Despertar al día siguiente fue un auténtico suplicio. La cabeza me dolía horrores, apenas podía abrir los ojos ya que, la poca luz que se filtraba a través de las ventanas, eran como puñales clavándose en ellos y todo mi cuerpo lo sentía pesado, magullado, como si una manada de elefantes me hubiera pasado por encima. Y si físicamente mi estado era lamentable, no lo era menos el mental. Apenas recordaba nada de lo sucedido la noche anterior, solo destellos de hechos que no sabía si eran o no reales y que no explicaban cómo había llegado allí, a aquel sitio donde recordaba haber querido abandonar y que, sin embargo, volvía a cobijarme entre sus paredes. Y es que, cuando reuní el valor suficiente para abrir los ojos, la habitación donde me encontraba me resultó ciertamente conocida ya que er

