciones, caminando con el ritmo acelerado de siempre. Pensé en que si no quería interrumpir de alguna forma después de las presentaciones y de que Damon comenzara lo que sea que tenga planeado para la chica tendría que salir ahora mismo, así que eso hice. Dejé mi plato con el resto porque no quería demorarme frente al lavavajillas, sin embargo, mi plan de pasar desapercibida para la “invitada” se fue a la mierda apenas atravesé las cortinas, encontrándome con sus ojos.
Para mi mala suerte ella se quedó de pie muy cerca del refrigerador, escaneando los alrededores con creciente interés, y fui una de esas cosas que se detuvo a analizar.
—¿Eres el mayordomo, o algo así?
Fruncí el ceño, mirándome la blusa para entender si algo en mi aspecto podría haberle dado esa impresión.
—Porque Elizabeth, que aparentemente dejó de estar con Damon para dar los tours por su casa, se fue antes de que pudiera pedirle agua.
—Yo no…
—Que sea mineral, y esté embotellada, por favor. Preferiblemente a temperatura ambiente.
—De acuerdo.
Me sonrió, con una dentadura perfectamente alineada y blanca. Podría apostar mi insignificante cantidad de dinero ahorrado a que alguien diseñó esa sonrisa.
Se volteó para caminar hacia el ventanal, cosa que agradecí, puesto a que disimuladamente empecé a rebuscar en los sitios donde podría haber agua mineral. La que yo consumo siempre está vertida en el dispensador de agua que trae el refrigerador, fría. Supongo que Elizabeth se ocupa de eso, como de todo lo demás, pero no tengo la menor idea de cuál es el sistema, de dónde sale el agua o de qué marca exclusiva es. Hasta entonces ni siquiera había pensado en que Damon podría no beber lo mismo que yo.
Afortunadamente hallé una despensa llena de muchas botellas con agua cristalina sin refrigerar, apiladas como si estuvieran listas para abastecer a alguien por años en caso de un apocalipsis repentino.
Intenté no maravillarme también por eso.
—Gracias.
La chica tomó la botella, pero no la abrió. Me quedé ahí parada, sin saber qué hacer, hasta que ella habló como si de pronto se le hubiera ocurrido una idea.
—¿Podrías poner una vela aromática de vainilla? Damon huele genial, pero me gustaría suavizar el ambiente. ¿No crees que todo está un poco tenso? Es mi cumpleaños y me gustaría que cada detalle sea perfecto. Especialmente porque estoy a nada de conocer de verdad a mi ídolo.
—Felicidades, pero no sé si tenemos… velas aromáticas.
—Imposible que no, ¿no puedes encargar un par?
De pronto fue como si sus nervios comenzaran a crisparse, y súbitamente los míos también. ¿Debería decirle que no trabajo aquí? No sé si Damon querría que se supiera cuál es nuestra conexión.
Como caído del cielo, el dueño del departamento apareció. Ambas desviamos la mirada en su dirección al percibir pasos, yo aliviada y ella entrando en alguna fase de la histeria.
—Dios mío, no puede ser… Tú eres… estás más impresionante que la última vez que te vi.
Damon se acercó con todo su lenguaje corporal en orden. Fue un poco sorprendente, a decir verdad, porque sentí que así debe verse cuando camina sobre una pasarela. Mantuvo el rostro serio e inexpresivo, extendiendo una mano para estrechar la que la chica le ofrece. Abrí la boca de la impresión cuando depositó un beso sobre el dorso de su mano, robándole un escalofrío.
—¿Nos conocemos?
Admiré su atuendo en silencio, incapaz de evitarlo. Eligió, como casi siempre, el color n***o. Su outfit es formal, de manera que parece un empresario muy importante que está por cerrar un negocio millonario. Se peinó el cabello hacia atrás, y los mechones rebeldes que suelen apuntar en varias direcciones o caer sobre su rostro permanecen estáticos donde fueron colocados gracias al fijador. Sus ojos son los únicos que expresan algún tipo de emoción, pero son indescifrables. Y algo en su porte sugiere… ¿poder?
