1. Prólogo
Daniel Mackenzie
El viento silbaba con una melancolía peculiar aquella noche en Toronto.. Desde el balcón de mi suite del hotel en el que me hospedaba, las luces de la ciudad se extendían como un manto de estrellas invertidas, resplandeciendo en su imponente frenesí. Pero incluso esa vista, que por momentos había logrado anestesiar mi mente, no bastaba para reprimir la tormenta interna que se agitaba dentro de mí.
Habían pasado apenas dos días desde que descubrí la existencia de James y confirmar que en realidad si era mi hijo.
La noticia había llegado como un rayo devastador, una parte de mí se aferraba a ese pequeño destello de esperanza. James, mi sangre, mi legado. Un niño que no había tenido más que una vida llena de carencias maternales, ya que Olivia su madre nunca le dio el amor que requería, pero agradezco que fue Bruce Lancaster quien hizo de padre para cuidarlo y defenderlo de las atrocidades que su madre era capaz de hacer; ahora dependía de mí para cambiar su destino.
Sin embargo, no era sólo su futuro lo que estaba en juego. Había otra batalla que librar, una que tenía nombre, rostro y una voz capaz de cortar el aire con su sola presencia: Valeria Smith.
Valeria… Su nombre parecía reverberar en mi mente como un eco persistente, una melodía que no podía dejar de escuchar, aunque supiera que hacerlo sólo me llevaría al borde del abismo. Ella era un enigma, una contradicción viviente. Una mujer cuya elegancia podía paralizarte, pero cuya fuerza era capaz de destruir las murallas más altas. Y yo, que había formado muros infranqueables a mi alrededor durante años, me había descubierto desarmado ante ella en una sola noche.
La recuerdo como si fuera ayer. El calor de su piel bajo mis manos, el sabor de sus labios entrelazado con el licor, el modo en que su risa, dulce y desafiante, había penetrado cada rincón de mi ser. Fue una noche que marcó un antes y un después, no porque nunca antes hubiera tenido encuentros apasionados, sino porque en ella había algo distinto. Algo que no sólo encendió mi cuerpo, sino también una chispa en mi alma que llevaba años apagada.
Cuando desperté y la vi junto a mí, la realidad cayó sobre mí como un recipiente de agua helada. Mi primer pensamiento fue Gustave, mi amigo, solo podía pensar en la traición que había cometido al cruzar esa línea, él me mataría por profanar el cuerpo de su hija de esta manera, además de la edad, ¡diablos! Era 20 años mayor que ella.
La culpa me atacó con una ferocidad implacable, haciéndome cuestionar todas mis reglas, mi moralidad, mi sentido de lealtad. En un intento desesperado de reparar lo irreparable, me incorporé en la cama y la miré con una mezcla de confusión y arrepentimiento.
—Valeria, esto no debió suceder —le dije con un tono frío, buscando desesperadamente esconder el conflicto interno que me consumía.—Esto fue un error… creo que lo mejor será que lo olvides.. que lo olvidemos.
Ella, lejos de sentirse o verse amedrentada, me sostuvo la mirada con una intensidad que no había anticipado. Había algo en sus ojos, una mezcla de desafío y determinación que desarmaba cualquier argumento que intentara manejar.
—¿Un error? —replicó, con un deje de ironía en su voz. — Daniel, lo único que fue un error aquí es que tú no tengas el valor de asumir lo que pasó. Yo no soy un error. Yo sabía perfectamente lo que hacía y si tú no puedes cargar con las consecuencias de tus decisiones, eso es problema tuyo, no mío.— se levantó abruptamente.
Su respuesta me dejó sin palabras. Había una firmeza en su tono, una seguridad en su postura que dejaba claro que no iba a permitir que la minimizara. Ella no era una niña confundida ni una víctima de mis decisiones impulsivas; era una mujer que sabía lo que quería y que estaba dispuesta a enfrentarse a las repercusiones de sus actos.
—Valeria, yo… —intenté justificarme, pero me interrumpió antes de que pudiera terminar.
—No necesito que me expliques nada, Daniel. Tampoco espero nada de ti. Si tú quieres seguir escondiéndote detrás de tu moralidad y tus reglas, adelante, pero no te atrevas a tratarme como si fuera un simple tropiezo en tu vida. Yo sé lo que valgo y lo que pasó esa noche fue tan real para mí como lo fue para ti, me gustas, siempre ha sido así, pero no me rebajaré a tus indecisiones. — me dijo mientras se vestía.
No pude responder. Sus palabras me dejaron paralizado, enfrentándome a una verdad que no quería admitir, una que a pesar de todo, deseaba volver a experimentar esa conexión, ese fuego que había ardido entre nosotros.
