7. Capítulo 7

1446 Words
Valeria Smith Hoy llegamos a Texas después de semanas intensas en Canadá. Mientras el avión aterrizaba, observé a Daniel, yo iba junto a James. Mientras el viaje avanzaba no podía evitar recordar imágenes de ellos juntos que me hacía sentir una punzada de ternura. Logramos lo que tanto habíamos peleado: James finalmente está con su padre. Pero en mi interior sabía que mi papel había terminado aquí. Había tomado una decisión: alejarme de Daniel Mackenzie. Él no me merece, aunque mi corazón se resista, mi mente tiene claro que no puedo seguir cayendo en su ambigüedad emocional. Cuando salimos del aeropuerto, nos encontramos con mi papá, Gustave, quien como siempre se encargó de suavizar el ambiente con su calidez y humor. Al agacharse para saludar a James, logró sacarle una sonrisa a pesar del cansancio que ya pesaba sobre él. Me quedé un poco al margen, observando cómo James poco a poco se sentía más cómodo. Fue en esos momentos que confirmé que mi decisión de ayudar a Daniel había sido la correcta. James lo merecía. Pero ahora que lo veía todo desde afuera, también confirmé que no podía quedarme más tiempo cerca de Daniel. Nos dirigimos a la mansión Mackenzie, un lugar imponente que parecía salido de un cuadro. James estaba asombrado mientras mi padre le contaba historias sobre la familia. Al llegar, Nancy, la ama de llaves, salió a recibirnos. Nancy tomó la mano de James y lo guió al interior de la casa. Mientras los seguía con la mirada, sentí a Daniel acercarse. —Valeria, gracias por esto. No puedo decirte cuánto significa para mí lo que hiciste por James —dijo en un tono que parecía genuino. Lo miré, aunque quise responder, las palabras se quedaron atoradas. ¿Cómo explicarle que no hice esto solo por James, sino también porque una parte de mí siempre quiso verlo feliz? Pero no tenía caso. Él ya había dejado claro que no me veía como algo más que una aliada temporal. Durante la cena, James parecía completamente adaptado, riendo con mi padre y escuchando atento las historias que contaban. Daniel me lanzaba miradas rápidas que traté de ignorar. Sabía que quería hablar conmigo, pero no estaba lista para esa conversación. Después de la cena, James empezó a mostrar los primeros signos de cansancio. Sus ojos se entrecerraban mientras escuchaba las historias que mi padre contaba con su característico entusiasmo y su cuerpo parecía pesarle cada vez más contra el respaldo de la silla. —Creo que este joven necesita descansar —dije en voz baja, dirigiéndome a Daniel con una sonrisa. —Sí, ha tenido un día largo. ¿Puedes llevarlo tú? —preguntó Daniel, mirándome con confianza. Asentí sin dudar y me acerqué a James, que apenas reaccionó cuando le toqué el hombro. —Vamos, campeón, hora de dormir —le dije suavemente. —¿Me puedes acompañar hasta mi habitación? —preguntó, frotándose los ojos mientras se ponía de pie con lentitud. —Claro que sí —respondí, tomando su pequeña mano en la mía. Juntos subimos las escaleras hacia su habitación, decorada con el mismo cuidado y atención que se veía en cada rincón de la casa. Una vez allí, James se sentó en el borde de la cama mientras yo buscaba su pijama en los cajones que Nancy había organizado con precisión. —¿Te ayudo con esto? —pregunté, sosteniendo la suave tela de su pijama. —Está bien, yo puedo solo —dijo con un destello de orgullo en sus ojos, aunque su voz todavía sonaba adormilada. Mientras se cambiaba, aproveché para alisar las sábanas y preparar la cama. Cuando estuvo listo, se metió bajo las cobijas y me miró con una mezcla de timidez y expectativa. —¿Te vas a quedar aquí hasta que me duerma? —me preguntó, su voz apenas un susurro. —Por supuesto, si eso te ayuda a descansar mejor. Me senté en el borde de la cama, alisando el cabello rubio que enmarcaba su rostro. Había algo increíblemente tierno en ese momento, en la calma que llenaba la habitación y en la confianza que James me ofrecía. —Hoy fue un buen día —dijo de repente, mirando al techo. —¿De verdad? ¿Qué fue lo que más te gustó? —le pregunté, inclinándome un poco para escuchar mejor. —Todo. Pero