No sé por qué, y tampoco sé si debería pensar en eso justo hoy, pero se ve bastante sensual. Supongo que es parte de todo el teatro con esta chica.
Ella, que tardó en responder por la emoción de estar tocándolo, sonrió ampliamente, quizás retomando el control sobre sí misma.
—No exactamente, pero tenemos una foto juntos.
—Tengo muchas fotos con personas de las cuales no sé ni el nombre. Supongo que tú y yo podemos empezar por ahí, ¿cómo te llamas?
La chica se mostró inmediatamente complacida, aun sin soltar su mano, y yo miré a Damon con la sorpresa casi aplastándome. ¿Qué diablos? ¿Por qué habla así? ¿Por qué está tan serio? Como si fuera un tipo inalcanzable y jodidamente sexy, como si tuviera el mundo a sus pies y supiera que con un par de palabras puede conseguirse el resto de la galaxia. La mayor parte del tiempo es diferente, un tanto sarcástico, insoportable, engreído y caprichoso. Sólo se comportó de esta manera durante nuestras primeras horas de convivencia. Pero ni siquiera entonces me pareció tan imponente, con excepción de aquella vez en la que salí de su baño.
—Creí que ya te lo habrían dicho.
—Me gustaría escucharlo de tus labios.
¿Qué…?
Entonces recordé la apreciación que todos tiene de él. Lo que la sociedad piensa que es. Lo que a lo mejor lo caracteriza cuando no lo conoces porque es el mejor amigo de tu novio. Esta es exactamente la impresión que causa, y a lo mejor la que siente cómodo dándole a la gente.
Ella soltó una risita, finalmente dejando ir su mano.
—Briana.
—Briana… suena bien. Tú ya sabes cómo decirme a mí.
—¿Futuro esposo?
Damon permitió que una muy pequeña sonrisa saliera a flote, apenas un asomo.
—Pensé que sólo eras fanática de mi trabajo.
De acuerdo, oficialmente están flirteando en mi cara. Debería irme y ya está, ni lo notarían.
—Lo soy, pero también sé apreciar tus cualidades.
Bufé, incrédula, y de pronto ambos se voltearon hacia mí, parpadeando con lentitud.
—¿No has ido por las velas?—su amabilidad despareció en cuanto arruiné su pequeño momento con Damon, quien me observó con el ceño fruncido.
—¿Velas?
—Sí, aromáticas. Para que el ambiente esté mejor.
Damon se volteó lentamente hacia ella, intentando comprender.
—Ah, puedo pedirle a Elizabeth que consiga en…
—No, está bien, yo iré—aseguré, feliz de haber conseguido la excusa perfecta para mantenerme a metros de Briana.
Ninguno objetó nada, y a mis espaldas oí que Damon le sugería tomar asiento.
Entré a la habitación, deteniéndome junto a Thomas, que teclea en su computadora.
—¿Trabajo?
—Sí, una pequeña sesión de edición que no terminé. Creo que es una tarea con la que quieren probarme; ver qué hago bajo presión.
—Pero ya te contrataron.
—Sinceramente, cariño, dudo que en algún punto dejen de evaluarme. Muchos aspiran a este puesto.
Miré el entorno, con las manos sobre mis caderas.
—Oye, ¿trajiste esa vela aromática de melocotón que tanto te gusta?
—Sí, ¿por qué?
—La tal Briana me pidió que buscara una de vainilla, pero esto es todo lo que obtendrá.
—¿Quién?
—La cita de Damon.
—¿Te refieres a la chica que cumple años?
—Sí.
—¿Y tú por qué le darás lo que quiere?
—¿Honestamente? No lo sé.
Thomas elevó la mirada, sonriente. El gesto se amplió cuando notó mi mueca de fastidio.
—Está en alguna de las maletas, pero no sé cuál.
Revoleteé a su alrededor unos diez minutos, sacando cosas y volviendo a guardarlas al no tener éxito. Finalmente la encontré entre mis bikins, que no sé por qué traje, y un par de converse.
