Daniel Mackenzie
Después de una batalla legal un poco intensa en Canadá, hoy por fin llegamos James, Valeria y yo a Texas. Mientras el avión comienza su descenso, no puedo evitar reflexionar sobre lo mucho que ha cambiado mi vida en tan poco tiempo. Tengo a mi hijo James a mi lado, con cada mirada que le doy, me invade una mezcla de orgullo. Durante años, soñé con este momento: poder ser padre, algo que con la muerte de mi amada Karla se fue, pero este milagro de tenerlo a él, ser parte de su vida, darle el padre que merece. Sin embargo, el camino hasta aquí no ha sido fácil, sé que el verdadero reto apenas comienza.
No dejo de mirar también a Valeria. Fue gracias a ella que todo esto fue posible. Su incansable profesionalismo, su determinación y su empatía me permitieron obtener la custodia de James. Pero Valeria no es solo mi abogada; es una mujer que, sin proponérselo, desató en mí emociones que creí enterradas. Es irónico cómo la vida funciona: la persona que me devolvió a mi hijo es también la única que ha logrado despertarme de la monotonía emocional en la que estuve atrapado durante años, además que tenía que ser precisamente ella, la hija de mi mejor amigo.
A mi mente llega la noche que compartimos juntos. Una noche que empezó con tensión y terminó con una batalla de emociones. Recuerdo cada detalle, su sonrisa contenida, su mirada intensa y cómo todo se desmoronó por mi torpeza. “Esto fue un error”, fueron mis palabras después de un momento que para mí había sido perfecto. No porque lo sintiera de verdad, sino porque el miedo se apoderó de mí. Y ahora, aquí estoy, pagando las consecuencias de mi estupidez. Sé que Valeria está molesta conmigo y tiene razón. Si hubiese sido al revés, yo tampoco lo habría perdonado tan fácilmente. Pero ¿cómo explicarle que no fue un error, sino la mejor cosa que me ha pasado en años?
El piloto anuncia que hemos comenzado el aterrizaje, mi corazón se acelera. Giro la cabeza para ver a James, quien está absorto mirando por la ventana. Sus ojos brillan con curiosidad mientras observa las luces de la ciudad que se extienden más allá del horizonte. Para mí es increíblemente hermoso pensar que mi hijo está aquí, conmigo. Por mucho que haya perdido tiempo en su vida, estoy decidido a recuperarlo. James merece todo y más. Sin embargo, sé que aún queda mucho por hacer. El juez fue claro: tengo ocho meses para consolidar un hogar estable y demostrar que soy capaz de brindarle una familia funcional. ¿Pero cómo se hace eso cuando la única mujer que podría llenar ese espacio se rehúsa siquiera a mirarme? Además que mi lealtad a su padre está en juego.
El avión aterriza suavemente, poco después estamos bajando por la escalerilla. El aire cálido de Texas nos envuelve de inmediato, marcando la diferencia con el frío canadiense que dejamos atrás. Al llegar a la salida, mi corazón da un vuelco al ver a Gustave, el padre de Valeria, mi abogado y mejor amigo. Su presencia me tranquiliza y al mismo tiempo, me pone en alerta. Gustave siempre ha sido un hombre de principios y tiene en alta estima a su hija. Me pregunto si algún día me perdonaría por haber cometido el error de lastimarla.
—¡Bienvenidos! —exclama Gustave con su voz cálida y poderosa, abrazando primero a Valeria y luego a mí con la familiaridad de siempre.
Se agacha frente a James, ofreciéndole una sonrisa genuina que hace que mi hijo baje un poco la guardia.
—Así que tú eres el famoso James. Déjame decirte que eres más guapo en persona que en video llamada—dice Gustave con un tono tan desenfadado que James no puede evitar sonreír.
—¿De verdad? —responde James, un poco tímido.
