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1070 Words
Me desperté en una habitación relativamente pequeña para el tamaño de la casa, estaba tumbada en una cama de noventa; además de eso había una pequeña mesa cuadrada con dos sillas, una cómoda, una mesilla de noche, un armario y mi equipaje en una esquina. Parecía una habitación de hospital, con las paredes blancas y el suelo de azulejos grises lisos. Algo me dice que mi habitación no era más que un pequeño almacén en esa casa. Estaba muerta de vergüenza, me había desmayado nada más llegar, esa había sido mi primera impresión para la familia, ya me veía en un avión de vuelta a casa. Aunque lo cierto es que mi primera impresión de ellos tampoco era precisamente perfecta con el niño que tenía complejo de gato caníbal. De todas formas, la empleada era yo y salí hasta el salón buscando a alguien con quien disculparme. Allí encontré al señor Miller con una copa de vino tinto frente a uno de los grandes ventanales leyendo un libro. —Oh, estás bien.— reaccionó al verme aparecer pero tampoco se le veía muy ansioso ante la posibilidad de tener un cadáver en su propia casa. —¿Pero usted habla español?— quizá me hubiese golpeado la cabeza al caer y estuviera alucinando aún en la cama. —Un poco.— cerró el libro y pude ver que era la Biblia. No quiero juzgar, pero es bastante raro leer la palabra del señor mientras bebes su sangre antes de ir a dormir. —Siento mucho lo de antes, yo...— se levantó del sillón y se quedó parado frente a mí, no pude seguir hablando. A penas me había fijado en él antes, mayormente por estar perdiendo el conocimiento; pero desde luego que era un hombre digno de mirarlo dos veces. No sabía decir cuántos años me sacaba, pero era evidente que la cifra podía arañar la decena. Tenía un cuerpo esbelto, con buena planta, como un torero. Cada detalle de su aspecto estaba medido al milímetro; perfectamente peinado, sin una sola arruga en el traje pese a haberlo llevado durante todo el día, la piel uniforme y brillante con poros relucientes, etc. —Por favor, disculpa tú a Robin, está en una fase complicada desde que falleció su madre.— tomó mi brazo para ver la marca de la mordedura de su hijo. Me dió un poco de impresión que se permitiese agarrar mi cuerpo con tanta confianza.— Evidentemente esto requiere una compensación.— se quitó la chaqueta de su traje y se sentó en el sillón haciendo una seña a su lado para que yo le acompañase. Claramente no podía negarme, ni siquiera era capaz de contestar. Aunque estaba aterrada al no saber a qué se refería, lo cierto es que me sentía segura de alguna manera, un instinto dentro de mí me decía que él no haría nada que yo no consintiese. Y menos mal, porque de no ser así, esta podría ser una situación bastante violenta e incluso peligrosa para mí. De pronto sacó del bolsillo de su camisa una chequera y una pluma. —Dame una cifra.— ordenó sin parar de rellenar el resto de datos. —No lo puedo aceptar.— no es que me sobrase el dinero, pero no me interesaba sentar el precedente de que cualquier problema se podía sepultar en billetes. —Insisto.— su voz era tan inquisitiva, se notaba que era un duro negociador y yo todo lo contrario. —¿Cincuenta?— realmente no sabía que decir, ¿cuánto vale un mordisco de niño? Él sonrió negando con la cabeza, como si le hubiese hecho mucha gracia. A continuación dejó el cheque doblado a la mitad en el bolsillo de mi sudadera. Aquello se me hizo terriblemente íntimo por alguna razón, de hecho hasta di un respingo. —¿Vino blanco o tinto?— abrí la boca pero no llegué a decir nada antes de ser interrumpida.— Recomiendo el tinto. Asentí. No me apetecía demasiado beber alcohol así porque sí; pero tanto el ambiente como él invitaban a ello. Observaba cómo vertía el contenido de la botella en una copa como la suya. Era bastante atractivo y no parecía lo suficientemente mayor como para ser el padre de Nick o tener un puesto de tan alto rango en una empresa tan importante, sin embargo tenía un aire de elegancia clásico. Escuché un grito seguido de llantos escaleras arriba y no dudé un segundo en acudir corriendo hasta la habitación que me quedaba por ver. Entré y Robin estaba en el suelo llorando. —Are you okay, honey?— pregunté antes de arrodillarme a su lado. Él extendió sus manitas hacia mí pidiendo que le tomase en brazos, así lo hice.— It's okay, everything is fine. No tenía pinta de que fuese a volver a morderme, de hecho parecía agradecido ante el hecho de que alguien hubiese ido a socorrerle. Comencé a acunarle suavemente y él se abrazó con más fuerza, hasta que poco a poco dejó de llorar. Sin embargo, cuando fui a dejarle de nuevo en la cama, se resistió a soltarme. De modo que me senté en la cama y me fui recostando lentamente con él aún en brazos. —¿Todo bien?— era vergonzoso cuánto había tardado el señor Miller en aparecer a ver cómo se encontraba su hijo, de hecho se presentó allí tranquilamente con las copas de vino. —Sí, todo bien.— contesté con el ceño fruncido. Era obvio que no me había hecho ninguna gracia su falta de preocupación y podía tomarse la botella de vino entera él solito.— Buenas noches.— por si no había quedado claro. —Buenas noches...— cerró la puerta de un golpe, haciendo que Robin se asustase y se agarrase aún más fuerte, por suerte aún estaba adormilado. —Estrellita, ¿dónde estás?— empecé a cantar a susurros mientras le mecía y noté como su cuerpecito se relajaba.— Me pregunto quién serás En el cielo o en el mar Un diamante de verdad Estrellita, ¿dónde estás? Me pregunto quién serás En el cielo o en el mar Un diamante de verdad Estrellita, ¿dónde estás? Me pregunto quién serás Estrellita, ¿dónde estás? Me pregunto quién serás En el cielo o en el mar Un diamante de verdad Estrellita, ¿dónde estás? Me pregunto quién serás.
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