Mi plan era salir, entregarles la estúpida vela y volver a la habitación para pasar tiempo con novio, aunque él fuera a ignorarme por estar ocupado. No obstante, no estaba esperando encontrarme con la imagen que me explotó en la cara apenas puse un pie en la sala.
Damon, sentado en la silla colgante, está frente a mí, pero no me ve. Briana, enfrentando al castaño, se inclina un poco para ponerse a su altura en lo que apoya sus dos manos sobre su pecho, como buscando su rostro. Él, desconcertado, se echó hacia atrás, pero entonces ella hizo un movimiento audaz.
Desvió el recorrido que planeaba hacer y posó sus labios sobre el cuello de Damon, congelándolo. Observé el momento exacto en el que su rostro dejó de ser una máscara y pasó a convertirse en la mayor representación de la sorpresa. Estático, quizás sin saber qué demonios hacer, entreabrió los labios en lo que Briana comenzó a repartir besos por toda esa zona.
¿En serio? No me sorprende que algo como esto esté pasando, sólo que sea tan pronto.
Damon frunció el ceño, cerrando los ojos durante un segundo, sin demostrar exactamente lujuria o placer, pero cuando los abrió de vuelta hubo un brillo nuevo en ellos, uno que por lo menos yo no había presenciado antes… y entonces se dio cuenta de que yo estaba viéndolo, sosteniéndome la mirada a través de la distancia.
Algo chispeó en la atmosfera, mi corazón acelerándose.
Di unos pocos pasos, sin desviar la vista, y dejé la vela sobre la mesa de centro, retrocediendo en lo que un nudo comenzaba a formarse en mi estómago.
El castaño hizo el amago de hablar, tal vez para dirigirse a Briana, pero pareció cambiar de parecer en el último instante, mientras ella empezó a pasear sus manos con lentitud sobre el torso de Damon.
Ella estaba dando todo de sí misma, a simple vista, para involucrarlo en esto, pero él actuó como si súbitamente sólo pudiera enfocarse en mí.
Giré sobre mi propio eje cuando un raro estremecimiento me invadió, deseando regresar a la habitación, a los brazos de Thomas y a las ideas racionales.
Honestamente, no es mi problema lo que Damon y esa chica decidan hacer. Pero no es eso lo que tuvo algún tipo impacto sobre mí… sino la forma en que él estaba mirándome.
Sin decir nada me senté al lado de mi novio, envolviéndolo con mis brazos de costado. Tom paró un segundo para besarme la mejilla, y luego siguió tecleando.
Cerré mis ojos con fuerza.
Thomas va a casarse conmigo. Eso es lo que deseo. ¿Cuál es mi puto problema? Evité a Damon el resto de esa semana, huyéndole al punto en el que comenzó a volverse evidente que no quería estar en la misma habitación que él por mucho tiempo y si era posible evitarlo, con la esperanza de que todo tomara su rumbo y las cosas se reacomodaran.
Pero, pese a mis esfuerzos, no hizo falta tenerlo enfrente para que esa imagen siguiera dentro de mi cabeza, dando vueltas y atormentándome.
Aun cuando cerraba mis ojos podía verlo, ahí, en silencio, acechándome.
Nunca había odiado tanto a mis hormonas, suponiendo que de pronto Damon me parecía tan atractivo como al resto sólo por eso. Y no fue hasta el sábado por la noche, cuando Thomas se tomó el tiempo suficiente para dedicarse a mí, que finalmente lo olvidé. Ambos con la piel sudorosa y las respiraciones hechas un caos nos miramos fijamente a los ojos, agotados pero felices.
En ese instante lo que tenemos se sintió eterno e irrompible.
—Te quiero—murmuré, peinando su cabello con suavidad—. Para mí, no hay nadie como tú. Y siempre serás tú.
Él sonrió, interceptando mi mano para entrelazarla con la suya.
—Te amo, cariño.
—Lo digo en serio—recalqué, como para asegurarme de que me creía.
Pero, mientras pronunciaba aquello, fue inevitable preguntarme si intentaba convencerme a mí o a él de que lo que le decía es cierto.
Antes lo tenía claro, sin embargo, tras la semana más inesperada de mi vida… ¿Lo estaba dudando?