Esa fue la última vez que vi a Valeria, hasta ahora. Saber que volveré a verla después de esos días y revivir, aunque sea en mi mente, cada momento de esa noche, es un tormento y una tentación al mismo tiempo. Mi cuerpo reacciona solo con recordarla y la idea de tenerla cerca nuevamente es suficiente para poner a prueba mi autocontrol.
El sonido de mi whisky al chocar contra el cristal del vaso me devolvió al presente. Había pasado años creyendo que el amor era una distracción, una debilidad que no tenía cabida en mi vida. Después de la muerte de mi esposa, había jurado no volver a abrir mi corazón. Pero Valeria había desafiado cada una de mis reglas. Y ahora, el destino parecía decidido a ponérmela frente a mí nuevamente, no como la mujer que hace una semana deseé, sino como la abogada encargada de ayudarme a luchar por mi hijo.
A lo lejos, el teléfono vibró sobre la mesa, sacándome de mi ensimismamiento. Me acerqué, sintiendo una mezcla de ansiedad y anticipación al leer el mensaje de Gustave: “Valeria llegará mañana. Asegúrate de recogerla en el aeropuerto a las diez.”
Podía casi escuchar el tono despreocupado en su voz, como si no supiera el huracán que estaba enviando a mi vida. Cerré los ojos, dejando escapar un suspiro pesado. Mañana. Mañana volvería a verla.. ¿Cómo me enfrentaría a ella? ¿Cómo mantendría el control cuando su sola presencia era capaz de hacerme olvidar incluso mi propio nombre?
Sabía que Valeria no lo haría fácil. Ella no era de las que retrocedían ni olvidaban y yo no podía culparla por ello. Había jugado con fuego al involucrarme con ella aquella noche y ahora estaba a punto de enfrentar las consecuencias. Pero no podía permitirme distracciones. James era mi prioridad, mi única prioridad y no podía fallarle.
Apoyé las manos sobre el borde de la terraza, dejando que el aire azotara mi rostro. A lo lejos, las estrellas parecían perder su batalla contra las luces de la ciudad, opacadas por el resplandor artificial. Me pregunté si esa sería también mi historia, si mi vida terminaría consumida por las decisiones que había tomado, incapaz de brillar con la autenticidad que una vez tuvo.
Pero algo dentro de mí se rebelaba ante esa idea. Tal vez era el conocimiento de que tenía una segunda oportunidad con James, o tal vez era la innegable verdad de que Valeria aún tenía un poder inexplicable sobre mí. Lo único que sabía con certeza era que estaba a punto de enfrentar el mayor desafío de mi vida.
Esa noche, mientras apagaba las luces y me preparaba para enfrentar lo inevitable, un pensamiento cruzó por mi mente con una claridad inquietante: Valeria Smith no sólo era el mayor error de mi vida, también era la única mujer capaz de salvarme de mí mismo. Y por más que intentara resistirme, sabía que el destino ya había decidido jugar su carta final.
El día siguiente no se hizo esperar, las horas transcurrían rápido, hoy comenzaremos con los trámites legales. Será un proceso lento, pero necesario. Quiero presentarme ante James de la manera correcta, demostrarle que, aunque llegue tarde a su vida, estoy dispuesto a hacer todo lo posible por ganarme su amor y su confianza. Pensar en él, en su rostro, en sus ojos que seguramente serán un reflejo de los míos, me llena de una calidez desconocida. Es extraño, pero en lo más profundo de mi corazón, siento que ya lo quiero, que él es una parte fundamental de mí que no sabía que necesitaba hasta ahora.
Pero primero, debo enfrentarme a lo que viene, incluido el inevitable reencuentro con Valeria. Sé que no será fácil. Su presencia me desestabiliza, me hace cuestionar todo, pero también me recuerda que, a pesar de las complicaciones, aún soy un hombre, con deseos y contradicciones.
Respiro hondo, repitiéndome una y otra vez: —concéntrate, Daniel, concéntrate. —Este es el momento de ser fuerte, de mantener la mente fría y enfocada. Porque, al final, todo lo que importa es James, mi hijo. Y estoy dispuesto a hacer cualquier cosa por él.
El reloj marcaba las diez de la mañana mientras conducía hacia el aeropuerto. El motivo de este proceso era claro: recibir a Valeria y dar inicio al trámite de custodia de James. Aunque el propósito de su llegada era puramente profesional, no podía ignorar lo que significaba para mí enfrentarla de nuevo después de aquella noche.