me gustó mucho que estuvieras conmigo… y con mi papá —añadió con una sonrisa pequeña. Mi corazón dio un vuelco ante sus palabras, pero me limité a sonreírle. —También fue un día especial para mí, James. Ahora cierra los ojos y descansa, ¿de acuerdo? —Valeria… —me llamó justo cuando estaba a punto de levantarme. —¿Sí? —Gracias por ser tan buena conmigo. Ojalá todos los días fueran como hoy. —Siempre haré lo posible para que sean así —le respondí, acariciando suavemente su frente. Esperé hasta que su respiración se hizo más profunda y uniforme, señal de que había caído en un sueño tranquilo. Me quedé unos minutos más observándolo, sintiéndome invadida por una mezcla de ternura y responsabilidad que no esperaba. Finalmente, me levanté con cuidado y salí de la habitación, dejando la puerta entreabierta. Mientras bajaba al salón, no pude evitar pensar en cuánto había cambiado mi vida en tan poco tiempo. James no solo era un niño dulce y especial, sino que, sin proponérselo, me había mostrado que las cosas más importantes en la vida eran, a menudo, las más simples. Cuando finalmente bajé al despacho, mis pasos se detuvieron al escuchar la conversación entre Daniel y mi padre. Me escondí tras la puerta entreabierta, incapaz de evitar escuchar cómo hablaban de mí. —Valeria ha demostrado ser una profesional excepcional. Sin ella, estoy seguro de que no habría llegado tan lejos con este caso —decía Daniel con su tono serio, casi clínico, como si estuviera hablando de una colega cualquiera y no de la mujer que había compartido tanto con él y su hijo. —Sabía que mi hija estaría a la altura. Ella siempre ha sido brillante y enfocada —respondió mi padre, con el orgullo habitual que siempre tenía hacia mí. Aunque sus palabras eran halagos hacia mi desempeño profesional, no había rastro de algo más. Ningún reconocimiento más allá de mi trabajo, ninguna emoción que indicara que podía sentir algo por mí. Un vacío amargo comenzó a llenarme. ¿Qué es lo que realmente siente Daniel?, pensé mientras me alejaba unos pasos de la puerta. “Estoy siendo una completa ilusa al aferrarme a esta idea. Lo mejor será marcar distancia antes de que esto termine destrozándome”. Respiré hondo, intentando calmar el torbellino en mi pecho, entré en el despacho con una expresión seria y calculada. —James ya está dormido —dije con frialdad, cruzando los brazos sobre el pecho. Daniel se puso de pie inmediatamente, girándose hacia mí con su rostro marcado por algo que no pude descifrar. —Gracias, Valeria. Por todo. Has hecho más de lo que cualquiera hubiera esperado. Tu pago será procesado de inmediato. Sus palabras me hirieron más de lo que estaba dispuesta a admitir. Mi mandíbula se tensó mientras una sensación de indignación y decepción me invadía. ¿Es todo lo que soy para él? ¿Una profesional a la que se le paga por sus servicios? —No hace falta que te preocupes por eso. Todo lo hice por James, porque él merece ser feliz —respondí con un tono que rayaba en lo cortante. La sorpresa en su rostro fue evidente, pero no me importó. No iba a darle el lujo de verme afectada. Miré a mi padre, que observaba la interacción con un gesto pensativo, hablé con firmeza. —Es hora de irnos, papá. Ya hicimos suficiente por hoy. Él asintió, aunque su mirada me decía que sabía que algo más pasaba. Sin embargo, no dijo nada. Salimos juntos del despacho, dejando a Daniel solo, me dirigí al auto con pasos decididos. Durante el trayecto de regreso, el cansancio físico y emocional comenzó a pesar en mí. Cada palabra, cada gesto de Daniel, resonaba en mi mente, como si mi corazón quisiera aferrarse a una esperanza que mi razón intentaba aplastar. “Lo mejor es alejarme”, me repetí una y otra vez. No puedo seguir esperando algo que no va a suceder. Una vez en casa, me refugié en mi habitación. Necesitaba dormir, desconectar, encontrar la manera de recomponerme. Porque si algo tenía claro era que no podía permitir que Daniel Mackenzie siguiera afectándome de esta manera. Agradezco siempre la prudencia de mi padre ante todo esto.
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