Había hablado envenenado por el sentimiento de venganza. Mi manera de pensar no era esa, pero quería herirla y que por fin diera la cara. Pero seguía haciéndose la dormida. Aunque le había dicho todas esas cosas denigrantes, seguía con su jueguito. —¿De verdad vas a seguir con esto? —dije, poniéndome de pie—. Entonces seguí así, seguí fingiendo que dormís. Agarré de un extremo el cubrecama con el que se abrigaba, y lo corrí a un lado, para luego quitarme las zapatillas y subirme a la cama. Volví a acomodar el cubrecama. Ahora quedamos como si estuviéramos durmiendo juntos. —Ya que tanto te gusta jugar en la oscuridad, juguemos un rato —dije. Apoyé una mano en su cadera, y la fui subiendo hasta su hombro, para saber en qué posición se encontraba ahora. Seguía igual que antes. De costad

