NARRA FABIEN Emití una sonora carcajada y negué. —Por supuesto que no —espeté—. ¡Nunca! —¿Por qué no? ¿Acaso tienes miedo? —preguntó con tono burlón. —¿Miedo yo? ¿De qué? —De que no puedas resistirte y caigas en mis encantos. Alzó el pecho, se inclinó y lo acercó a mi rostro, y me mostró las tetas de un modo bastante sugerente. Tuve que darle un leve empujón para enviarla de regreso al colchón y alejarla de mí. Se rio con muchas ganas y se echó hacia atrás, recostándondose, con la espalda arqueada y viéndome con ojos que invitaban a poseerla. —Deja de hacer eso —le pedí, entendiendo muy bien su propósito. Me hizo el mismo caso que me hubiera hecho un burro. Flexionó las rodillas y abrió las piernas. La bata reveló lo que había allá abajo: la fuente de toda mi lujuria. Me levant