Valeria no era solo una abogada destacada; era una fuerza imparable. Como mujer, parecía una diosa tallada en mármol, pero como abogada, era un adversario implacable, casi diabólico en su precisión y estrategia. Su presencia me inspiraba tanto seguridad como un extraño temor.
Cuando la vi salir del aeropuerto, algo en mí se detuvo por un instante. Llevaba unos lentes de sol que cubrían sus ojos, pero su porte inconfundible acaparaba todas las miradas a su paso. De repente, al dirigirse hacia mí, se retiró los lentes lentamente, revelando esa mirada fría, calculadora y feroz que siempre la caracterizaba. Su falda lápiz blanca, ajustada justo debajo de las rodillas, resaltaba cada curva con elegancia. La camisa que llevaba dejaba entrever un escote sofisticado, lo justo para ser sexy sin cruzar la línea de lo vulgar, a juego llevaba un blazer n***o que le daba ese aire de autoridad que parecía resaltar con cada paso que daba. Su cabello largo y ondulado caía sobre sus hombros, enmarcando un rostro que parecía esculpido para desarmar voluntades.
No necesitaba decir una palabra; su sola presencia ya era un manifiesto de poder. Pero fue su andar lo que me desarmó por completo: el movimiento de sus caderas, deliberado y seductor, parecía diseñado para recordarme exactamente quién era ella y lo que podía provocar en mí.
Cuando finalmente se detuvo frente a mí, su expresión permaneció estoica. Su mirada era glacial, impenetrable.
—Buenos días, señor Mackenzie —dijo, con una voz serena, pero cargada de una sutileza sarcástica. — Qué honor verlo nuevamente.
Su tono, perfectamente calculado, logró lo que pocas cosas podían: dejarme sin palabras. Me aclaré la garganta, intentando recomponerme, pero ella ya había desviado su atención, revisando su reloj de pulsera con desinterés, como si mi presencia fuera un detalle insignificante en su día.
—Valeria… —intenté decir algo, cualquier cosa, pero me detuve. No había forma de ganar en ese momento. Ella tenía el control absoluto, y lo sabía.
—¿Tenemos todo listo para ir al juzgado? —preguntó sin siquiera mirarme, mientras ajustaba el blazer en un gesto que denotaba profesionalismo absoluto.— No me gusta perder tiempo.
—Sí, por supuesto. Todo está preparado.
Ella asintió con indiferencia, ambos nos dirigimos al juzgado de menores. El trayecto transcurrió en un tenso silencio. Cada vez que intentaba decir algo, su atención estaba fija en su teléfono o en los documentos que traía consigo. Era como si hubiera decidido borrar cualquier rastro de familiaridad entre nosotros, reduciendo nuestra interacción a un simple asunto profesional.
Una vez en el juzgado, su actitud fue impecable. Mientras presentaba los documentos, incluida la prueba de ADN que confirmaba mi paternidad, observé cómo se desenvolvía con una seguridad y una precisión que rayaban en lo intimidante. Los funcionarios del juzgado parecían hipnotizados por su porte, su manera de hablar y la autoridad que emanaba de cada palabra.
Gracias al peso del apellido de Bruce, todo avanzó con una rapidez excepcional. En cuestión de horas, habíamos completado el trámite inicial. Mañana sería el día crucial, el primer enfrentamiento cara a cara con Olivia Fraser.
Cuando salimos del juzgado, Valeria se giró hacia mí, con esa mirada que podía perforar cualquier máscara.
—Todo está listo —dijo con una leve sonrisa que no alcanzó sus ojos. — Pero te advierto, Daniel: mañana no será sencillo. Olivia no va a ceder sin luchar.
—Lo sé —respondí, intentando mantener la compostura. —Pero tengo algo que ella no tiene: a ti de mi lado.
Por un instante, pensé ver un destello de algo en sus ojos, quizá un atisbo de la conexión que habíamos compartido aquella noche. Pero fue fugaz, reemplazado casi al instante por su habitual máscara de profesionalismo.
—No te equivoques —replicó, dándome la espalda mientras comenzaba a caminar hacia el coche. —No estoy de tu lado. Solo estoy haciendo mi trabajo.
Y con esas palabras, se alejó, dejándome solo con mis pensamientos. Ambos fuimos al hotel en el que me estaba hospedando y en el que ella también se quedaría.
El enfrentamiento de mañana no sería fácil, pero sabía que, con Valeria a cargo, tenía una oportunidad real de ganar. Lo único que debía hacer ahora era mantener mi cabeza fría y no dejar que su presencia me distrajera de lo verdaderamente importante: James.