La granja

1558 Words
Abimael fue con nosotros y según me dijo mi padre se quedaría unos días con nosotros en la casa que tenía en el campo, cerca de una pequeña población a la cual nunca en mi vida había escuchado nombrar. En el viaje me comentó que él viajaba mucho con su hijo y que esperaba que yo me uniera a ellos cuando estuviera lo suficientemente preparado como para poder “pelear contra los demonios”. Habló y habló, hasta que decidió poner un poco de música así nosotros podríamos dormir en unos asientos que tenía detrás mientras llegábamos.  Yo no pude pegar un ojo, después de todo había estado dormido durante mucho tiempo como para poder dormirme, pero Abimael pareció dormirse apenas apoyó la cabeza sobre la ventanilla cerrada. -Veo que tu amigo estaba muy cansado- comentó mi padre mientras miraba por el espejo retrovisor hacia los dos. -Eso parece- le contesté mientras miraba a Abimael, quien parecía tener un agradable sueño porque curvó levemente sus labios, algo carnosos, en forma de una sonrisa. Por inercia sonreí, aunque al segundo me reprendí y volví mi mirada hacia el frente, encontrándome en el espejito con los ojos de mi padre, los cuales eran iguales a los míos. -Aunque en parte lo entiendo. Durante el tiempo que has estado dormido él estuvo a tu lado todo el tiempo sin descansar siquiera. Creo que nunca lo he visto dormir en todo el tiempo que pasé con él… parece que se preocupa mucho por ti.  -No lo entiendo. -¿Qué cosa?- preguntó mi padre algo extrañado. -Lo he tratado de lo peor y él sigue insistiendo conmigo… eso… no entiendo. -Se ve que es tu amigo aunque tú no lo consideres uno- me contestó con una leve sonrisa. -Yo… no tengo amigos- dije desviando la mirada hacia la ventanilla. Era verdad, nunca en mi vida había tenido amigos, porque nunca los había llegado a valorar como tal. Siempre que alguien se acercaba a mí con amistad y camaradería yo los sacaba de una patada. No necesitaba eso… o por lo menos, nunca creí que lo necesitara. -Entonces tienes un amigo sin que te hayas dado cuenta. -Nunca podría considerar a ese loco como mi amigo- le dije señalando con mi dedo índice hacia Abimael, quien continuaba durmiendo plácidamente con los labios levemente separados.  -Pero él lo hace, así que…- se encogió, volviendo su vista a la carretera- Mejor duerme un poco falta una hora para llegar y supongo que aun debes de estar cansado por todo lo que tuviste que pasar. Asentí con la cabeza y me acomodé en el asiento para poder descansar un poco los ojos y sin darme cuenta, me quedé profundamente dormido.  Cuando desperté lo hice porque algo me molestaba en el hombro. Algo pesado se había apoyado sobre él y cuando abrí los ojos y miré a mi lado me encontré con la cabeza de Abimael apoyada sobre este. -¡Ya estamos por llegar!- exclamó mi padre, provocando así que Abimael abriera los ojos algo aturdido y se restregara sus ojos con una de sus manos antes de sentarse apropiadamente. El hombro me dolía porque no sabía cuánto tiempo había estado apoyado sobre él, pero aunque me dolía y siempre había odiado que la gente se quedara dormido pegado a mí, con él era diferente. Sentí un vació que no puedo explicar, pero aun así, intenté restarle importancia, y dirigí mi mirada hacia afuera, viendo como entrabamos a un camino de tierra, rodeado por un verja de alambres. -La casa está al fondo- dijo mi padre y ambos, Abimael y yo, nos asomamos por entre los dos asientos delanteros, viendo claramente cómo poco a poco nos acercábamos a una casa de campo de tres pisos. -¡Guau!- exclamó Abimael con un tono de felicidad. Me volteé a ver su expresión, quedándome estático al ver que su rostro se encontraba a tan solo centímetros del mío. Mi corazón comenzó a latir a mil por hora y sentí que enrojecía al ver que él se volteó y me sonrió sin siquiera notar lo cercanos que estaban nuestros rostros uno del otro. Yo me giré y miré hacia el lado contrario a penas él se volteó intentando ocultar mi rostro colorado. -¿Sucede algo?