—Por supuesto. Y tengo que decirte, muchacho, que si te pareces a tu padre y a tu abuelo, esos ojos azules de un Mackenzie, estoy seguro de que vamos a llevarnos de maravilla. Aunque espero que seas más simpático que ellos —añade con una risa que relaja a todos, incluso a mí.
James ríe tímidamente mientras Valeria niega con la cabeza, divertida.
—Papá, por favor no lo asustes. Apenas se está instalando —bromea Valeria, poniendo una mano en el hombro de James.
—¿Asustarlo? ¡Al contrario! Estoy aquí para asegurarme de que se sienta como en casa.
Nos dirigimos a la mansión Mackenzie, una herencia familiar que ha pertenecido a mi familia durante generaciones. Al llegar, somos recibidos por Nancy, el ama de llaves de esta casa. . A pesar de los años, su energía sigue intacta, al ver a James, sus ojos se iluminan.
—Así que este es el pequeño James del que tanto me hablo, señor Mackenzie —dice Nancy con una sonrisa amable mientras se agacha para estar a su altura.
—No soy tan pequeño —responde James con un poco más de confianza y todos reímos.
—Tienes razón. Pero para mí, siempre serás pequeño, yo te cuidaré como he cuidado de tu padre estos años. Ven, te mostraré tu habitación. La he decorado especialmente para ti.
Mientras Nancy lleva a James a explorar, Valeria y yo intercambiamos una mirada. Es en esos momentos, cuando la veo interactuar con mi hijo, que mi corazón se tambalea. Valeria sería la madre perfecta para él, ella y él lo saben.Sin embargo, también sé que no puedo simplemente pedirle que lo sea. Nuestra historia es complicada y mi torpeza no ayuda.
Durante la cena, James se convierte en el centro de atención. Gustave le cuenta anécdotas de mías, Valeria ríe mientras James escucha atentamente. Por un momento, todo parece perfecto. Mi hijo sonríe más de lo que he visto en el corto tiempo que lo conozco, el ambiente se siente cálido, familiar. Sin embargo, sé que la noche no puede terminar sin que Gustave y yo tengamos una conversación seria.
Cuando James finalmente se retira a dormir, acompañado por Valeria, invito a Gustave a mi despacho. Sirvo dos copas de Macallan 25, un whisky que reservábamos para ocasiones especiales y nos sentamos frente a frente.
—Antes que nada, Gustave, quiero agradecerte. Por estar aquí, por apoyarme con James, por todo. Sabes lo mucho que significa para mí.
—No tienes que agradecerme, Daniel. James se ve un gran chico,se nota que, a pesar de las circunstancias, está lleno de potencial. Pero dime, ¿cómo te sientes con todo esto? —pregunta, tomando un sorbo de su whisky.
Suspiro, dejando que el calor del licor me reconforte.
—Me siento abrumado, para ser honesto. El juez me dio ocho meses para demostrar que puedo darle a James una familia sólida. No puedo evitar preguntarme si eso es realmente posible.
Gustave me observa con atención, como si analizara cada palabra antes de responder.
—¿Tienes en mente apelar esa decisión? —pregunta finalmente.
—Lo consideré, pero el juez fue claro: si Olivia no pelea la custodia y yo puedo demostrar estabilidad, entonces podría ser revisado. Pero no estoy seguro de si quiero depender de eso. James merece algo más que un proceso legal incierto.
Gustave asiente, pensativo.
—Es cierto. James merece una familia, pero no una cualquiera. Necesita una que lo haga sentir amado, seguro. No puedes simplemente apresurarte a llenar un vacío porque el juez lo pidió.
Asiento, sabiendo que tiene razón.
—Hay algo más, Gustave, Valeria…
— Valeria, ¿qué?— me pregunta Gustave………
En ese momento juro que quería decirle pero no me atreví, me pregunté a mí mismo ¿cómo es que soy tan cobarde cuando de Valeria se trata?
— Valeria fue muy profesional en todo el proceso, es una excelente abogada— dije al final dando un sispiro.