- me preguntó colocando una de sus manos sobre mi hombro, la cual quité con un movimiento de este- ¿Hice algo mal? -N…No- intenté contestar aclarándome la garganta y volviendo mi vista hacia adelante- Solo que…- lo empujé un poco sin siquiera mirarlo- Quiero mi espacio personal. -¡Oh! Lo siento dijo yéndose hacia su lado del asiento, dejando de mirar hacia la casa ya que el asiento de adelante se lo impedía. -Les va a encantar la casa- comentó mi padre feliz, sacándome de mis pensamientos y de mi mirada fija en Abimael quien se había puesto a observar el paisaje que había a su costado del lugar. -S…Si- le dije fingiendo una sonrisa y continué mirando hacia adelante. Cuando llegamos a la entrada de la casa, Benny frenó y se bajó, estirándose cuando tocó el suelo con sus pies. Nosotros lo imitamos, a excepción por la última parte. -Ray llega por la noche. Fue a hacer unos mandados al pueblo porque dentro de unos días nos tendremos que ir de cacería- comentó mientras comenzaba a dirigirse hacia la parte trasera del coche para sacar nuestras pertenencias, las cuales, debo de agregar, eran muy pocas. Antes de ir hacia la casa mi padre había tenido la bonita idea de pasar por mi casa a recoger algunas pertenencias que quisiera, lo que no me agradó en lo absoluto y solo corrí hasta mi cuarto, agarré un bolso y lancé lo primero que podía tomar sin siquiera mirar a mi alrededor. No había querido ir allí, pero mi padre insistió. Luego pasamos por la casa de Abimael, ya que mi padre le había ofrecido quedarse un par de días así tenía compañía, y recogió un pequeño bolso verde militar. -Vamos. Les muestro su habitación y luego si quieren les preparo unos sándwiches de pavo que me salen exquisitos- nos dijo con una sonrisa mientras subía hacia el porche de la casa y hacía la puerta. Abimael sonrió antes lo que Benny había dicho y yo sonreí. ¿Por qué había sonreído?  Todos ingresamos y mi padre nos enseñó rápidamente la casa, para luego dejarnos instalarnos en la habitación. Para mi mala suerte tenía que compartirla con Abimael. -¿Cuánto tiempo te quedaras?- le pregunté, después de todo era un invitado y no creí que se quedaría mucho tiempo. Tampoco lo quería cerca por mucho. -No lo sé, hasta que seas lo suficientemente maduro como para poder ser una persona hecha y derecha- me contestó como si nada. Yo levanté una de mis cejas y vi que él levantaba la vista de su bolso para mirarme a los ojos. -¿Lo dices en serio?- le pregunté aun sin poder creérmelo. -Claro… después de todo te salvé a costa de algo muy importante para los ángeles. -¿Otra vez con lo mismo? ¡Los ángeles no existen! ¡Como tampoco lo hacen las cosas que Benny dice cazar! Son todas pavadas- dije haciendo gestos con las manos y bufando. Ese tema ya me estaba hartando. -Eso te pasa por no creer. No tienes fe, ni tampoco crees en nada que tus ojos no puedan ver. -¿Cómo crees que tomaría una persona si otra le dice que es un ángel?- le preguntó levantando ambas cejas- O estás loco, o estoy soñando ¿Cuál de las dos? -Ninguna- me contestó algo cansado y volvió a ordenar su bolso. Yo me le quedé mirando mientras veía como acomodaba sus pertenencias en un cajón de la cajonera que le había dado. De espaldas hasta tenía buena figura… ¡Esperen! ¿Qué acabo de decir? Ladee la cabeza de una lado al otro, y me puse a ordenar mis pertenencias. Cuando estuvo ya todo listo, me tiré en la cama cansado de tanto viaje y de tanto ordenamiento. -¡Chicos!- exclamó mi padre desde abajo- La cena está servida. Miré la hora y luego a Abimael. -Pero son las seis y media- le comenté y él se encogió de hombros. -Supongo que cenará temprano. -No tengo hambre- le dije y para hacérmelo apropósito pareció, mi estómago se quejó. Bueno, era verdad, tenía hambre, pero la verdad no tenía ganas de pasar mi tiempo con dos personas a las cuales no conocía, y las cuales poco me agradaban porque parecían cortadas con la misma tijera. -Creo que me acostaré a dormir. -Pero tienes hambre- me dijo Abimael señalando mi estómago- Lo escuché. Mi rostro debía de estar bordo por la vergüenza y por las ganas de asesinarlo que tenía por comentar aquello. Él rio. Yo me acosté en la cama y me tapé con lo primero que pude agarrar sin siquiera cambiarme. -Te traeré algo y si estas despierto lo comes ¿sí?- me dijo, pero yo no le contesté. Lo escuché suspirar y luego irse de la habitación. No quería acostumbrarme a aquello. No quería un padre, quería a mi madre y a mi familia, que aunque la trataba mal, no comentaban cosas sin sentido. Quería mi colegio… quería mi vida de antes.
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